El Ramadán
Telenovelas para un largo ayuno
El Ramadán, el mes del ayuno musulmán, es también el periodo
de grandes estrenos de las telenovelas en los países árabes. Cada tarde, con el "iftar", la comida que rompe la abstinencia, las familias se reúnen en torno al televisor. Egipto sigue siendo la meca de producción de esas series.

La telenovela "Flor del Nilo", del director Hisham Okasha, refleja cómo afectó al medio rural la llegada del capitalismo. El conocido actor Kamal Abu Rayah (primero por la izquierda) interpreta el papel estelar masculino.
"¡Cinco!", grita en inglés el director. "Cuatro, tres, dos. En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso", prosigue el cámara de corrido. "¡Uno!" Acción. Podría ser el inicio de cualquier rodaje en cualquier país si no fuera por la "basmala", esa invocación ritual del Corán que se repite en árabe hasta la saciedad cada vez que el realizador de la telenovela, el egipcio Ibrahim el Shauadi, corta la grabación y ordena sin piedad que se repita de nuevo la toma. "Me siento como si estuviera en un zoco", chilla, cabreado, a los miembros del equipo técnico. "No quiero oír ni un solo ruido. ¡Empezamos a trabajar!", anuncia tras empalmar un pitillo más a una larga cadena de humo. Estamos en El Cairo, en la Egyptian Media Production City (EMPC), el gran Hollywood del mundo árabe. Es el primer día de rodaje de "Al gabal" ("La montaña"), un culebrón de 30 capítulos que se grabará a lo largo de siete meses a caballo entre Luxor, la capital egipcia y los estudios de la EMPC.
El escenario de la secuencia de hoy es una réplica en madera de un palacete de época del céntrico distrito cairota de Garden City, que se ha acabado de decorar justo esta mañana. Si las telenovelas desprendieran olor, sería aguarrás lo que inhalarían los televidentes. Unos orfebres han pintado a toda prisa las paredes de azul, han desempolvado los sillones y han colocado unos cuantos libros para hacer bulto en el supuesto despacho de Salah, un joven ingeniero que lucha contra la ocupación británica y que esconde en su casa a un amigo activista perseguido por la policía.
"La montaña" es una de las telenovelas egipcias que se producen cada año especialmente para el Ramadán, el mes rey de la televisión en el mundo árabe, el más espiritual, pero también el más social del calendario islámico. Aunque los culebrones inundan la programación en otras épocas, el mes del ayuno musulmán es el más jugoso: la audiencia se duplica, y la industria se disputa millones en publicidad. Entre Egipto, Siria, el Magreb y los países del Golfo, el mercado emite más de un centenar de seriales. Son los que cuentan con las estrellas más populares, los mejores guionistas, los vestuarios más vistosos y los presupuestos más abultados. "La montaña" ha movilizado un equipo de 250 técnicos, un elenco de 15 actores y actrices y 5.000 extras, con un coste cercano al millón de euros.

Actores noveles como Mohamed el Sherbini, que está acabando de ser maquillado, aprovechan culebrones de gran difusión como "La montaña" para darse a conocer.
De Rabat a Damasco, pasando por las poblaciones emigradas a Europa, las telenovelas mantienen en Ramadán, que este año empieza a mediados de septiembre, a decenas de millones de televidentes pegados a la pantalla. En Egipto, el Estado más poblado, paralizan el país, en parte porque se disfruta de más tiempo libre, pero también porque muchos teatros y cines cierran a cal y canto. Los programas religiosos y los de cocina abundan, pero los "musalsalat", como se conocen los culebrones en árabe, no tienen rival, sobre todo tras el "iftar", el "desayuno" con el que se rompe el ayuno a la caída del sol, cuando las familias se reúnen durante horas al amparo de la televisión. Los bares se llenan, y las vicisitudes de los personajes son el tema nacional de conversación al día siguiente. La telenovela "Al Hajj Mitually", en la que el actor Nur al Sharif interpretaba a un comerciante de perfumes casado con cuatro mujeres, dio tanto de que hablar en el 2001 que la expresión "ser un Mitually" se ha incorporado ya al argot popular.
Algunos expertos remontan el origen de los "musalsalat" a "Las mil y una noches", los cuentos que Sherazade dejaba inacabados cada noche, o a las narraciones que desmadejaban los "hakauati" –cuentacuentos– en los cafés. Dos décadas atrás, sólo los canales locales las emitían, pero la proliferación de las antenas parabólicas contribuyó a aumentar su popularidad. Las telenovelas cuentan ahora con un estrellato de bandera y son una plataforma de despegue para muchos actores. "Los ‘musalsalat’ son una vía para darte a conocer y que los directores se fijen en ti", apunta Mohamed el Sherbini, uno de los intérpretes noveles de "La montaña". "En el cine sólo trabajan unas cuantas estrellas, pero en televisión somos centenares", añade.
Telenovelas al fin y al cabo, los "musalsalat" se rigen por reglas similares a las que estamos acostumbrados: capítulos de una hora de duración, finales de infarto y tramas truculentas que se complican a cada jornada. La diferencia es que suelen tener 30 episodios contados –uno para cada noche del mes sagrado–, muestran muy poco muslo y suelen enviar un claro mensaje a la audiencia, ya sea sobre la avaricia, el patriotismo, la salud o, más recientemente, el terrorismo islámico. Producidos bajo supervisión pública, los gobiernos de la región los han utilizado para moldear la opinión pública y abordar temas que consideran importantes en el momento que les parece oportuno.

El argumento de "La montaña" tampoco es casual. La lucha contra la ocupación es una trama secundaria, pero El Shauadi matiza que el serial va del saqueo de los monumentos faraónicos, un tema de actualidad en Egipto después de que Zahi Hauass, presidente del Consejo Supremo de Antigüedades, emprendiera una cruzada para recuperar las piezas clave del patrimonio histórico egipcio que se exhiben en museos occidentales, como el busto de Nefertiti, en Berlín, y la piedra de Rosetta, en Londres. "Las telenovelas tratan sobre los problemas de Egipto, y éste es uno de los más importantes", sostiene.
Dramas sociales, comedias satíricas, biografías históricas, series épicas, amores imposibles, desavenencias familiares, espías infiltrados con éxito en Israel... Los géneros son diversos, y el abanico de argumentos, variado. La temática, más bien doméstica, se amplió a los temas de interés general para la audiencia árabe con la irrupción de los canales por satélite. Los "musalsalat" han reflejado la tensión tras el inicio de la segunda "intifada", los ataques del 11 de septiembre o la invasión estadounidense de Afganistán e Iraq, o han promovido el mensaje de que el islam no es extremismo. "Estos terroristas también están matando musulmanes", se desesperaba la madre de un ficticio y devoto musulmán muerto en los atentados de Londres de julio del 2005 en la serie "Al mariqun" ("Los renegados"), una de las superproducciones sirias de más calado del Ramadán pasado.
Egipto era hasta hace poco el gigante audiovisual de la región, pero hace una década las telenovelas sirias y las de factura panárabe empezaron a pisarle los talones. Los especialistas consideran que las producciones privadas de Damasco son más frescas e innovadoras. Formados en el realismo soviético, los realizadores sirios fueron los primeros en rodar en exteriores. Diálogos solventes, caras nuevas y, sobre todo, nuevos temas contemporáneos sobre los que hablar: el sida, los derechos de las mujeres, las drogas o el extremismo islámico. Por el contrario, las telenovelas egipcias están bajo el fuego de las críticas: domina la cantidad y no la calidad, están protagonizadas por las mismas glorias de siempre y lastradas por un exceso de planos con zoom, sobreactuaciones, vestuarios y maquillaje mediocres. Para Uahid Hamed, que decidió dejar de escribir para la televisión hace tres años, la batalla por la publicidad ha banalizado los contenidos. "Los ‘musalsalat’ se han convertido en puro entretenimiento. Ya no contribuyen a abrir las mentalidades", critica.







