Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
El Magazine busca jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas tienen la posibilidad de contar en la web cómo han conseguido realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles, cómo su generosidad sirve de ayuda a otros. Se trata de subrayar el valor de unas iniciativas que les han llevado a desarrollar proyectos singulares o a dedicar una parte de su tiempo a acciones solidarias.

Ricard González, 33 años.
Ingeniero topógrafo"No sé porqué estudié Ingeniería Técnica Topográfica. Tenía interés por mi territorio, pero reconozco que obró más la casualidad que otra cosa. Al acabar me fue bien y pasé varios años de becario, hasta el verano del 2001, cuando desde el rectorado de la UPC mandaron a nuestro laboratorio de fotogrametría un alemán, un tal Rieman. Lo recibí tal como iba: en chanclas. Pensaba que estaría interesado en nuestros proyectos, pero no: me propuso montar una empresa. Me lo pensé un poco, y al cabo de un par de meses nacía Infraplan, una compañía de consultoría y asistencia técnica para obtención de geodatos. Trabajamos para aquellos que necesitan tener información sobre el territorio antes, durante y después de realizar en él un proyecto.
"Empezamos tres personas, gente que había conocido en la universidad. Al año siguiente éramos siete. Al siguiente, doce. Acabamos el año y éramos 20. Hoy somos 40 personas, y la sede central de Barcelona ha pasado de 60 a 350 metros cuadrados. Además, hemos abierto una pequeña oficina en Madrid. Cuando la cosa creció, hice el MBA de turno para aprender más sobre el mundo de la empresa. Mi papel es el de director, así que básicamente gestiono, con lo cual puedo decir que no hago prácticamente nada de lo que hacía hace cinco años. Eso sí: también digo que he reconvertido las aptitudes, pero he mantenido las actitudes, que valen mucho. El trabajón que ha supuesto Infraplan no ha impedido que en estos años también haya tenido tiempo de dar algún concierto con mi grupo de siempre, los Jacinto Uncle, producir un cortometraje y dejar a punto de edición el ‘Poemario breve de tres poetas breves’, proyecto métrico-festivo a seis manos."

Roberto Palmer, 27 años.
Director de orquestaNo sabe de qué textura ni color era el sentimiento que se lo llevaba cuando de muy pequeño improvisaba ante un viejo piano que tenía su abuela, o cuando oía una sinfonía de Beethoven. "Realmente no sé qué sentía, pero era feliz." A los 10 años, comenzó sus estudios de piano y viola y a tocar en salas. Después vinieron pequeñas orquestas. Ya en su interior, muy pronto, se movieron las ganas de llevar la batuta de esas perfectas constelaciones musicales. "Los profesores me decían que tenía madera, así que empecé a formarme como director. Creo que la orquesta es el instrumento más completo que existe y trabajar con personas es algo que no te da un piano o una viola."
Roberto ha dirigido la Orquesta Filarmónica de Málaga, ha sido invitado a ponerse delante de diversas orquestas de cámara a escala nacional, lleva una colección de discos de música clásica y debutó internacionalmente la temporada pasada dirigiendo cuatro conciertos de la Orquesta Filarmónica de Eslovenia. Sueña con poder dar la vuelta al mundo dirigiendo y, si es posible, tener a sus órdenes a las míticas orquestas filarmónicas de Viena y Berlín. De momento vive de esto, que no es poco, porque el oficio es duro. "Un joven director lo tiene muy difícil para que pongan una orquesta con ochenta profesores a su disposición." Una vez conseguido, viene la segunda parte: "Debes hacer un gran papel si quieres volver a ser invitado, con lo cual es altísima la presión que tienes en cada ensayo, en cada concierto". Además, "la competencia es brutal, el podio de director ha sido siempre muy codiciado, y no faltan las disputas por él". Por suerte, superados los obstáculos, "trabajar", para Roberto, es una delicia: comienza el concierto y "ocurre algo mágico, es como si se parara el tiempo".

Kika Buhrmann, 27 años. Empresaria
Creo que tenía 10 años cuando vine por primera vez a España. Fue de vacaciones y con mis padres. Después, aterricé por aquí unas cuantas veces más con amigos. Siempre tenía la misma sensación, algo que se repetía… y que no era más que una intensa atracción por el país. Me identificaba mucho con el estilo y la forma de ser, de trabajar, de vivir. Así que cuando acabé mis estudios de Marketing Internacional en Amsterdam, no me lo pensé dos veces. Me fui a Barcelona con mi pareja con un proyecto entre las manos. Desde hace un año y medio tengo mi propia empresa. Es de selección de personal y se llama LinQ. Trabajamos con perfiles internacionales. Gente que viene o quiere venir a vivir aquí y encontrar un buen trabajo o gente de aquí que quiera prosperar en un ámbito internacional. Hablo holandés, español, inglés, alemán, francés, portugués y estoy aprendiendo catalán. Cuando vine estaba sola pero hoy somos seis consultores y tenemos nuestra propia oficina. Un lugar precioso y céntrico con una terracita para tomar el sol cuando nos apetece o tener una reunión con un cliente. Me encanta lo que hago. Soy una persona ambiciosa, y tener una empresa es lo mejor que ha pasado en la vida. Te da libertad y responsabilidad a la vez y, a diferencia de cuando trabajas para alguien, hoy todo lo que decido tiene una consecuencia visible. Me gusta emocionarme cuando un día cierro algo que me sale bien o desesperarme cuando pasa lo contrario. Si el resultado f nal es estable, siempre es positivo. He tenido que aprender mucho. Cuando vine no conocía a nadie y llamaba a muchas puertas que nunca se me abrían. Me mandaba mails a mí misma para comprobar que mi correo funcionaba porque nadie me escribía. Tuve que aprender a no ser directa y a tomar unos cuantos cafés con mis clientes antes de vender nuestro concepto. Pero hoy me siento orgullosa y sí, me considero extraordinaria y con fuerza para animar a la gente a montar algo en lo que realmente crean.







