Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
Setenta y seis retos, setenta y seis historias son la primera respuesta a la convocatoria hecha por el Magazine en busca de jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas han contado cómo han desarrollado su idea, cómo consiguieron realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles y sentirse ahora muy satisfechos con ellos mismos... Hablan del valor de los amigos, de los familiares, del poder de los sueños y de su enorme empeño.

Ana Franquesa, 30 años. Fotógrafa y empresaria de nuevas postales
¿Por qué los visitantes están obligados a comprar postales con la típica fuente o monumento, la típica plaza o avenida y la típica puesta de sol o vista de noche? Ésta es la pregunta que un día le pasó por la cabeza a Ana hace cinco años. Y ahí empieza su negocio. Formada en una escuela de arte, se dedicó siempre a la fotografía. Marchó a Londres a vivir una temporada y cuando volvió a Barcelona se le llenaba la casa de amigos que había conocido allí. “Y nos llegaban con aquellas postales... y preguntaban dónde podían conseguir cosas mejores porque lo que veían por la calle era mucho mejor que aquello.” Y se puso manos a la obra. Junto a su hermana Silvia, periodista, fundaron la empresa llamada Wawas, que comercializa postales y productos con una imagen de Barcelona cotidiana y por ello atípica. Mientras construían este gran catálogo de fotos alternativas de la ciudad –en la actualidad hay 64– se asesoraban sobre el mundo empresarial. “Hicimos un plan de viabilidad, diseñamos una distribución que no tuviera que pasar por quioscos sino por tiendas de moda y buscamos financiación, porque partíamos de cero. Familia y amigos nos apoyaban mucho, pero dinero no nos dejó nadie”, explica Ana. Como en todas las buenas obras, los inicios costaron, pero ahora todo es alegría. “Estoy contenta y orgullosa de haber dejado de trabajar para alguien y hacerlo para mí. Y no tener que pensar si en un trabajo duraré o me echarán. Ahora todo depende de nosotras.” Las cosas van bien: han abierto hace dos meses en el barrio del Born en Barcelona su propia tienda, donde, además de postales, hay otros productos –tazas, chocolatinas– estampados o envueltos con esas otras imágenes de la ciudad. “Puede decirse que mi hermana y yo ya vivimos sólo de esto”. Con el aplauso general no se pierde la autenticidad. Ana explica que las fotos que hacen nunca son digitales ni se retocan. Esa es la ley. Ya les han salido competidores que imitan su estilo. “Nos consolamos pensando que si nos copian es porque lo hacemos bien.”

Kenneth Perdigón, en la playa de Port es Canonge, en Mallorca.
Kenneth Perdigón, 32 años. Diseñador de zapatos, ex navegante
“Dejé el hogar rozando la mayoría de edad... y adquirí facturas. Busqué empleo. Trabajé en una óptica. Dedicaba mi tiempo a hacer algo que no me daba más que dinero, y justo, para pagar facturas y poco más. Me horrorizaba, pero era peor pensar que tenía que trabajar por obligación el resto de mi vida. Así que, después de un año dándole vueltas, concluí que sólo haciendo algo que disfrutara podía conseguir mis dos objetivos: pagar facturas... y vivir de verdad. De pequeño, lo que más me gustaba era navegar a vela. Un día nos lanzamos al vacío la vida, las facturas y yo, y pasaron años de aprendizaje, de estudio, de fregar, limpiar y pintar muchos barcos. Pero cuando uno se deja la piel, las cosas salen, y pronto me encontré navegando por los océanos del mundo. Tanto como deseaba. Me emociono cuando recuerdo las sensaciones del mar abierto. Los mejores años fueron aquellos en que era el capitán de uno de los barcos de Greenpeace. Que aquella pasión y esa fuerza sirvieran para algo tan importante y urgente fue una sensación nueva y adictiva. Con el tiempo tuve una posición como navegante muy buena y mi propio velero. Entonces pasé otra época de tormento. Me di cuenta que en ese sueño de no pisar nunca tierra fi rme para no volver al consumismo también había lagunas. Y que lo extraordinario es darse cuenta de que en el pueblo o en la ciudad, en la rutina y en el compromiso, también puede haber un sueño. La maravilla final es combinar las cosas. Hace un año y medio, una diseñadora me dijo, después de ver unas acuarelas mías, que tenía que dedicarme a diseñar zapatos, y lo dejé todo. Vendí –corazón roto– el velero para poder pagar cursos y vivir hasta que tuviera trabajo. Dibujé noche y día colecciones ficticias. Lo que he navegado y caminado me ha enseñado que la libertad sobre nuestra vida es mucha más de la que en principio sentimos. Hemos de estar dispuestos a romper y a soñar. He comenzado mi cuarta temporada en Mallorca como parte del equipo de diseño de Camper. Soñemos.”

A Silvia Murcia le queda un año para acabar su doctorado en Ecología de Ríos y Bosques, que estudia en Estados Unidos.
Silvia Murcia, 31 años. Bióloga. Estudia un parásito de las truchas de río en Montana
“Me fui a Estados Unidos cuando todavía no había cumplido los 18. Y ahí me quedé. Estudié Biología en Boston y me especialicé en biología marina. Pude elegir hacia dónde dirigirme porque en las universidades americanas te asesoran y te guían. A menudo pienso que, de no ser así, hubiera acabado estudiando Económicas o Derecho aquí y no hubiera descubierto lo que es mi motivación vital. He alimentado a los tiburones del acuario de Boston. He trabajado en Jamaica, donde también realicé estudios marinos y donde, a falta de agua corriente, nos aseábamos con el agua del mar. Para subsistir he recibido becas, pero también he trabajado de “au pair”, de camarera y hecho sustituciones como profesora. Hoy vivo en Bozeman, Montana, a dos horas del parque Yellowstone. Me queda un año para acabar un doctorado en Ecología de Ríos y Bosques. Estudio las truchas de río. En concreto, un parásito que afecta a su cartílago y su cerebro y que puede acabar con lo que es un recurso natural esencial para esa región, su ecosistema y sus gentes. Me gusta lo que hago y, sobre todo, el trabajo de campo y la investigación sobre el terreno. Amo la naturaleza. Confío en ella y soy optimista. Creo que la sostenibilidad es posible. Llevo 14 años en Estados Unidos. Conozco bien el lado bueno y el malo del país. Hay más oportunidades que aquí. En el campus es una gozada estudiar y trabajar, y esto me vicia. Sin embargo, a veces, en lo personal, la gente me ha decepcionado. No me gusta generalizar, pero tengo la impresión de que a los americanos les cuesta profundizar, entenderse a ellos mismos y entenderte a ti. Por eso quizás no me planteo encontrar a alguien allí para formar una familia. Siempre encuentro cosas en mi vida que me gustaría cambiar, pero en general estoy satisfecha de lo que he hecho hasta ahora. Cuando voy a España de vacaciones y quedo con los amigos que me quedan por aquí, me doy cuenta de que, en general, hay un clima de conformismo y pocas aspiraciones. No creo que sea culpa de los jóvenes, sino que, realmente, el hecho de que haya pocas oportunidades hace que el esfuerzo no valga la pena. Y esto es bastante triste. ¿Volver? A menudo tengo dudas sobre si debería estar cerca de mi familia y de una cultura que me gusta. Además, mi madre me añora mucho, y sé que se sentiría mejor. Pero me preocupa que todo lo que he hecho y estudiado tenga poca proyección en España. ¿Volver? Quizá sí, pero no sé cuándo.”







