28/06/2009
Dispuestas a castigar con su muerte
Texto de Henrique Cymerman y Plàcid Garcia-Planas
Fotos de Àlex Garcia
Entre los años 2002 y 2006, durante la segunda intifada, al menos 78 mujeres palestinas decidieron suicidarse con explosivos matando a civiles israelíes. La ocupación, la represión, la vida controlada por el ejército israelí, todo les empujaba a hacer algo y decidieron convertirse en shahidas. De ellas, diez lograron su objetivo y mataron a 37 personas. Esta es la historia de tres mujeres bomba. Una lo consiguió. Otra fue detenida. La tercera se arrepintió.

DETENIDA
–afirma–. Quiero dar clases de hebreo a los míos. Lo que odio es la ocupación. Aquí está todo ocupado. Hasta el cielo está ocupado."
Arriba, Gadah abraza a su hija Jasmina en el campo de refugiados de Al Arub. Abajo, jóvenes israelíes celebran la fiesta del Shavuot, el Pentecostés judío, en la entrada de del banco Hapoalim, donde Ghada tenía que hacer estallar su cuerpo
Gadah Titi también aprendió hebreo en los seis años que pasó en prisión. “Si conoces la lengua del otro, puedes hablar con el otro”, afirma la muerta viviente: así llaman los palestinos a Gadah.
El 8 de agosto del 2002, Gadah se levantó bien temprano para hacer estallar su cuerpo, a las dos de la tarde. Pero hubo un chivatazo y a las ocho de la mañana fue detenida en su casa de Al Arub, un campo de refugiados cerca de Hebrón.
“La célula no estaba limpia
–afirma en el salón de su casa– . Alguien me vendió a los israelíes. No pude cumplir mi objetivo. Tardé un año en superar la depresión que me cogió. Me quería morir, pero he vuelto a la vida.”
El camino hacia el abismo es siempre el mismo. “Todos sufríamos la ocupación. Le daba vueltas a qué podía hacer, quería provocar un shock en el Gobierno israelí. Y un día rompí la barrera del miedo. Busqué durante tres meses a esa gente, porque no es tan fácil encontrarlos.” Y, a esa gente, Gadah le pidió un objetivo sin inocentes: sólo quería matar militares. Le seleccionaron la entrada de la sede del banco Hapoalim en Tel Aviv, en el número 50 de la avenida Rothschild. Ese día, a esa hora, sólo había militares cobrando sueldos y pensiones. Eso le dijeron.
“Todo estaba listo. Vi el cinturón. Pesaba 16 kilos. Me lo probé. Grabaron en vídeo mi testamento de shahida… Sabía que mataría a mucha gente, que quedaría hecha pedacitos… La vida es hermosa, pero la de los palestinos, no.”
Gadah tenía entonces 23 años y se acababa de graduar en radio y televi-sión por la Universidad de Hebrón.
–¿Qué pensaba los días previos a la operación?
–Que quería ir al paraíso. Pensaba en eso. Leí sobre el paraíso en nuestro Santo Corán, y quería vivir en ese sitio. El Che Guevara también está en el paraíso porque luchó por su nación.
–¿Y cómo es el paraíso?
–Muy, muy hermoso –dice–. Allí no hay enfermedades, no hay cosas sucias. Es el descanso eterno.
–El Corán promete a los mártires varones decenas de mujeres vírgenes y potencia ilimitada. ¿Qué promete a las shahidas?
–No lo sé –contesta sonriendo–. El descanso. Quizás un marido.
–¿Todavía legitima los atentados suicidas?
–Matar a militares que matan a nuestro pueblo está justificado. No tenemos ejército, y tenemos que hacer la guerra por los medios que tengamos.
–¿Y si viniera otra intifada?
–Ahora yo no lo haría. No es como antes. Ahora nos cruzamos con los soldados israelíes e incluso nos decimos salam, shalom. Y me gusta más la vida después de casarme y tener una hija.
Gadah explica su vida en prisión. Cómo bordaba. Las peleas entre ellas y las guardianas. “La prisión es algo maravilloso”, dice sonriendo, porque allí conoció a su marido, un palestino que también estuvo entre rejas. Y hace dos meses nació Jasmina.
Su esposo ya tenía otra mujer y muchos hijos, y no hay dinero ni espacio para tantos. “Sueño con tener una habitación para mi hija
–dice Gadah–. Cuando salí de prisión creí que mi vida mejoraría, pero no… Sufro ataques de ansiedad… Salgo muy poco de casa… Sueño con ir a Suecia. Y, si un día voy a Suecia, intentaré borrar todo lo que ha ocurrido conmigo.”
En otras casas, como en la de la familia Idriss, no sueñan con Suecia. No sueñan con nada y todo es imborrable. Imborrable lo que les ocurrió el 12 de julio de 1948, cuando fueron expulsados de Ramleh por los primeros israelíes, y lo que les ocurre desde el 27 de enero del 2002, cuando Wafa Idriss se convirtió en la primera shahida palestina.
El 8 de agosto del 2002, Gadah se levantó bien temprano para hacer estallar su cuerpo, a las dos de la tarde. Pero hubo un chivatazo y a las ocho de la mañana fue detenida en su casa de Al Arub, un campo de refugiados cerca de Hebrón.
“La célula no estaba limpia
–afirma en el salón de su casa– . Alguien me vendió a los israelíes. No pude cumplir mi objetivo. Tardé un año en superar la depresión que me cogió. Me quería morir, pero he vuelto a la vida.”
El camino hacia el abismo es siempre el mismo. “Todos sufríamos la ocupación. Le daba vueltas a qué podía hacer, quería provocar un shock en el Gobierno israelí. Y un día rompí la barrera del miedo. Busqué durante tres meses a esa gente, porque no es tan fácil encontrarlos.” Y, a esa gente, Gadah le pidió un objetivo sin inocentes: sólo quería matar militares. Le seleccionaron la entrada de la sede del banco Hapoalim en Tel Aviv, en el número 50 de la avenida Rothschild. Ese día, a esa hora, sólo había militares cobrando sueldos y pensiones. Eso le dijeron.
“Todo estaba listo. Vi el cinturón. Pesaba 16 kilos. Me lo probé. Grabaron en vídeo mi testamento de shahida… Sabía que mataría a mucha gente, que quedaría hecha pedacitos… La vida es hermosa, pero la de los palestinos, no.”
Gadah tenía entonces 23 años y se acababa de graduar en radio y televi-sión por la Universidad de Hebrón.
–¿Qué pensaba los días previos a la operación?
–Que quería ir al paraíso. Pensaba en eso. Leí sobre el paraíso en nuestro Santo Corán, y quería vivir en ese sitio. El Che Guevara también está en el paraíso porque luchó por su nación.
–¿Y cómo es el paraíso?
–Muy, muy hermoso –dice–. Allí no hay enfermedades, no hay cosas sucias. Es el descanso eterno.
–El Corán promete a los mártires varones decenas de mujeres vírgenes y potencia ilimitada. ¿Qué promete a las shahidas?
–No lo sé –contesta sonriendo–. El descanso. Quizás un marido.
–¿Todavía legitima los atentados suicidas?
–Matar a militares que matan a nuestro pueblo está justificado. No tenemos ejército, y tenemos que hacer la guerra por los medios que tengamos.
–¿Y si viniera otra intifada?
–Ahora yo no lo haría. No es como antes. Ahora nos cruzamos con los soldados israelíes e incluso nos decimos salam, shalom. Y me gusta más la vida después de casarme y tener una hija.
Gadah explica su vida en prisión. Cómo bordaba. Las peleas entre ellas y las guardianas. “La prisión es algo maravilloso”, dice sonriendo, porque allí conoció a su marido, un palestino que también estuvo entre rejas. Y hace dos meses nació Jasmina.
Su esposo ya tenía otra mujer y muchos hijos, y no hay dinero ni espacio para tantos. “Sueño con tener una habitación para mi hija
–dice Gadah–. Cuando salí de prisión creí que mi vida mejoraría, pero no… Sufro ataques de ansiedad… Salgo muy poco de casa… Sueño con ir a Suecia. Y, si un día voy a Suecia, intentaré borrar todo lo que ha ocurrido conmigo.”
En otras casas, como en la de la familia Idriss, no sueñan con Suecia. No sueñan con nada y todo es imborrable. Imborrable lo que les ocurrió el 12 de julio de 1948, cuando fueron expulsados de Ramleh por los primeros israelíes, y lo que les ocurre desde el 27 de enero del 2002, cuando Wafa Idriss se convirtió en la primera shahida palestina.


LA PRIMERA SHAHIDA
Wafa Idriss vivió y murió con el pelo al aire, sin velos ni chadores. No era de ningún grupo islamista: era del brazo armado de Al Fatah. Como Arin Ahmed y Gadah Titi. De hecho, fue el movimiento laico Al Fatah el que empezó con las acciones suicidas, antes que la Yihad y Hamas. Yasir Arafat tuvo la foto de Wafa colgada en su despacho hasta que Mahmud Abas la hizo descolgar cuando accedió a la presidencia de la Autoridad Nacional Palestina.
Rretrato de Wafa Idriss en la casa de su familia.
Wafa Idriss vivió y murió con el pelo al aire, sin velos ni chadores. No era de ningún grupo islamista: era del brazo armado de Al Fatah. Como Arin Ahmed y Gadah Titi. De hecho, fue el movimiento laico Al Fatah el que empezó con las acciones suicidas, antes que la Yihad y Hamas. Yasir Arafat tuvo la foto de Wafa colgada en su despacho hasta que Mahmud Abas la hizo descolgar cuando accedió a la presidencia de la Autoridad Nacional Palestina.
Rretrato de Wafa Idriss en la casa de su familia.
de: DAN | 30/06/2009
Sóc d'aquí, he vivido en Palestina ,y sé lo que es para unos y para otros. El problema es que sólo vemos un bando (el palestino). Cuando estás inseguro tienes derecho a defenderte, es lo que hacen los isras, prevenir. Si coges a alguien que intenta hacer daño a tu familia ¿por qué lo tienes que detener y dar un gasto más de tus impuestos? ha tenido lugar un accidente ¡uf que lastima¡ En mi caso pasó algo parecido. ¿Por qué no preguntais a la otra parte, hay perdón, es que sois pogresitas, hay que ayudar a todo el mundo de fuera, pero al pobre de aquí que le den, seguir por este camino y en pocos años la extrema derecha os ayudará.
de: Daniel E. | 30/06/2009
Estos relatos son avergonzantes y parciales. Los palestinos viven así precisamente a causa de esos suicidas y no lo contrario, ¿o acaso nos olvidamos de los atentados de Madrid?... ¿Por qué no se cuenta la triste vida de los suicidas que asesinaron 200 personas inocentes allá?... en el relato mismo se hace mención de esos "valientes" asesinos envían mujeres jóvenes y chicos adolescentes a morir después de hacerles un metódico lavado de cerebro. El día que los palestinos dejen de lado el terror y se alejen del Islam fanático sus vidas cambiaran de un extremo al otro.
de: Xavier Sunyer | 29/06/2009
Pilar Rahola debería leer este texto. Estas mujeres, valientes o cobardes, patriotas o fanáticas, viven la misma situación que en la España de 1808 frente a los franceses. ¿Qué patriota no lo arriesgó todo entonces? Si no lo hubieran hecho, hoy seríamos un departamento de Francia o un subestado satélite donde tiran su basura, como en las Guayanas. No es agradable hacerlo, pero si hay que morir se muere y si hay que matar se mata.








