28/06/2009
Dispuestas a castigar con su muerte
Texto de Henrique Cymerman y Plàcid Garcia-Planas
Fotos de Àlex Garcia
Entre los años 2002 y 2006, durante la segunda intifada, al menos 78 mujeres palestinas decidieron suicidarse con explosivos matando a civiles israelíes. La ocupación, la represión, la vida controlada por el ejército israelí, todo les empujaba a hacer algo y decidieron convertirse en shahidas. De ellas, diez lograron su objetivo y mataron a 37 personas. Esta es la historia de tres mujeres bomba. Una lo consiguió. Otra fue detenida. La tercera se arrepintió.

El número 50 de la calle Jaffa de Jerusalén, donde se produjo el atentado
Wafa tenía 28 años y era enfermera en la Media Luna Roja. Vivía en el campo de refugiados de Al Amari, junto a Ramala, y veía cosas muy duras. Un día atendió a un palestino de 15 años herido de muerte en la cabeza por la bala de un soldado israelí. Pocos días después, el 27 de enero del 2002, ella entró en la zapatería Freimann and Bein, en el número 50 de la calle Jaffa de Jerusalén. Se probó unos zapatos, salió de la tienda y detonó la bomba que llevaba pegada a su cuerpo. Mató a un hombre de 81 años.
Había introducido el explosivo en Israel camuflado dentro de una ambulancia. Y se había pintado de rojo las uñas de sus manos y sus pies: nunca se las había pintado antes por miedo a las críticas en su entorno.
“Wafa nos hablaba de los heridos, de sus heridas, estaba impactada, pero no esperábamos eso”, afirma Jaled, su hermano mayor. Pero las heridas de los demás no lo explican todo. Ni en la primera shahida ni en las demás. Porque la guerra de liberación nacional se funde con la guerra de liberación personal: Wafa decidió convertir su cuerpo en bomba después de ser repudiada por su marido al ver que ella no podía tener hijos; lo decidió el día en que él celebraba el nacimiento de su primer niño con otra mujer.
La mirada de Wafa absorbe el salón de su casa en una lona arrancada de la pared y pisoteada –explica Jaled– por los soldados israelíes, que siempre andan buscando a Jalil, el otro hermano. Su sentimiento ante el martirio es una mezcla de dos: “De saberlo, lo habríamos impedido” y “estamos orgullosos de ella”.
“Wafa amaba mucho la vida”, insiste Jaled levantando el dedo índice. “No somos terroristas. Somos refugiados. Tengo 40 años y nunca he estado en Jerusalén, que está a media hora de aquí. Nunca he visto nuestra casa de Ramleh. Todavía existe. Todavía están los naranjos. Al lado del aeropuerto de Tel Aviv.”
Tras el atentado, los israelíes no hicieron lo habitual: echar abajo la casa de la familia del suicida. Quizá porque, en esta calle, tiras una casa y se caen todas. “No tenemos ninguna esperanza de regresar a Ramleh
–dice Jaled–. Está escrito en el Corán: esta guerra durará hasta el fin del mundo.”
En casa de los Idriss no hay sueños. No hay nada. A Wafa la recuerdan en una lona pisoteada por el mismo ejército que no les devuelve lo que quedó de ella. La petición está en trámite judicial, y sus restos
–la explosión afectó a 65 tiendas– esperan en el norte del lago Tiberíades, almacenados en un cementerio especial para estos cuerpos. Tiene un nombre: el Cementerio de los Números.
“Queremos vivir –afirma contundente el hermano de la primera shahida–. Escríbalo en su libreta. Queremos vivir. No queremos ser un pueblo de muertos”...
Si Arin Ahmed regresara al parque donde no quiso hacer estallar su cuerpo, se encontraría a un montón de jubilados matando el tiempo con el backgammon, el póquer, apostando sheqalim de reojo.
Si Gadah Titi regresara a la puerta donde no pudo hacer estallar su cuerpo, se encontraría con jóvenes abrazándose como ella se abraza a Jasmina.
Si Wafa Idriss regresara a la acera donde hizo estallar su cuerpo, se encontraría a un hippy vendiendo pendientes y su altavoz con Eartha Kitt cantando Angelitos negros.
de: DAN | 30/06/2009
Sóc d'aquí, he vivido en Palestina ,y sé lo que es para unos y para otros. El problema es que sólo vemos un bando (el palestino). Cuando estás inseguro tienes derecho a defenderte, es lo que hacen los isras, prevenir. Si coges a alguien que intenta hacer daño a tu familia ¿por qué lo tienes que detener y dar un gasto más de tus impuestos? ha tenido lugar un accidente ¡uf que lastima¡ En mi caso pasó algo parecido. ¿Por qué no preguntais a la otra parte, hay perdón, es que sois pogresitas, hay que ayudar a todo el mundo de fuera, pero al pobre de aquí que le den, seguir por este camino y en pocos años la extrema derecha os ayudará.
de: Daniel E. | 30/06/2009
Estos relatos son avergonzantes y parciales. Los palestinos viven así precisamente a causa de esos suicidas y no lo contrario, ¿o acaso nos olvidamos de los atentados de Madrid?... ¿Por qué no se cuenta la triste vida de los suicidas que asesinaron 200 personas inocentes allá?... en el relato mismo se hace mención de esos "valientes" asesinos envían mujeres jóvenes y chicos adolescentes a morir después de hacerles un metódico lavado de cerebro. El día que los palestinos dejen de lado el terror y se alejen del Islam fanático sus vidas cambiaran de un extremo al otro.
de: Xavier Sunyer | 29/06/2009
Pilar Rahola debería leer este texto. Estas mujeres, valientes o cobardes, patriotas o fanáticas, viven la misma situación que en la España de 1808 frente a los franceses. ¿Qué patriota no lo arriesgó todo entonces? Si no lo hubieran hecho, hoy seríamos un departamento de Francia o un subestado satélite donde tiran su basura, como en las Guayanas. No es agradable hacerlo, pero si hay que morir se muere y si hay que matar se mata.







