13/05/2007

Guerra en Bagdad

Bagdad, con la muerte en cada esquina

Texto y fotos: Gervasio Sánchez
Los adultos temen los trayectos al trabajo, las bombas y los secuestros, los niños no se alejan del portal de casa. El miedo invade Bagdad, y miles de ciudadanos quieren escapar. 
Católicos en huida. La Familia Al Hanna, católica, está formada por 19 miembros y vive refugiada en una casa de un pariente huido en Bagdad. Están a la espera de lograr un visado de refugiados en algún país que les acoja. El papeleo para lograrlo en Bagdad es difícil, caro y peligroso
Helicópteros artillados sobrevuelan el centro mientras miles de soldados peinan las calles con escasa efectividad

El terror viaja en un sobre y penetra por debajo de la puerta. El remitente es claro en su mensaje: “Debéis abandonar vuestros hogares”. Dos balas de arma corta no dan opciones a la duda. La efectividad del cartero de la muerte es incontestable. Empieza el exilio interior de los Al Hanna.

Esta familia católica está formada por 19 miembros: una anciana de 83 años enferma y semiparalítica, sus cuatro hijos, sus respectivas parejas y diez niños y adolescentes, el mayor de 17 años y el menor de 4. Su refugio transitorio es una casa situada en un barrio tranquilo que pertenece a un pariente lejano que huyó hace dos años a Canadá. Su economía familiar depende de los ahorros que les quedan después de vender los muebles a precios de ganga.

Los hombres y las mujeres que bordean los 50 años se sienten como animales ocultos en unas madrigueras vigiladas por depredadores sin rostros. Los jóvenes y los niños han sido obligados a abandonar las clases y tienen prohibido salir a jugar más allá de un puñado de metros de la puerta de la casa. Son trabajadores liberales, espléndidos escolares, respetuosos hijos y nietos. Aunque ya forman parte de un ejército de indeseables cuya supervivencia depende de la caridad, la piedad y la suerte.

Sihan, una de las mujeres, inicia un largo monólogo. “Somos apolíticos y no entendemos de partidos ni de grupos. Siempre hemos cumplido nuestras obligaciones y somos unos buenos ciudadanos”, reflexiona. La mujer levanta la voz: “Es injusto morir por las decisiones de otras personas. Sólo Dios tiene derecho a decidir quién vive y quién muere”. El profundo dolor sale de unas entrañas heridas y contagia a los demás. El resto de las mujeres se seca las lágrimas. Los hombres las esconden o las abrazan entre las manos. Los más pequeños gimotean. Una familia al completo hundida en la desesperación.

La violencia ha congelado el presente de los Al Hanna. El pasado se reduce a las llaves de unas casas a las que sólo podrán regresar cuando se estabilice el país. El futuro es puro espejismo. Son perseguidos por motivos religiosos y étnicos. Les protege la ley internacional. Tienen derecho al estatuto de refugiado. La solución es ser acogidos como asilados en algún país. Pero en el caos de Bagdad es difícil encontrar un interlocutor válido que les ayude a buscar una salida legal. Las organizaciones humanitarias tienen pequeñas delegaciones simbólicas o simplemente no están presentes.

Conseguir un pasaporte nuevo obliga a pagar una cantidad nunca menor de 300 dólares (210 euros). Si es urgente, tienes que corromper a varios funcionarios para acelerar los trámites, entre 500 y 1.000 dólares (350 y 700 euros). Esta mera gestión les puede costar a los Al Hanna una buena parte de sus ahorros. Pero ya han tomado una decisión: quieren abandonar un país sometido a la ley de los escuadrones de la muerte, los pistoleros y los somatenes e iniciar una nueva vida lejos de la costumbre de matar.

La catástrofe humanitaria es superlativa en Iraq: 2.300.000 iraquíes se han visto obligados a abandonar el país y otros dos millones son desplazados internos. Unas 50.000 personas abandonan sus hogares cada mes. La violencia sectaria ha expulsado de Bagdad al 30% de su población.

Ningún plan de seguridad consigue detener el terror. Es el tiempo de los asesinos. Decenas de muertos son localizados cada día con signos de tortura y los ojos vendados, maniatados, degollados, perforados con herramientas eléctricas, a veces descuartizados, abandonados por sus asesinos en estercoleros, entre ruinas o en plena calle. Estudiantes, funcionarios, negociantes, periodistas, profesores, médicos. Familias enteras diezmadas. No importa la profesi ón ni la implicación política. La única buena noticia es que los cuerpos son encontrados y pueden ser enterrados. El nú mero de desaparecidos es mínimo. Forma parte de una estrategia bien planiFIcada: provocar el pánico. En el tiempo de Sadam Husein se escondía el cuerpo. Era un exterminio silencioso, sin pruebas. Hoy es un exterminio exhibicionista.

Ammar Yassin, un policía de tráFIco de 33 años, aFIrma que la única forma de revertir esta situación es dotar a los servicios de seguridad de armamento pesado con el que se puedan enfrentar a los grupos insurgentes, “muchos, mejor armados”. El hombre vive en el centro de la capital con su mujer Fátima, sus hijos Shad y Abbas, de 4 y 3 años, y su suegra, Zahara. La niña se esconde tras las faldas de su madre, aunque más tarde permite que se le fotografíe. El niño, en cambio, se muestra muy miedoso ante el extranjero.

El principal desvelo de Ammar es la violencia sectaria. “Hay niños que ya utilizan las amenazas sectarias cuando discuten”, asegura. Fátima describe un ambiente infernal con continuos disparos y vuelos rasantes de los helicópteros. “No salgo nunca a la calle porque tengo pánico a las bombas. Siento que mis hijos están perdiendo su infancia”, reconoce con ojos vidriosos. A pesar de su corta edad, ya preguntan en voz alta cuando escuchan disparos: “¿A quién han matado, mamá?”. Zahara, la madre de Fátima, daría años de su vida por regresar al pasado. “Había seguridad y orden. En cambio, hoy vivimos con el miedo sujeto al cuello como una soga. Las cortinas siempre están corridas, y las puertas, cerradas a cal y canto”, explica la mujer.

En el barrio de Karrada, Mosen Almadani, de 56 años, contempla los restos de la última explosión de un coche bomba que se produjo unas horas antes enfrente de su casa. “No tengo miedo, sino fe en Dios. Somos un pueblo con una larga historia que no destruirán todas las bombas del mundo”., dice con una sonrisa mientras pasea con su hijo Mustafa, de un año y medio.

¿Cómo definir la explosión de un coche cargado de explosivos? Bola de fuego. Tormenta metálica. Lluvia de acero. ¿Cómo describir lo que ocurre a continuación? Espect áculo dantesco. Cadáveres diseminados. Miradas pérdidas. Y confusión. Incredulidad. Pánico.

Más tarde, encerrado entre cuatro paredes, Mosen conFIesa su pequeño secreto: “Soy chií y estoy casado con una suní”. Su mujer, Widad, de 29 años, ya ha vivido la tragedia en su familia: “Hace seis meses mataron a mi hermano Fuad. Cada vez que mi marido sale a la calle vivo con el corazón en un puño hasta su regreso”. Mosen es partidario de la presencia de las fuerzas de ocupación estadounidenses. “Son imprescindibles. Si se fueran precipitadamente, todo se complicaría aún más. Lo mejor es que se concentren en bases FIjas a lo largo de todo el país”. Aunque mantiene un discurso muy optimista durante la conversaci ón, al despedirnos pregunta a bocajarro: “¿Me puede ayudar a conseguir un visado para viajar con mi familia a España?”.

El curso del río Tigris se ha convertido en la frontera fracturada entre chiíes y suníes, las dos comunidades principales de  Iraq. Fuerzas conjuntas estadounidenses e iraquíes peinan casa por casa todos los barrios del centro a distintas horas del día y de la noche. Helicópteros artillados sobrevuelan el perímetro cerrado, dando cobertura aérea a las unidades terrestres. Decenas de miles de soldados en las calles, pero escasa efectividad. Elias Canetti, el gran escritor de origen judío sefardí, escribió que “el conquistador ya no sabe volver del mapa”.

Las guerras de Iraq van camino de batir récords. Murió un millón de iraquíes en los ochenta en el conflicto contra el vecino Irán. El régimen de Sadam Husein ahorcó, fusiló, gaseó e hizo desaparecer a centenares de miles de opositores. Las sanciones económicas y los bombardeos regulares durante los noventa provocaron decenas de miles de víctimas infantiles. La invasión de marzo del 2003, la postinvasión, la rebelión suní contra la ocupación, la rebelión chií contra la ocupación, la guerra sectaria y la lucha por el poder entre facciones han convertido al país en un matadero diario.

Iraq y sus muertos. Los estadounidenses dan cifras inequívocamente cómodas para sus conciencias. Reconocieron hace más de un año 30.000 muertos y se plantaron. Como si la guerra hubiese terminado. Los británicos se basan en las estadísticas del Ministerio de Salud Pública de Iraq, que hablan del doble, unos 60.000. La organización no gubernamental británica Iraq Body Count ofrecía 50.000 víctimas mortales en octubre en lo que ya parece una especie de subasta impúdica sobre el dolor de un pueblo. La revista médica británica “The Lancet” reventó este mercadeo con una puja muy alta: 650.000 víctimas mortales.

El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados ha anunciado que un centenar de personas mueren a diario en Iraq por la violencia sectaria, que además causa entre 200 y 500 heridos. Y la Organización Mundial de la Salud asegura que siete de cada diez heridos fallecen a causa de las carencias del sistema de salud, y que uno de cada cinco niños sufre malnutrición crónica aguda.

Dubir Zuhier, de 21 años, perdió una pierna hace un año en un atentado contra una gasolinera mientras hacía cola para canjear un cupón de 40 litros de combustible. “Cuando intenté levantarme, me di cuenta de que tenía las dos piernas destrozadas”, recuerda el joven, postrado en la cama desde entonces. Gracias a un proyecto financiado desde España por Manos Unidas, el muchacho ha podido someterse a cinco operaciones con unas mínimas garantías y ha salvado una de las piernas. “En las primeras semanas estábamos a favor de la presencia de los ocupantes estadounidenses. Pero hoy muchos preferiríamos volver al anterior régimen porque, al menos, nos ofrecía seguridad y estabilidad”, reconoce Dubir.

Wasif Teleskfe, el tío de Dubir, se muestra muy preocupado por los continuos secuestros. “Por un pariente se ha tenido que pagar 45.000 euros después de 20 días de secuestro. La familia ha vendido sus propiedades y ahora viven en la miseria”, comenta el hombre. Dubir es manifiestamente pesimista cuando se le pregunta sobre el futuro: “Es imposible solucionar los problemas en un plazo corto de tiempo. El país ha sido destruido y se necesitarán décadas para reconstruirlo”, añade.

La insurgencia iraquí es una compleja estructura formada por decenas de grupos que muta constantemente. Hay sectores ultranacionalistas suníes que no soportan la presencia militar extranjera. Hay milicias formadas por militantes radicales chiíes dispuestos a asaltar las ruinas de un Estado en desintegración. Hay células terroristas vinculadas a la red Al Qaeda que desean la guerra de todos contra todos y que tienen infraestructura suFIciente para preparar atentados con tres toneladas de explosivos. Hay tribus que apoyan a la insurgencia más nacionalista y detestan la presencia de terroristas extranjeros y los ataques indiscriminados.

El paso del tiempo ha multiplicado por diez el número de insurgentes. En los felices meses de mayo y junio del 2003, algunas pandillas atacaban convoyes que se dirigían a Jordania en la auto pista a la altura de Ramadi. Después comenzaron a hostigar en Faluya hasta que estalló la guerra abierta en abril del 2004. A mediados del 2006, Estados Unidos calculó que ya había entre 8.000 y 20.000 insurgentes suníes. Los servicios de inteligencia iraquíes duplicaban esta última cantidad y le añadían otros 160.000 colaboradores. En total, 200.000 entre combatientes y simpatizantes, una fuerza mayor que la desplegada por el ejército de Estados Unidos.

Ihsan al Mayahi, un chií de 32 años, y Farhad Saeb, una suní de 23, se han casado hace tres meses y esperan su primer hijo. ¿Vale la pena formar una familia en tiempos de silencio y muerte? “No tengo miedo. Creo más en el amor y la familia que en la guerra”, señala él. La joven, vestida con un chándal y sin pañuelo en la cabeza, es menos optimista: “Ni siquiera pienso en el parto porque mañana puedo morir en un atentado. Empezaré a preparar el ajuar cuando falten unas pocas semanas”.  

Mosen Almadani, de 56 años, chií; su esposa, Widad al Ogueidi, de 29 años, suní, y su hijo Mustafa, de año y medio.
Matrimonio mixto
Viven en el barrio de Karrada. Encima de la mesa hay restos de un coche bomba que estalló el día anterior a la entrevista. La explosión provocó la destrucción de todos los cristales de la casa. Se conocieron hace cuatro años. Prefieren que los vecinos no sepan que forman un matrimonio mixto. La primera mujer de Mosen y sus dos hijos viven en Zurich.
La familia formada por Ammar Yassin, de 33 años; su esposa, Fátima Saed, de 28 años; sus dos hijos Shad, de 4 años, y Abbas, de 3, y su suegra, Zahara Husein, de 52 años.
Un buen sueldo no alcanza 
 Viven en el centro de Bagdad en una casa que pertenece a Zahara. Él trabaja en la dirección general de la Policía de Tráfico y cobra 600.000 dinares (375 euros) al mes. Tiene un salario alto, pero la inflación les dificulta llegar a fin de mes. “Cuando me dirijo al trabajo, pienso que un día no volveré.”
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de: MIGUEL SALINAS SAEB | 21/11/2008
UN SALUDO A MARCOS SEBASTIAN SAEB DE ARGENTINA. YO VIVO EN GOMEZ PALACIO, DURANGO, MEXICO. MI BISABUELO FUE SALVADOR SAEB GANEM Y EL DE ORIGEN LIBANES. MI CORREO ELECTRONICO ES: miguel.salinas@tyson.com.
de: Marcos Sebastian Saeb | 26/08/2008
Yo también quiero encontrar algún familiar que tenga mi apellido, Saeb!! Soy de Argentina y no lo puedo encontrar espero ponerme en contacto con usted!!!
de: MIGUEL SALINAS SAEB | 25/07/2008
Me gustaría contactarme con gente de apellido Saeb. Pudieran ser familiares míos. Saludos.
30 de noviembre
30 de noviembre
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