Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
Setenta y seis retos, setenta y seis historias son la primera respuesta a la convocatoria hecha por el Magazine en busca de jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas han contado cómo han desarrollado su idea, cómo consiguieron realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles y sentirse ahora muy satisfechos con ellos mismos... Hablan del valor de los amigos, de los familiares, del poder de los sueños y de su enorme empeño.

Nacho Carbonell y Román Sancho, 26 y 25 años.
Animadores
Román recuerda comidas familiares en las que alguien le soltaba una odiosa pregunta: "¿Y tú qué haces? ¿De payasito?". Costaba entonces explicar que no. Que lo suyo y lo de su socio Nacho no era hacer reír sino animar y montar fiestas con éxito, un auténtico reto. Y que eso que parecía fácil no lo era. Que había que tener un proyecto detrás, horas pensando en tipos de fiestas temáticas, un montón de inversiones en vestuario, luces y sonido y mucho arte para formar gente capaz de conseguir sonrisas. Eso era Tentipotenti, su pequeña gran empresa.
Tanto Nacho como Román se apuntaron un día, por casualidad y por separado, a sendos cursos de animación. Román era técnico en imagen y sonido, y Nacho, operario electrónico. Román se puso a trabajar rápidamente. Nacho se cruzó en su camino. Ambos decidieron embarcarse hace tres años en su proyecto: una empresa de animación. Su fuerte: los niños y las fiestas infantiles, donde sucede de todo. "Una vez nos llamaron de un pueblo muy pequeño porque habían reunido dinero entre todos, con mucho esfuerzo, para hacer alguna actividad ‘fuera de lo normal’ para los peques. Cuando los monitores llegaron disfrazados al local para sorprenderlos, los sorprendidos fueron ellos: todo el pueblo les estaba esperando, mayores y niños, ¡y la banda de música!, que les llevó desde la entrada del pueblo hasta el salón donde se iba a realizar la fiesta", cuenta Nacho.
En el tiempo que llevan se han ganado la exclusividad en los mejores hoteles y restaurantes de la provincia de Valencia, y en épocas fuertes aseguran que pueden tener entre 30 y 40 monitores para trabajar un fin de semana. "Aun así, todavía no podemos vivir de esto. Ése es nuestro siguiente reto", afirma Román.

Marc Aguerri, 32 años.
Arquitécto técnico
"Estoy contento de haber hecho de todo. De pizzero, de mensajero. Que no me han regalado nada. Pero también reconozco que hoy me gusta dirigir mi equipo de arquitectos, delineantes e informáticos como un entrenador de fútbol que decide la alineación, la estrategia y los cambios." Marc Arregui comenzó a estudiar tarde. Le entró el gusanillo y recordó esa fascinación que siempre sentía por los edificios. Sobre todo, soñaba con transformar unos dibujos y unos planos en tocho de verdad y, a ser posible, controlar ese proceso. Cuando acabó los estudios de Arquitectura Técnica, le ofrecieron un proyecto: una obra singular, un balneario. "Fue un reto. Cuando acabé, además de cobrar, quien me lo había encargado me dio la llave de un Porsche Carrera. Me dijo que era mío porque valoraba que hubiera cumplido los plazos como debía. No me lo podía creer. Era mi primer trabajo."
Marc creó una empresa, Cram Management –Cram es Marc al revés– que tiene sede en Barcelona y en Marruecos y que hace direcciones de obra. Llevan ya construidas más de 1.500 viviendas y 100 obras de tamaño medio y pequeño; las previsiones de facturación para el próximo año rondan los dos millones de euros. No está mal, si se recuerda que hace sólo tres años Marc pedía su primer préstamo de 30.000 euros. "Y cómo son las cosas, entonces no confiaban en mí y ahora es como si pisara una alfombra roja cuando entro en un banco." Aunque gana dinero, de caprichos pocos. "Reinvierto lo que ganamos en la empresa. Me he comprado un piso, pero con hipoteca, y mi único lujo es el coche que me regalaron. Viajo más, eso sí." Agradecimientos, a sus padres. "Más que consejos, hicieron algo que valoro enormemente: me escucharon."

Ricard González, 33 años.
Ingeniero topógrafo"No sé porqué estudié Ingeniería Técnica Topográfica. Tenía interés por mi territorio, pero reconozco que obró más la casualidad que otra cosa. Al acabar me fue bien y pasé varios años de becario, hasta el verano del 2001, cuando desde el rectorado de la UPC mandaron a nuestro laboratorio de fotogrametría un alemán, un tal Rieman. Lo recibí tal como iba: en chanclas. Pensaba que estaría interesado en nuestros proyectos, pero no: me propuso montar una empresa. Me lo pensé un poco, y al cabo de un par de meses nacía Infraplan, una compañía de consultoría y asistencia técnica para obtención de geodatos. Trabajamos para aquellos que necesitan tener información sobre el territorio antes, durante y después de realizar en él un proyecto.
"Empezamos tres personas, gente que había conocido en la universidad. Al año siguiente éramos siete. Al siguiente, doce. Acabamos el año y éramos 20. Hoy somos 40 personas, y la sede central de Barcelona ha pasado de 60 a 350 metros cuadrados. Además, hemos abierto una pequeña oficina en Madrid. Cuando la cosa creció, hice el MBA de turno para aprender más sobre el mundo de la empresa. Mi papel es el de director, así que básicamente gestiono, con lo cual puedo decir que no hago prácticamente nada de lo que hacía hace cinco años. Eso sí: también digo que he reconvertido las aptitudes, pero he mantenido las actitudes, que valen mucho. El trabajón que ha supuesto Infraplan no ha impedido que en estos años también haya tenido tiempo de dar algún concierto con mi grupo de siempre, los Jacinto Uncle, producir un cortometraje y dejar a punto de edición el ‘Poemario breve de tres poetas breves’, proyecto métrico-festivo a seis manos."







