22/08/2010
Los frutos de Vicente Ferrer
Texto de Daniel Bonet
Fotos de Kim Manresa
La semilla que Vicente Ferrer plantó en India no ha dejado de dar frutos tras su muerte, hace un año. Al contrario, la fundación que lleva su nombre, dirigida por su hijo, crece tanto que aborda nuevos retos.

Los médicos residentes suelen ser indios, y también acuden doctores de otros países para colaborar como voluntarios durante alguna temporada
En la aldea de Nallaboyanapalli viven 23 familias de intocables que, por primera vez, duermen bajo un techo consistente, aunque sea de hojalata. Las mujeres están sentadas por la acera de la calle polvorienta separando los cacahuetes que los braceros les han llevado. En el 2008, la Fundación Vicente Ferrer les entregó las viviendas con suelo de losa y dos estancias, una para dormir y la otra donde, por ejemplo, conservan fresca el agua en tinajas.
“Antes dormíamos al raso, y aquí son un problema los escorpiones”, recuerda Ram Naraena, que es el único de la colonia que cuenta con un telar. De hecho, ha vaciado lo que debería ser el salón de casa para instalar el mecanismo rústico con el que teje los saris. Cada pieza consta de cinco metros y medio de tela, y las más complicadas, las de seda, requieren hasta siete días de trabajo.
Pero cada sari le proporciona unas mil rupias (unos 25 euros) de ingresos. Como todos los intocables de Nallaboyanapalli, que viven en un barrio apartado del resto de las castas, Ram pagó 5.000 rupias a la fundación por la casa y pidió otro microcrédito para su negocio. Poco a poco va prosperando, como la aldea, con vistas a los cerros, y lo suficientemente separada de los raíles del tren como para que no sean un problema.
La Constitución india, aprobada en 1950 e impulsada, entre otros, por el líder intocable Ambedkar, prohíbe expresamente la división social por castas que sanciona el hinduismo, la religión mayoritaria en el país. Incluso el gobierno tiene un sistema de cuotas en las escuelas y la administración para favorecer la incorporación de las castas más bajas. Pero siglos de separación y recelo no se superan rápidamente, y la India actual, que avanza hacia la modernidad tan sólo un peldaño por detrás de China, arrastra discriminaciones y vejaciones.
Los intocables son el último escalafón, los que ni siquiera tienen derecho a tener casta, los descastados, y aunque Mahatma Gandhi intentó llamaelos harijan (hijo de Dios) para denunciar su exclusión, el nombre laico que ha prosperado es dalit. Pero aunque tengan más reconocimiento, los dalit aún figuran por debajo de las castas bajas, abocados a los trabajos de limpieza o los que nadie quiere hacer. Por eso alguien distinguió en el trabajo de Vicente Ferrer una revolución silenciosa, que devolvía la dignidad, la confianza y la independencia económica a los proscritos.
“Antes dormíamos al raso, y aquí son un problema los escorpiones”, recuerda Ram Naraena, que es el único de la colonia que cuenta con un telar. De hecho, ha vaciado lo que debería ser el salón de casa para instalar el mecanismo rústico con el que teje los saris. Cada pieza consta de cinco metros y medio de tela, y las más complicadas, las de seda, requieren hasta siete días de trabajo.
Pero cada sari le proporciona unas mil rupias (unos 25 euros) de ingresos. Como todos los intocables de Nallaboyanapalli, que viven en un barrio apartado del resto de las castas, Ram pagó 5.000 rupias a la fundación por la casa y pidió otro microcrédito para su negocio. Poco a poco va prosperando, como la aldea, con vistas a los cerros, y lo suficientemente separada de los raíles del tren como para que no sean un problema.
La Constitución india, aprobada en 1950 e impulsada, entre otros, por el líder intocable Ambedkar, prohíbe expresamente la división social por castas que sanciona el hinduismo, la religión mayoritaria en el país. Incluso el gobierno tiene un sistema de cuotas en las escuelas y la administración para favorecer la incorporación de las castas más bajas. Pero siglos de separación y recelo no se superan rápidamente, y la India actual, que avanza hacia la modernidad tan sólo un peldaño por detrás de China, arrastra discriminaciones y vejaciones.
Los intocables son el último escalafón, los que ni siquiera tienen derecho a tener casta, los descastados, y aunque Mahatma Gandhi intentó llamaelos harijan (hijo de Dios) para denunciar su exclusión, el nombre laico que ha prosperado es dalit. Pero aunque tengan más reconocimiento, los dalit aún figuran por debajo de las castas bajas, abocados a los trabajos de limpieza o los que nadie quiere hacer. Por eso alguien distinguió en el trabajo de Vicente Ferrer una revolución silenciosa, que devolvía la dignidad, la confianza y la independencia económica a los proscritos.

Ram Naraena en el telar que ha montado con un crédito de la fundación en Nallaboyanapalli
Gauthapuram es otra aldea con un barrio de intocables separado del resto de las castas. Una red de senderos de tierra lleva desde Bathalapalli, en media hora, a través de campos de cultivo. A las seis y media de la mañana, el sol, mostrando toda su circunferencia de forma nítida, ya asoma sobre el horizonte. El barrio bulle de actividad. En la acera, una mujer está moliendo hojas del árbol de neem con las que elaborará un remedio contra los piojos. Todo el pueblo parece estar en la calle, y muchos hombres se están cepillando los dientes. En unas casas de ladrillo se aprecian placas de la Fundación Vicente Ferrer, y en otras, las del Gobierno indio, que también intenta dotar de vivienda digna a los más desamparados.
Bawapa muestra orgulloso un par de corderos atados con una cuerda en su patio. Los engorda y los vende al mercado regional de Anantapur. Las castas altas acabarán comprando y consumiendo la carne cuidada por un intocable, algo impensable hace un siglo. No es que se lo plantee como una venganza. Pero ha aprendido que el respeto surge de la independencia económica, al margen de la condición de nacimiento. “Yo antes salía al campo cada día, a ver si me cogían, y nunca sabía si volvería con dinero para mi familia; ahora ya sé que los ingresos van a llegar gracias a mi negocio”, explica Bawapa, junto a su esposa, que administra el dinero, y uno de sus cinco niños.
Muchos intocables acaban trabajando para la FVF, no como obra de caridad, sino porque han aprovechado sus estudios o sus oportunidades. Las mujeres que han sido abandonadas por sus maridos han seguido un curso de encuadernación y trabajan en el taller que nutre de libretas y otro material de oficina a la fundación. Los que han aprendido idiomas pueden formar parte del grupo de 74 traductores que hace posible la correspondencia entre los padrinos que donan su dinero en España y los niños apadrinados, que es la principal fuente de financiación de la FVF, además de los acuerdos concretos con empresas y las donaciones.
Hace quince años, cuando Vicente Ferrer decidió que había llegado la hora de montar una fundación propia en lugar de recibir subvenciones de otras ONG, en el campus de Anantapur había un pequeño comedor para empleados y apenas diez bungalows de una habitación para invitados.
Ahora hay una cantina con servicio de bufet que atiende a los trabajadores y a las decenas de voluntarios españoles, hay más de 40 bungalows y muchos vehículos todoterreno aparcados en el campus. La FVF ha crecido y tiene dimensiones colosales, con capacidad incluso para organizar viajes en los que los padrinos españoles pueden recorrer los proyectos de cooperación. Anantapur se ha quedado pequeño. La fama de la fundación ya ha traspasado fronteras. Al legado de Vicente Ferrer, un año después de su fallecimiento, solamente le falta el espaldarazo de un premio Nobel para acabar de ser universal.

El ambiente alegre en la fuente
de: Mina | 25/08/2010
Si nos miráramos al espejo unos minutos cada día y viéramos más allá de cómo nos quedan los complementos y viéramos cómo se encuentra nuestra alma... Si escucháramos, sonriéramos, compartiéramos siempre, seguro que encontraríamos nuestra semilla por dentro.Cada uno tiene la capacidad de llevar un Vicente Ferrer o su proyecto. Me emociono día a día formando con mi granito de arena parte de él. Les aseguro que mi alma se llena de mariposas cuando leo o me llegan noticias de los avances de todos ellos. Esto forma parte de mi felicidad. Gracias a Vicente Ferrer y a su equipo por, simplemente, ser un manto de amor y esperanza.
de: Maria Neus Vives i Solé | 24/08/2010
Gran labor la de Vicente. Yo estuve allí y vi su gran obra con mis propios ojos. Se merece el Premio Nobel de la Paz y mucho más. Gracias, Vicente, desde donde estés.







