El libro que Bhutto deja como testimonio de su tragedia
Reconciliación, el libro póstumo de Benazir Bhutto, la líder pakistaní asesinada el pasado 27 de diciembre, es una extensa reflexión sobre el islam, la democracia y las relaciones con Occidente. El libro, editado por Belacqua, incluye también un sobrecogedor relato del atentado que sufrió al regresar a su país, el 18 de octubre del 2007, tras ocho años de exilio. La narración resulta premonitoria del nuevo intento que acabaría con su vida, dos meses después.

Imagen del atentado que sufrió Benazir Bhutto en Karachi en la noche del 18 al 19 de octubre del 2007 y que relata en estas páginas. Dos explosiones provocadas cerca del camión desde el que la ex primera ministra de Pakistán saludaba a sus seguidores provocaron ciento setenta y nueve muertos y centenares de heridos.
Quería desanudarlas y relajarme un poco. Unos instantes después, mi secretaria política, Naheed Khan, y yo estábamos revisando el discurso que pensaba pronunciar ante la tumba. Yo consideraba que este discurso sería uno de los más importantes de mi vida. Tanto por su contenido como por su carácter simbólico, este sería el discurso que mostraría al mundo que el pueblo de Pakistán desea, que incluso exige, una pronta transición hacia la democracia y que rechaza las políticas de la dictadura.
Mientras la caravana se acercaba al vecindario de Karsaz, las multitudes se volvían aún más numerosas, y todos a mi alrededor expresaban su asombro. Estábamos pasmados por aquella sobrecogedora muestra de apoyo y comprendimos que estábamos haciendo historia en esos momentos, y que la gente recordaría por siempre esta noche en la historia de Pakistán. Le releí el discurso a Naheed, queriendo asegurarme de que cada palabra estuviera en el lugar correcto, de que cada matiz fuera enérgico y definitivo. Acabábamos de finalizar el discurso. Yo estaba diciendo que quizá deberíamos mencionar mi solicitud a la Corte Suprema de permitir la creación de partidos políticos en las áreas tribales, como estrategia de oposición contra los extremistas. En el momento en que dije la palabra “extremista”, una explosión terrible sacudió el camión. Primero el estruendo, luego el resplandor, el ruido de vidrios rotos, y finalmente el silencio mortal seguido por gritos horrendos. Supe de inmediato que había sido una bomba. Mi primer pensamiento fue: “Dios Santo, no”. (...)
Hacía unos treinta minutos, antes de bajar a soltarme las sandalias, yo había visto a un hombre que sostenía un bebé. El bebé estaba vestido con los colores del PPP y tendría entre uno y dos años. El hombre gesticulaba repetidamente que tomara el bebé. Yo hice señas al público para que le abrieran camino, pero cuando la multitud se apartaba, el hombre no se arrimaba. En cambio, intentaba entregar el bebé a la muchedumbre. Preocupada de que el bebé se cayera y que lo pisotearan o se perdiera, yo le indicaba que no, que me trajera él el bebé. Finalmente, él señaló al guardia, y yo le pedí a este que dejara subir al hombre al camión. Pero para cuando este llegó al camión, yo ya bajaba al compartimiento. Agha Siraj, un parlamentario del PPP, estaba vigilando el acceso al camión por la escalera. Cuando el hombre intentó subir el bebé al camión, Agha Siraj le dijo que se fuera. El hombre se fue entonces a un vehículo de policía a la izquierda del camión que se negó a llevar el bebé, entonces se fue al vehículo que estaba frente al primero. Una mujer asesora del PPP, Rukhsana Faisal, estaba en este vehículo, como también un cámara. En el momento en que el hombre intentaba entregar el bebé al segundo vehículo, el primer vehículo de la policía anunció: “No tomen al bebé, no tomen al bebé, no lo dejen subir al camión”. Ambos vehículos estaban exactamente paralelos al lugar donde yo estaba sentada en el camión blindado. Sospechamos que la ropa del bebé estaba forrada con explosivos plásticos. Mientras el hombre forcejeaba con los policías en la camioneta para que recibieran al bebé, tuvo lugar la primera explosión en esta. Todos en la camioneta murieron, así como todos los que la rodeaban. Carne humana, sangre y partes de cuerpos volaron por todas partes. La sangre y la carne alcanzaron al camión, adhiriéndose a la ropa, el cabello y las manos de las personas con que había estado de pie antes. La camioneta se incendió justo al lado del camión. Cincuenta segundos más tarde, detonó un coche bomba de quince kilos, lanzando a la gente al aire y atravesándola con balines, esquirlas y pedazos de metal ardientes. Según algunos testigos, en este momento unos francotiradores empezaron a disparar. Si hubiesen funcionado los dispositivos de bloqueo, no habrían detonado las bombas; si hubiera habido luces encendidas, se habría detectado el coche con la bomba.
Parecía haber algún tipo de sustancia química en el aire y, aunque yo salí del camión aproximadamente ocho minutos después, sufrí como los demás de tímpanos perforados y tos seca incesante como nunca la había tenido. Mientras tanto, en vez de huir, los miembros del Jannisar-e-Benazir (mis guardias de seguridad) corrieron a mi lado para protegerme, reemplazando a sus hermanos asesinados. Hacía una hora yo había estado hablando con los que se encontraban delante del camión. Habíamos estado pasándonos agua y todavía puedo ver sus rostros sonrientes, sus ojos iluminados con la dicha de la recepción victoriosa. Siempre veré sus rostros, hasta el día en que muera.








