Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
Setenta y seis retos, setenta y seis historias son la primera respuesta a la convocatoria hecha por el Magazine en busca de jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas han contado cómo han desarrollado su idea, cómo consiguieron realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles y sentirse ahora muy satisfechos con ellos mismos... Hablan del valor de los amigos, de los familiares, del poder de los sueños y de su enorme empeño.

Roberto Palmer, 27 años.
Director de orquestaNo sabe de qué textura ni color era el sentimiento que se lo llevaba cuando de muy pequeño improvisaba ante un viejo piano que tenía su abuela, o cuando oía una sinfonía de Beethoven. "Realmente no sé qué sentía, pero era feliz." A los 10 años, comenzó sus estudios de piano y viola y a tocar en salas. Después vinieron pequeñas orquestas. Ya en su interior, muy pronto, se movieron las ganas de llevar la batuta de esas perfectas constelaciones musicales. "Los profesores me decían que tenía madera, así que empecé a formarme como director. Creo que la orquesta es el instrumento más completo que existe y trabajar con personas es algo que no te da un piano o una viola."
Roberto ha dirigido la Orquesta Filarmónica de Málaga, ha sido invitado a ponerse delante de diversas orquestas de cámara a escala nacional, lleva una colección de discos de música clásica y debutó internacionalmente la temporada pasada dirigiendo cuatro conciertos de la Orquesta Filarmónica de Eslovenia. Sueña con poder dar la vuelta al mundo dirigiendo y, si es posible, tener a sus órdenes a las míticas orquestas filarmónicas de Viena y Berlín. De momento vive de esto, que no es poco, porque el oficio es duro. "Un joven director lo tiene muy difícil para que pongan una orquesta con ochenta profesores a su disposición." Una vez conseguido, viene la segunda parte: "Debes hacer un gran papel si quieres volver a ser invitado, con lo cual es altísima la presión que tienes en cada ensayo, en cada concierto". Además, "la competencia es brutal, el podio de director ha sido siempre muy codiciado, y no faltan las disputas por él". Por suerte, superados los obstáculos, "trabajar", para Roberto, es una delicia: comienza el concierto y "ocurre algo mágico, es como si se parara el tiempo".

Kika Buhrmann, 27 años. Empresaria
Creo que tenía 10 años cuando vine por primera vez a España. Fue de vacaciones y con mis padres. Después, aterricé por aquí unas cuantas veces más con amigos. Siempre tenía la misma sensación, algo que se repetía… y que no era más que una intensa atracción por el país. Me identificaba mucho con el estilo y la forma de ser, de trabajar, de vivir. Así que cuando acabé mis estudios de Marketing Internacional en Amsterdam, no me lo pensé dos veces. Me fui a Barcelona con mi pareja con un proyecto entre las manos. Desde hace un año y medio tengo mi propia empresa. Es de selección de personal y se llama LinQ. Trabajamos con perfiles internacionales. Gente que viene o quiere venir a vivir aquí y encontrar un buen trabajo o gente de aquí que quiera prosperar en un ámbito internacional. Hablo holandés, español, inglés, alemán, francés, portugués y estoy aprendiendo catalán. Cuando vine estaba sola pero hoy somos seis consultores y tenemos nuestra propia oficina. Un lugar precioso y céntrico con una terracita para tomar el sol cuando nos apetece o tener una reunión con un cliente. Me encanta lo que hago. Soy una persona ambiciosa, y tener una empresa es lo mejor que ha pasado en la vida. Te da libertad y responsabilidad a la vez y, a diferencia de cuando trabajas para alguien, hoy todo lo que decido tiene una consecuencia visible. Me gusta emocionarme cuando un día cierro algo que me sale bien o desesperarme cuando pasa lo contrario. Si el resultado f nal es estable, siempre es positivo. He tenido que aprender mucho. Cuando vine no conocía a nadie y llamaba a muchas puertas que nunca se me abrían. Me mandaba mails a mí misma para comprobar que mi correo funcionaba porque nadie me escribía. Tuve que aprender a no ser directa y a tomar unos cuantos cafés con mis clientes antes de vender nuestro concepto. Pero hoy me siento orgullosa y sí, me considero extraordinaria y con fuerza para animar a la gente a montar algo en lo que realmente crean.

“Desde muy pequeña me sentí atraída por el continente africano. Tenía 12 años cuando escribí un cuento en la escuela en el que explicaba que yo viviría en Senegal. Al día siguiente de cumplir 18 años me fui a allí. A Senegal. Viajé a Oukout, una pequeña comunidad rural de la región de Casamance, en el sur del país, y me puse a trabajar como educadora. A ella, a Eugénie, la conocí poco después de llegar. Tenía dos años. Hubiese llamado la atención de cualquiera porque lloraba mucho y estaba muy triste. Apenas se movía. Se quedaba sola, no se relacionaba. No sabía hablar, tenía malformaciones en manos y pies, y estaba claro que algo le pasaba. Y empecé a quererla mucho. Mantuve contacto con su familia. Después de aquella primera vez en Senegal, repetí varias veces. Iba al mismo pueblo, Oukout, que se ha transformado y ha evolucionado desde aquella primera vez, y siempre la encontraba enferma y triste, aunque era difícil saber qué le pasaba exactamente. Por eso el año pasado decidí llevarla a Dakar para que pudiera ser atendida en el hospital. Poca cosa se pudo hacer, así que la única opción que quedaba era iniciar los trámites para conseguir un visado y que pudiera traerla para recibir aquí los tratamientos médicos que necesitaba. Después de varios meses de difi cultades burocráticas, lo conseguí, y ahora hace casi un año que está aquí. Me he convertido en su segunda mamá. Y ella, en una niña que habla, corre, juega, baila, aprende... ¡y ríe! Eugénie tiene ahora ocho años. La situación es complicada porque además de su retraso madurativo motivado por sus problemas de oído y de baja visión se le ha diagnosticado también una cardiopatía grave. No todos sus déficits y enfermedades tienen soluciones definitivas. Lo que sé con absoluta certeza es que actualmente es la persona más feliz que he conocido nunca y también la más capaz de contagiar su felicidad. Con ella me río más que nunca lo he hecho en mi vida y he aprendido a disfrutar de cada cosa que hago. Cuando finalice sus tratamientos, volveremos a Senegal. Me planteo mi vida a caballo entre Senegal y Girona. Me gusta más su manera de vivir. Y, por supuesto, es la casa de Eugénie.”







