04/11/2012
La América más bipolar
Texto de Marc Bassets
¿Cómo es el país que el 6 de noviembre decidirá el nombre de su próximo presidente? Estados Unidos en el 2012 es más diverso, más hispano y también más polarizado. Es un país inmerso en una pugna por el modelo económico que le permita preservar el estatus de superpotencia. Un retrato de los norteamericanos en vísperas electorales de la mano de un antropólogo, un economista, un demógrafo y un experto en demoscopia

Clientes de una lavandería de autoservicio en Miami (Florida) esperan la colada mientras en el televisor del establecimiento retransmiten uno de los debates electorales entre Barack Obama y Mitt Romney
En un rincón del aula cuelga la bandera de las barras y estrellas. Cada mañana, los niños y niñas de cinco y seis a años recitan el pledge of allegiance, el juramento de fidelidad a la enseña de Estados Unidos. A esta escuela pública del estado de Maryland, cerca de Washington, asisten españoles, chilenos, portugueses. Algunos no dominan el inglés. En una pared hay pegado un póster con los símbolos del país: la bandera, la estatua de la libertad, el águila calva y el matrimonio presidencial, Barack y Michelle Obama.
A veces una imagen basta para entender las repercusiones de un acontecimiento que en su momento se calificó de histórico. En miles de escuelas públicas de todo el país luce este nuevo símbolo de Estados Unidos: el hijo de un keniano y una mujer descendiente de esclavos.
Puede debatirse si de verdad Obama cumplió la promesa del “hope and change” –esperanza y cambio– con la que, en el 2008, ganó las elecciones presidenciales. O si su presidencia ha sido o no un fracaso. Puede argumentarse –y hay datos y argumentos sólidos para sostenerlo– que, para los ciudadanos afroamericanos, las cosas no han mejorado en estos cuatro años, sino al contrario.
Pero este es un país que tuvo en el esclavismo su primer motor económico y que, hasta hace menos de medio siglo, permitió en buena parte del territorio un sistema de apartheid. Y que, en este país, los niños blancos y negros vean a un matrimonio negro como su símbolo máximo significa que ya no es el mismo que muchos todavía tenemos en mente cuando pensamos en Estados Unidos.
Este martes, EE.UU. acude a las urnas para decidir si el demócrata Obama sigue en la Casa Blanca o si le sustituye el republicano Mitt Romney. El otro protagonista son los norteamericanos, lo que el periodista Theodore White llamó en los años 60 “todas las tribus de América”, llamadas a elegir “entre dos caudillos”.
El antropólogo británico Tristram Riley-Smith vivió y estudió la sociedad de un pueblo del valle de Katmandú, en Nepal. Años después, en la primera década del siglo XXI, ejerció de diplomático del Foreign Office en Washington. Allí, con la misma mirada de extranjero y científico social, estudió la sociedad norteamericana. Y escribió un ensayo, La campana agrietada, un título que alude a las imperfecciones de la libertad americana, simbolizada por la Campana de la Libertad que se exhibe en Filadelfia, la ciudad donde se adoptó la Constitución.
A veces una imagen basta para entender las repercusiones de un acontecimiento que en su momento se calificó de histórico. En miles de escuelas públicas de todo el país luce este nuevo símbolo de Estados Unidos: el hijo de un keniano y una mujer descendiente de esclavos.
Puede debatirse si de verdad Obama cumplió la promesa del “hope and change” –esperanza y cambio– con la que, en el 2008, ganó las elecciones presidenciales. O si su presidencia ha sido o no un fracaso. Puede argumentarse –y hay datos y argumentos sólidos para sostenerlo– que, para los ciudadanos afroamericanos, las cosas no han mejorado en estos cuatro años, sino al contrario.
Pero este es un país que tuvo en el esclavismo su primer motor económico y que, hasta hace menos de medio siglo, permitió en buena parte del territorio un sistema de apartheid. Y que, en este país, los niños blancos y negros vean a un matrimonio negro como su símbolo máximo significa que ya no es el mismo que muchos todavía tenemos en mente cuando pensamos en Estados Unidos.
Este martes, EE.UU. acude a las urnas para decidir si el demócrata Obama sigue en la Casa Blanca o si le sustituye el republicano Mitt Romney. El otro protagonista son los norteamericanos, lo que el periodista Theodore White llamó en los años 60 “todas las tribus de América”, llamadas a elegir “entre dos caudillos”.
El antropólogo británico Tristram Riley-Smith vivió y estudió la sociedad de un pueblo del valle de Katmandú, en Nepal. Años después, en la primera década del siglo XXI, ejerció de diplomático del Foreign Office en Washington. Allí, con la misma mirada de extranjero y científico social, estudió la sociedad norteamericana. Y escribió un ensayo, La campana agrietada, un título que alude a las imperfecciones de la libertad americana, simbolizada por la Campana de la Libertad que se exhibe en Filadelfia, la ciudad donde se adoptó la Constitución.

Colas al amanecer para aprovechar el primer día de rebajas (Black Friday shopping) después del día de Acción de Gracias, en Los Ángeles
La diferencia entre los nepalíes del valle de Katmandú y los norteamericanos es que de estos últimos lo sabemos –o creemos saberlo– casi todo. Pocas naciones están rodeadas de tantos prejuicios e ideas preconcebidas, aunque con frecuencia coincidan con la realidad. Si Riley-Smith tuviese que describir a los norteamericanos como si fueran nepalíes de Katmandú, como una civilización lejana y exótica, diría lo siguiente: “América es una sociedad mosaico. Con esto quiero decir que hay una multiplicidad de subculturas. Muchas de ellas son étnicas. Pero también tienen que ver con la política, con el trabajo, con los valores políticos. Esto crea una imagen compleja de lo que es América. Dentro de cada componente individual del mosaico sí que hay un fuerte sentido de identidad y afiliación. También puede haber un grado de intolerancia si sientes que puedes ser amenazado por algún otro componente del mosaico. Y existe este principio o valor dominante que fluye a través de buena parte de la sociedad, y que es la libertad. Y el desafío de la libertad individual es que la libertad de un hombre o una mujer inevitablemente chocará o derribará las aspiraciones de otro individuo. Y esto puede provocar muchas contradicciones en el interior de la sociedad”.
Riley-Smith ve en Estados Unidos una mezcla entre dos ciudades imaginarias: Hobbiton, la aldea pacífica de los hobbits de J.R.R. Tolkien, paradigma de la seguridad y el bienestar, y Hobbesville, la metrópolis violenta donde “el hombre es un lobo para el hombre”, según la expresión que usó el filósofo Thomas Hobbes. Estados Unidos son los barrios residenciales con idílicas viviendas unifamiliares rodeadas de césped y sin cercas ni candado en la puerta, y también el país con cifras récord de muertes por armas de fuego. Es el país integrador donde a los niños recién llegados se les adopta sin mirar de dónde proceden, vía himno y jura de bandera, y también el país con 7,1 millones de personas (casi la población de Cataluña) sometidas a un sistema penitenciario que castiga especialmente a los negros (de estas, 4,9 millones se encuentran en libertad vigilada, el resto vive en las cárceles). El país que hace cuatro años se unió en el “yes, we can”, el que, con Obama, debía cerrar las heridas de diez años de guerras y divisiones, se ha polarizado hasta unos niveles poco habituales en la historia reciente.
Riley-Smith ve en Estados Unidos una mezcla entre dos ciudades imaginarias: Hobbiton, la aldea pacífica de los hobbits de J.R.R. Tolkien, paradigma de la seguridad y el bienestar, y Hobbesville, la metrópolis violenta donde “el hombre es un lobo para el hombre”, según la expresión que usó el filósofo Thomas Hobbes. Estados Unidos son los barrios residenciales con idílicas viviendas unifamiliares rodeadas de césped y sin cercas ni candado en la puerta, y también el país con cifras récord de muertes por armas de fuego. Es el país integrador donde a los niños recién llegados se les adopta sin mirar de dónde proceden, vía himno y jura de bandera, y también el país con 7,1 millones de personas (casi la población de Cataluña) sometidas a un sistema penitenciario que castiga especialmente a los negros (de estas, 4,9 millones se encuentran en libertad vigilada, el resto vive en las cárceles). El país que hace cuatro años se unió en el “yes, we can”, el que, con Obama, debía cerrar las heridas de diez años de guerras y divisiones, se ha polarizado hasta unos niveles poco habituales en la historia reciente.

Guillermo Reyes posa con su esposa y sus tres hijos, de origen salvadoreño, ante su casa en Garden City (Kansas), donde trabaja en la industria de envasado de carne, que domina el mercado estadounidense y depende en gran medida de los inmigrantes
Después de unos años de ausencia de Estados Unidos, en verano Riley-Smith regresó. Su libro se publicó tras la victoria de Obama en noviembre del 2008. ¿Cómo ha cambiado Estados Unidos con Obama? “Como antropólogo, creo que la cultura profunda de una sociedad es muy difícil de cambiar con el tiempo. Si Confucio viera la China de hoy, probablemente la reconocería en buena parte. Si Montaigne viera la Francia de hoy, probablemente reconocería muchas facetas”, responde. Pero añade: “Probablemente el mensaje más importante que me llevo de mi visita es que la sociedad americana está tanto o más polarizada de lo que estaba cuando viví allí”. Riley-Smith recuerda una conversación con un veterano del todo Washington, un hombre de más de setenta años cuya identidad no revela y que suele organizar fiestas en su casa de la capital federal. Esa persona le contó que, en el pasado, demócratas y republicanos acudían a sus invitaciones. Allí hablaban, discutían, confraternizaban. Ya no. Muchos republicanos no quieren asistir a esas fiestas si a ellas están invitados también demócratas. Y viceversa.
La polarización –de la que Obama no es el primer responsable, pero que, en caso de derrota, se situaría en el centro de su legado– ha tenido consecuencias políticas. La actividad legislativa en Washington está paralizada. La cuestión es si no es sólo culpa del Congreso y de Washington sino un reflejo de la polarización de la sociedad.
El economista Arthur Brooks es uno de los intelectuales de referencia de la derecha de EE.UU. Presidente del American Enterprise Institute (AEI), el laboratorio de ideas conservador más influyente, Brooks ha publicado recientemente El camino de la libertad, un ensayo donde describe un país en una encrucijada. Estados Unidos, según él, debe decidir entre seguir por la pendiente actual que le lleva a convertirse en lo que él llama una “socialdemocracia a la europea” –con más gasto, más redistribución de la riqueza, más impuestos y un Estado del bienestar más robusto–, o regresar a los valores fundacionales del país de la libre empresa, el capitalismo menos regulado y el Estado pequeño. EE.UU., escribió Brooks en su ensayo anterior, La batalla, es un país “70-30”: el 70% defiende el capitalismo de la libre empresa, y el 30%, un modelo social más cercano al de la Europa Occidental.
La polarización –de la que Obama no es el primer responsable, pero que, en caso de derrota, se situaría en el centro de su legado– ha tenido consecuencias políticas. La actividad legislativa en Washington está paralizada. La cuestión es si no es sólo culpa del Congreso y de Washington sino un reflejo de la polarización de la sociedad.
El economista Arthur Brooks es uno de los intelectuales de referencia de la derecha de EE.UU. Presidente del American Enterprise Institute (AEI), el laboratorio de ideas conservador más influyente, Brooks ha publicado recientemente El camino de la libertad, un ensayo donde describe un país en una encrucijada. Estados Unidos, según él, debe decidir entre seguir por la pendiente actual que le lleva a convertirse en lo que él llama una “socialdemocracia a la europea” –con más gasto, más redistribución de la riqueza, más impuestos y un Estado del bienestar más robusto–, o regresar a los valores fundacionales del país de la libre empresa, el capitalismo menos regulado y el Estado pequeño. EE.UU., escribió Brooks en su ensayo anterior, La batalla, es un país “70-30”: el 70% defiende el capitalismo de la libre empresa, y el 30%, un modelo social más cercano al de la Europa Occidental.
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