19/04/2009

Carla Bruni, el equilibrio perfecto

Texto de Lluís Uria
Fotos de Annie Leibovit

LA MIRADA DE ANNIE LEIBOVITZ.
Carla Bruni y el presidente francés Nicolas Sarkozy posaron para la prestigiosa fotógrafa norteamericana en el palacio del Elíseo y en la residencia privada que la cantante
y primera dama francesa conserva en el centro de París

“¿Quién es ese señor bajito que camina junto a Carla Bruni?” Enésima readaptación de un chiste viejo y usado, la broma resulta sin embargo perfecta para describir el extraño efecto óptico –un efecto deformante– que produce la celebridad planetaria de la primera dama de Francia. Top-model y cantante, la esposa de Nicolas Sarkozy era ya famosa en el mundo entero cuando el hoy presidente de la República todavía estaba al principio de su largo camino hacia el Elíseo. Mientras, en los años 90, Carla Bruni ocupaba una tras otra las portadas de las revistas femeninas y de moda, y desfilaba para los grandes modistos, el presidente francés recién daba el salto de la alcaldía de Neuilly-sur-Seine al Gobierno. Hoy, Nicolas Sarkozy ocupa indiscutiblemente el centro de la escena, pero la teórica actriz secundaria le roba el protagonismo en todos los planos.

No hay viaje oficial de la pareja presidencial al extranjero, como la visita de Estado que el presidente francés y su esposa realizarán a España los días 27 y 28 de abril, en que la presencia de Carla Bruni no despierte una expectación desorbitada. “Es una desgracia, Carla no vendrá”, se lamentaba irónicamente en octubre del año pasado en la televisión el alcalde de Quebec, Régis Labeaume, en vísperas de la XII cumbre de la Francofonía, expresando una apreciación infrecuente en las relaciones políticas internacionales.

Fue, de hecho, en una visita de Estado al Reino Unido, en febrero del 2008, cuando la primera dama se fogueó por primera vez en su nuevo papel institucional. Con un resultado sobresaliente, por cierto. Recibida con un desnudo integral de su etapa de modelo por los tabloides británicos, una Carla Bruni revestida de Jackie Kennedy consiguió gracias a su indiscutible profesionalidad ganarse el respeto –cuando no la admiración– de los británicos, desde el más simple de los ciudadanos a la propia familia real. Y, de paso, de los franceses, que hasta ese momento habían recibido con enorme suspicacia –es lo menos que cabe decir– el sorprendente romance y el todavía más fulgurante matrimonio de su presidente con la ex modelo italiana.

Si Nicolas Sarkozy ha sido comparado en ocasiones con Napoleón Bonaparte –con el joven general y el primer cónsul, no tanto con el emperador–, no lo es sólo por su estatura física, su común voluntad de ruptura, su impaciencia, el gusto por la acción, el carisma y la elocuencia, su determinación y egocentrismo. Lo ha sido también por su común preocupación –y dominio– por la puesta en escena.

La primera aparición pública de la pareja en diciembre del 2007, en Disneyland, con el hijo de Carla Bruni –Aurélien, fruto de su unión con el filósofo Raphaël Enthoven– y la madre de la cantante, Marisa Bruni-Tedeschi, fue calculada al milímetro por el presidente francés, un consumado maestro en el arte de la comunicación. Hijo de la televisión, como él mismo se ha confesado, Sarkozy actúa pensando siempre en la traducción mediática de sus actos, de sus gestos, de sus palabras. En este sentido, su esposa –culta, inteligente, políglota, bella, insolentemente bella, con un profundo sentido de la mesura, recatada cuando la ocasión lo requiere, espléndida cuando se trata de deslumbrar, siempre comedida y elegante– se ha erigido en una baza formidable.
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de: José Fernández García | 28/04/2009
Aparece fumando en el Palacio del Eliseo; me parece muy mal tal hecho.

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