El desierto del miedo

Puesto de control a las afueras de Duentza, donde la carretera se bifurca hacia Gao y hacia Tombuctú, ambas más al norte
Tombuctú. Junio del 2009. Cuatro integrantes de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) aparcan un 4x4 frente al hogar del lugarteniente coronel Lamana Uld Sheij, figura clave en la lucha contra Al Qaeda y hábil negociador en varios secuestros de occidentales. Dos de los terroristas se plantan frente al oficial y, a sangre fría, le descerrajan dos cargadores de AK47. Dos días después, miles de ciudadanos acuden al entierro, y el ejército de Mali eleva el ataque al nivel de casus belli: un acto de guerra.
Tombuctú. Mayo del 2010. Amahde Deju se recoloca su turbante tuareg antes de responder. Busca transporte para cubrir el último centenar de kilómetros de desierto para llegar a la ciudad de los 333 santos, pero, mientras, accede a analizar la situación de una zona que conoce como la palma de su mano. Es parco en palabras porque no hacen falta. Por respuesta abre sus cinco dedos con la palma perpendicular a su cuerpo y la balancea con un pausado movimiento de muñeca. “Las cosas no están muy bien, Al Qaeda vive en el desierto y es peligrosa para vosotros”, dice finalmente.
A trescientos metros, dos militares armados con kalashnikovs se acomodan en el todoterreno que debe llevar a los periodistas extranjeros al norte del país. La región de Tombuctú, junto a las de Gao y Kidal, es una zona declarada de “muy alto riesgo de secuestro” según la embajada española en el país africano. Aunque el Gobierno de Mali rebaja la alarma y sitúa el riesgo sólo en el desierto, fuentes diplomáticas de distintos países europeos exhortan a sus ciudadanos a evitar las regiones del norte del país a toda costa, incluidas sus capitales, y reiteran que la facción del Magreb islámico de Al Qaeda supone una seria amenaza para cualquier occidental que visite la zona.
Aunque la mayoría de los atentados de AQMI se produce en el norte de África, la banda terrorista ha encontrado en la franja sahelo-sahariana, a caballo entre Mauritania, Mali, Argelia y Níger, un refugio inmejorable para su cuartel de operaciones. Una eternidad de dunas y arena con fronteras difuminadas –y suficientemente alejadas de la zona de control del ejército argelino– que permiten a los terroristas ocultarse y buscarse financiación a golpe de tráfico de drogas o de secuestros de occidentales.
El modus operandi sigue un patrón común: la mayoría de los asaltos se produce en zonas apartadas de Mauritania o Níger y se pasa inmediatamente a los rehenes a algún punto inconcreto del desierto entre Mali y Argelia. Luego, se procede a negociar durante meses un rescate económico o el intercambio de los rehenes por presos. O ambas cosas. De acuerdo con la lectura radical del ideario yihadista, las víctimas de los secuestros son consideradas botín de guerra, aunque la retención tiene bastantes posibilidades de acabar bien si se accede a las pretensiones de AQMI. Lo contrario puede ser fatal: el año pasado, la franquicia en el desierto africano de Al Qaeda propuso al entonces premier inglés, Gordon Brown, la liberación de un rehén británico a cambio de la de un clérigo radical jordano convicto por terrorismo en el Reino Unido. La negativa del Gobierno de las islas acabó con un escueto comunicado en una web islamista en la que se anunciaba la ejecución del secuestrado.

Uno de los soldados escolta vigila ostentosamente el vehículo de los europeos, mientras se cambia la rueda por un pinchazo en la carretera de Tombuctú
Que AQMI despliegue sus campos de entrenamiento y mueva a sus rehenes por las zonas muertas de algunos de los estados más polvorientos del mundo no la convierte en una banda de cuatro desharrapados.
De camino a Gao, al sargento Koné apenas le hace falta una taza de té dulce al caer la noche en el puesto policial de Homboriri para desatar su lengua e ilustrar la situación. Durante los quince meses que estuvo destinado en Tombuctú se enfrentó a cara de perro con Al Qaeda en una lucha desigual. Recuerda perfectamente el día del asesinato dcoronel Lamana porque ese día, dice, fue consciente del potencial real de su enemigo: “Lo acribillaron y luego desaparecieron como un rayo con un vehículo con las ruedas más grandes que he visto en mi vida. Parecía que apartaba la arena como si fuera un barco por el agua. Llegaron a lo alto de una duna que domina la ciudad, dispararon varias ráfagas al cielo y desaparecieron. Se reían de que intentáramos seguirles”, explica.
Durante el día, Koné, que ya descuenta su edad de los cuarenta, se pelea con el calor bajo la sombra de un techo de paja y la ayuda de un ventilador oxidado. Ha recibido órdenes de pedir los papeles a cualquier coche que pase por la carretera tras el secuestro, el 21 de abril, de un francés y su chófer argelino en Níger, junto a la frontera de Mali. Koné insiste en que el ejército no puede bajar la guardia.
A diez metros, unos cuantos bidones destrozados, un par de neumáticos gastados y unas piedras hacen de barrera en la carretera y refuerzan con su triste presencia las palabras de Koné. “Los terroristas iban muy bien equipados, con buenos AK47 y buena tecnología. Nuestro ejército y policía no tienen muchos recursos, tenemos 4x4, pero cuando nosotros hemos hecho veinte metros por la arena, ellos ya hace rato que se han esfumado. Además, colocan minas antipersona en el camino cuando les perseguimos y tenemos que parar y detectarlas con aparatos especiales para no saltar por los aires”, se lamenta.
Desde Bamako y las altas esferas de las fuerzas armadas malienses se repite insistentemente un mensaje de calma. Se limita la amenaza al desierto y se relativiza el peligro dentro de las ciudades hasta casi el absurdo. “Es más fácil que les secuestre Al Qaeda en Madrid que en Mali”, llegó a señalar el coronel jefe de la región de Mopti, Brehima Sabely.
En muchas ocasiones, la amenaza de Al Qaeda es invisible en las ciudades y la inquietud sólo se percibe en los detalles. Cuando el todoterreno de los europeos se aproxima a la ciudad de Gao, a un centenar de kilómetros del lugar donde secuestraron al francés Pierre Camatte a finales del año pasado, el teniente Tienegué Traoré se pone rígido en el asiento del copiloto del vehículo. “A partir de aquí, hacia el norte la situación no es un poco más seria, es muy seria”, dice. Pese a extremar los sentidos de precaución, rechaza que el resto de Mali sea un lugar poco recomendable.
Ni siquiera acepta que en las ciudades del norte haya nada que temer, aunque sus palabras no inviten al sosiego. “Al Qaeda no ha conquistado Mali, ni tampoco Mauritania o Níger. Opera en la banda saheliana, que es enorme y no hay nada. Pero es como querer controlar la Luna, es imposible saber la posición real de los terroristas, tampoco los europeos o americanos lo saben”, explica justo antes de explotar. “¿Se dan cuenta de cuántos millones está perdiendo Mali por culpa de las informaciones exageradas? Las principales víctimas de Al Qaeda somos nosotros.”








