Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
El Magazine busca jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas tienen la posibilidad de contar en la web cómo han conseguido realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles, cómo su generosidad sirve de ayuda a otros. Se trata de subrayar el valor de unas iniciativas que les han llevado a desarrollar proyectos singulares o a dedicar una parte de su tiempo a acciones solidarias.
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Kenneth Perdigón, en la playa de Port es Canonge, en Mallorca.
Kenneth Perdigón, 32 años. Diseñador de zapatos, ex navegante
“Dejé el hogar rozando la mayoría de edad... y adquirí facturas. Busqué empleo. Trabajé en una óptica. Dedicaba mi tiempo a hacer algo que no me daba más que dinero, y justo, para pagar facturas y poco más. Me horrorizaba, pero era peor pensar que tenía que trabajar por obligación el resto de mi vida. Así que, después de un año dándole vueltas, concluí que sólo haciendo algo que disfrutara podía conseguir mis dos objetivos: pagar facturas... y vivir de verdad. De pequeño, lo que más me gustaba era navegar a vela. Un día nos lanzamos al vacío la vida, las facturas y yo, y pasaron años de aprendizaje, de estudio, de fregar, limpiar y pintar muchos barcos. Pero cuando uno se deja la piel, las cosas salen, y pronto me encontré navegando por los océanos del mundo. Tanto como deseaba. Me emociono cuando recuerdo las sensaciones del mar abierto. Los mejores años fueron aquellos en que era el capitán de uno de los barcos de Greenpeace. Que aquella pasión y esa fuerza sirvieran para algo tan importante y urgente fue una sensación nueva y adictiva. Con el tiempo tuve una posición como navegante muy buena y mi propio velero. Entonces pasé otra época de tormento. Me di cuenta que en ese sueño de no pisar nunca tierra fi rme para no volver al consumismo también había lagunas. Y que lo extraordinario es darse cuenta de que en el pueblo o en la ciudad, en la rutina y en el compromiso, también puede haber un sueño. La maravilla final es combinar las cosas. Hace un año y medio, una diseñadora me dijo, después de ver unas acuarelas mías, que tenía que dedicarme a diseñar zapatos, y lo dejé todo. Vendí –corazón roto– el velero para poder pagar cursos y vivir hasta que tuviera trabajo. Dibujé noche y día colecciones ficticias. Lo que he navegado y caminado me ha enseñado que la libertad sobre nuestra vida es mucha más de la que en principio sentimos. Hemos de estar dispuestos a romper y a soñar. He comenzado mi cuarta temporada en Mallorca como parte del equipo de diseño de Camper. Soñemos.”

A Silvia Murcia le queda un año para acabar su doctorado en Ecología de Ríos y Bosques, que estudia en Estados Unidos.
Silvia Murcia, 31 años. Bióloga. Estudia un parásito de las truchas de río en Montana
“Me fui a Estados Unidos cuando todavía no había cumplido los 18. Y ahí me quedé. Estudié Biología en Boston y me especialicé en biología marina. Pude elegir hacia dónde dirigirme porque en las universidades americanas te asesoran y te guían. A menudo pienso que, de no ser así, hubiera acabado estudiando Económicas o Derecho aquí y no hubiera descubierto lo que es mi motivación vital. He alimentado a los tiburones del acuario de Boston. He trabajado en Jamaica, donde también realicé estudios marinos y donde, a falta de agua corriente, nos aseábamos con el agua del mar. Para subsistir he recibido becas, pero también he trabajado de “au pair”, de camarera y hecho sustituciones como profesora. Hoy vivo en Bozeman, Montana, a dos horas del parque Yellowstone. Me queda un año para acabar un doctorado en Ecología de Ríos y Bosques. Estudio las truchas de río. En concreto, un parásito que afecta a su cartílago y su cerebro y que puede acabar con lo que es un recurso natural esencial para esa región, su ecosistema y sus gentes. Me gusta lo que hago y, sobre todo, el trabajo de campo y la investigación sobre el terreno. Amo la naturaleza. Confío en ella y soy optimista. Creo que la sostenibilidad es posible. Llevo 14 años en Estados Unidos. Conozco bien el lado bueno y el malo del país. Hay más oportunidades que aquí. En el campus es una gozada estudiar y trabajar, y esto me vicia. Sin embargo, a veces, en lo personal, la gente me ha decepcionado. No me gusta generalizar, pero tengo la impresión de que a los americanos les cuesta profundizar, entenderse a ellos mismos y entenderte a ti. Por eso quizás no me planteo encontrar a alguien allí para formar una familia. Siempre encuentro cosas en mi vida que me gustaría cambiar, pero en general estoy satisfecha de lo que he hecho hasta ahora. Cuando voy a España de vacaciones y quedo con los amigos que me quedan por aquí, me doy cuenta de que, en general, hay un clima de conformismo y pocas aspiraciones. No creo que sea culpa de los jóvenes, sino que, realmente, el hecho de que haya pocas oportunidades hace que el esfuerzo no valga la pena. Y esto es bastante triste. ¿Volver? A menudo tengo dudas sobre si debería estar cerca de mi familia y de una cultura que me gusta. Además, mi madre me añora mucho, y sé que se sentiría mejor. Pero me preocupa que todo lo que he hecho y estudiado tenga poca proyección en España. ¿Volver? Quizá sí, pero no sé cuándo.”

Tenía 18 años y acababa de terminar los estudios de bachillerato. Faltaban sólo cuatro días para presentarse a la selectividad cuando un accidente en una piscina hizo que le cambiara la vida. Tuvo un golpe, una lesión medular, y se quedó inmediatamente tetrapléjico. Pasó los nueve meses posteriores al accidente ingresado. Su familia, de la que recibió la máxima ayuda, sus amigos, que nunca se separaron de él y un grupo de personas que conoció y que vivían una situación similar a la suya le empujaron y lo animaron. “Creía que aquello era el fi nal, y gracias a ellos conseguí salir de una de las etapas más difíciles de mi vida.” Cuando llegó a casa, en Aranjuez, se encontró con un nuevo mundo. Ni él ni su familia estaban preparados para asumir el cambio. “Había escaleras en casa, nada estaba adaptado, no podía ir al baño, no tenía coche, y además cuando salía a la calle me encontraba con un ambiente raro, gente que me conocía me miraba extrañada y me trataba con cautela, como sin saber qué decirme.” Lo peor fue darse cuenta de que, a partir de entonces, era una persona dependiente y los que le rodeaban tenían que ser sus inseparables. “Y eso es algo que te hace pasarlo fatal, te limita y te puede”. Pasaron meses difíciles hasta que, al final, la vida volvió a encarrilarse. Se presentó a esa selectividad que todavía tenía pendiente y estudió la carrera de Farmacia. Tuvo que ingeniárselas para atender las clases sin poder escribir o utilizar el ordenador. “Pero, poco a poco, fui encajándolo todo, buscando soluciones, llevándolo bien.” Hoy, además de estudiar Comunicación Audiovisual y preparar oposiciones para farmacéutico titular, está buscando su primer trabajo. “Pero es difícil, sobre todo si tienes una gran discapacidad y un nivel alto de estudios, ya que todo lo que sale son trabajos de poca cualificación; las grandes empresas están muy poco sensibilizadas con los grandes minusválidos.” Ángel no se pierde una fi esta. Tiene muchos amigos, sale de noche y mantiene el ánimo alto. “No me puedo hundir. Me he dado cuenta de que la vida no es sólo de uno, no es sólo mía. Es mía y de mis amigos, de mi padre, de mi madre, de mi hermana... doy la cara por todos ellos.” Ha descubierto un nuevo hobby, el de cuentacuentos. “Me encanta actuar delante de un público, la adrenalina me sube por las nubes. Antes montaba a caballo y jugaba a baloncesto. Ahora me divierto con esto.” Está orgulloso de cómo es y de lo que ha hecho. “La vida me lo ha puesto muy difícil, tanto a mí como a los que me rodean, y no sólo he logrado salir adelante sino que además lo he hecho, creo, de manera bastante brillante. Así que si antes era un poco chulillo... ahora aún lo soy más.”







