Jóvenes acelerados

Seis de los más de 350 españoles que investigan en el CERN de Ginebra
Como país miembro del CERN, España mantiene un vínculo estable con el centro aportando financiación e implicándose en proyectos. Hasta el momento, y antes de conocer la repercusión de los recortes en ciencia aprobados por el Gobierno español y que afectarán a su financiación al CERN, el Estado no sólo beca a investigadores sino que también mantiene en su territorio (Barcelona, Valencia, Madrid, Santander y Santiago de Compostela) varias instituciones que colaboran en determinados experimentos, como los ATLAS, CMS y HCB.
Pero no todos los jóvenes españoles están financiados por el Estado español. Algunos, como la doctora Bárbara Álvarez (Oviedo, 1983), están enviados por instituciones extranjeras: “Estoy contratada por la Universidad de Michigan State (EE.UU.)”. Álvarez, inscrita en el experimento ATLAS, ayuda a aclarar la existencia del bosón de Higgs, la famosa partícula de Dios.
En el CERN, todas las investigaciones se hacen públicas y se ponen a disposición no sólo de los miembros del laboratorio sino de toda la comunidad científica internacional (de ahí que naciera aquí la world wide web, la www). “El hecho de publicar y que automáticamente llegue a cualquier institución da una gran proyección internacional”, considera el físico madrileño José Luis Abelleira (1984), especialista en luminosidad del acelerador de partículas.
La idea de que la ciencia avanza gracias a las múltiples aportaciones de miles y miles de investigadores está sustentada en el mismo carácter fundacional del CERN, nacido en 1954, tras la Segunda Guerra Mundial, que prohíbe los proyectos militares y obliga a compartir las investigaciones con toda la comunidad internacional.
Carolina Deluca (Buenos Aires, 1980), que, como Álvarez, estuvo en el laboratorio americano Fermilab, reconoce la excepcionalidad de trabajar en el centro de investigación: “He estado dos años buscando un tipo de partículas, los leptoquarks. Gracias al LHC podemos acceder a terrenos nunca antes explorados”. El LHC (Large Hadron Collider), el acelerador de partículas más grande del mundo, se creó para recrear las condiciones del inicio del universo. Es una obra de ingeniería sin igual. “Yo lo explico así –relata con humor Juan Carlos Pérez, ingeniero especialista en imanes superconductores y miembro del staff–: los físicos sueñan, y los ingenieros les diseñamos sus juguetes”.

Este es el Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN) de Ginebra, el laboratorio de física más grande del mundo, dotado de la más alta tecnología, entre la cual destaca su acelerador de partículas, el mayor del planeta. En este complejo se concentra la excelencia científica para responder, entre otras preguntas, a cómo se originó el universo.
Juan Esteban, nacido en El Puerto de Santa María (Cádiz) hace 24 años, estrena condición de casado, emancipado y emigrante este curso. Hace tan sólo unos meses que aterrizó en ese centro de investigación para integrarse en el proyecto de mejora del acelerador de partículas. Es ingeniero de telecomunicaciones. Y dice que “alucina” con la diversidad cultural: “Mi jefa es rusa; mis compañeros, alemanes, húngaros, griegos, italianos, ingleses, y comparto mesa con un hindú...”. ¿Y qué lengua prevalece entre ellos?
“Tengo que mejorar el inglés –confiesa Esteban–, aunque algunos hablan algo de castellano”.
También es ingeniero Alberto García (Baza, Granada, 1986). “Si quieres ser investigador, los idiomas son fundamentales, porque la investigación en el extranjero está mucho mejor valorada que en España –indica–. Baste el ejemplo de la valoración económica: en el CERN, si eres un estudiante técnico ganas unos 2.500 euros al mes, y si eres doctor, 3.300, pero existen contratos de hasta 4.600 euros”.
“Trabajar en el CERN es un privilegio como pocos: grandes recursos, excelentes profesionales, apoyo, buen sueldo... Uno está en el mejor lugar”, explica la doctora Sònia Fernández-Vidal (Barcelona, 1978), que antes de escribir exitosos libros para aproximar la física cuántica a los niños fue una investigadora científica que pasó por el CERN y trabajó en la Universitat Autònoma de Barcelona. “Son una lástima –añade– los recortes que está viviendo la ciencia, que tanto aporta a la sociedad no sólo en creación de conocimiento sino en aplicaciones concretas. La crisis impide desarrollarse a investigadores españoles con una gran capacidad y una excelente formación”.

La vida de investigador, en general, no es fácil, suele ser errante y solitaria debido a la temporalidad de los contratos. Los investigadores apenas se plantean sus vidas después de la fecha en que termina su contrato. Disfrutan el presente, del que tratan de obtener el mejor partido. Héctor García es un físico barcelonés que lleva nueve meses en Ginebra. Pese a sus 24 años, ya ha trabajado en Estados Unidos y en Japón. “Me encanta trabajar en equipos multiculturales porque mis compañeros me dan puntos de vista que no tendría si sólo conviviera con los de mi cultura”, apunta.
En el CERN, el francés y el inglés son los idiomas oficiales, pero pocos parecen desaprovechar la oportunidad para aprender nuevas lenguas. “Siempre es mejor hablar el idioma del otro porque anímicamente te acercas más”, afirma García.
“En el CERN hay un alto grado de exigencia y hay mucha presión”, sostiene Rebeca González, nacida en Gijón en 1981, doctora en Física y residente en el CERN desde el 2010. “Pero trabajas en cosas que te apasionan y que nadie hace, y sabes que con tu contribución, aunque sea mínima, va a cambiar la física del futuro”, concluye.
Bromas aparte, lo que se hace aquí jamás se ha inventado antes. El desafío de crear a partir de una idea o de una necesidad ha resultado sumamente atractivo para el ingeniero informático Roberto Sánchez (Torrelavega, 1983), cuyo contrato de un año ya ha finalizado y ha solicitado otro contrato. Por ejemplo, para solventar el problema de computación de datos y su almacenamiento, un equipo del CERN está diseñando una red mundial de ordenadores (GRID). “Motiva –confiesa el estudiante cántabro– que los sofisticados programas que se diseñan aquí terminan teniendo aplicaciones en la sociedad civil”. El CERN aprecia especialmente la aportación española en ingenierías por su excelente formación, según Alberto García, que trabaja en el servicios de transmisión de datos de telefonía móvil. Su labor propicia que funcionen los móviles de los bomberos bajo tierra, durante las paradas técnicas del LHC.
“Una de las cosas que más me apasionan de estar aquí –sonríe el simpático ingeniero canario Raúl Jiménez, de 27 años– es que todo está enfocado a aprender. Los departamentos se esfuerzan para que todo el mundo reciba formación, tanto de idiomas como de cualquier otra materia, y se dan charlas, conferencias, cursos específicos... Eso permite desarrollarte en muchos aspectos muy rápidamente, tanto a nivel profesional como personal, y explotar al máximo las cualidades de cada uno con mucha motivación y energía”.
Los científicos e ingenieros consultados lamentan los recortes presupuestarios que afectan a sus departamentos y que pueden traducirse en una mayor dificultad a la hora de obtener una plaza, dado que mucha más gente solicita puestos de trabajo y, como consecuencia, se piden perfiles muchos más cualificados para entrar en el CERN.°







