Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
El Magazine busca jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas tienen la posibilidad de contar en la web cómo han conseguido realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles, cómo su generosidad sirve de ayuda a otros. Se trata de subrayar el valor de unas iniciativas que les han llevado a desarrollar proyectos singulares o a dedicar una parte de su tiempo a acciones solidarias.

“Nací en Valladolid, viví diez años en Madrid y he pasado los últimos siete en Estocolmo. Mi historia se resume con el adagio popular de ‘nadie es profeta en su tierra’. En Suecia me ha resultado más fácil encontrar oportunidades para innovar. Me he pasado gran parte de mi vida trabajando y estudiando para dar credibilidad a mis ideas de la adolescencia. Hice Ingeniería de Telecomunicaciones en Madrid y me quedé investigando de becario-precario en la facultad, hasta que, a finales del 99, me fui a Estocolmo. En tres años me doctoré en seguridad en redes de ordenadores con un trabajo sobre los riesgos para la privacidad de internet. Desde entonces, intento concienciar de la pérdida de libertades civiles en una sociedad tecnovigilada. Al año de publicar mi tesis, conseguí una plaza de catedrático adjunto en el Royal Institute of Technology de Estocolmo. Tenía 31 años y el trabajo que a mi familia le hubiera encantado que conservara para toda la vida. El miedo a acabar atrapado en la rutina docente me llevó a que un día, junto con mi pareja, decidiéramos crear una empresa de consultoría que trabaja en los mal llamados países en desarrollo. Con IT+46 intentamos que lo que sabemos en tecnología sume con las ganas de hacer el mundo un poco más justo. Montamos infraestructuras con las comunidades locales y desarrollamos productos que luego se licencian de forma libre. De momento lo hemos hecho en Uganda, Nigeria, Kenia, Tanzania y Bolivia. El año pasado, nos dieron el premio Desafío Estocolmo 2006 al mejor proyecto de educación por la aplicación del programa OpenOffi ce.org al swahili. Creo en que la felicidad individual pasa por la colectiva, y esto es lo que nos guía. El capitalismo está lejos de ofrecer un modelo sostenible de desarrollo para todos. Hacer algo por los demás es gratificante, y ver de cerca las injusticias nos hace apreciar más lo que tenemos. Cuando me llaman ‘radical’, me gusta pensar en aquella frase de José Martí: ‘Radical no es más que eso: el que va a las raíces’.”

El teatro como afición, como asignatura para aprender, como forma de vivir, como arte y, sobre todo, como terapia y tabla de salvación. Así lo vive Valentín Garrido, 24 años, de Azuqueca de Henares, Guadalajara. De entrada, para él mismo. “No era buen estudiante, así que en el instituto me apunté a teatro para utilizar el tiempo en algo productivo.” Pero, sobre todo, para los demás. Valentín lleva cinco años organizando talleres de arte dramático para adolescentes en riesgo de exclusión social. “Y es increíble cómo llega a funcionar como forma de integración. Muchos chicos que hace unos meses se pasaban todos sus ratos libres en la calle, o tomaban drogas, o se ausentaban reiteradamente de la escuela..., ahora encuentran un motivo para seguir adelante y aprender.” El teatro crea responsabilidades, los convierte en protagonistas y ayuda a trabajar en grupo. “Si le sumas que luego vienen los aplausos, es difícil que a esto no se enganchen.” Por su trabajo, Valentín ha recibido varios premios de ámbito local. Por esto, y por acercar después los problemas de los adolescentes con los que ha convivido a muchas otras personas a través de charlas y conferencias. “Incluso se han hecho recitales poético-solidarios o jornadas de puertas abiertas de los mismos talleres de teatro para que otras personas, desde grupos de padres a grupos de ancianos, se den cuenta de estas realidades y vean también que otras opciones son posibles.” “Muchos se sorprenden cuando ven que esa chica que estaba dando tumbos en las plazas hace cuatro días... ahora es actriz, es más feliz y tiene otras motivaciones”, comenta. Valentín tiene también su propia compañía amateur, El Palomo Cojo, cuyo objetivo básico es colaborar con diversas entidades sociales. Con todo este quehacer, “mucha gente me considera extraordinario, aunque yo no creo que sea así”, dice él. Y si pudiera, la foto sería con todos aquellos “conflictivos” a los que, muy a menudo, les hace de psicólogo: “No se pueden ni imaginar lo que aprendo de ellos”.

Ivana Molina, 31 años. Empresaria de pastelería
No es que haga falta ser mujer para trabajar con Ivana. Todo es cuestión de casualidad... o de selección natural, y el hecho es que en Fantoba, la empresa de pastelería y catering que en Zaragoza regenta, sólo existen ellas: 14 mujeres. E Ivana, tan contenta. “Por supuesto que por aquí han pasado hombres, pero han acabado dejándolo. Creo que todavía hay machismo y que cuando un hombre ve que una mujer coge un saco de harina de 50 kilos como lo haría él y que no lo necesitan, se frustra y se va”, explica. Y aunque ella insiste, “no soy feminista”, se le intuye predilección por ellas. “Muestran más compañerismo, más cariño en el trabajo, mejor gusto y más interés por crear. Son más imaginativas y más perseverantes.” Ivana, de pequeña, quería ser “cumplidora de sueños”. Quizás por eso, porque no había universidad que la formara para ello, no demostró pasión por los estudios. En cuanto acabó el bachillerato, se fue a trabajar con su padre, artista y escultor, hasta que hace diez años, su padre adquirió Fantoba. Ella no había tenido otra relación con este mundo “más que la atracción que de niña sentía por los escaparates llenos de dulces”, pero “el negocio me ha abierto muchas puertas. Me ha permitido crecer a todos los niveles, intelectual, humano. En definitiva: me ha ayudado a ser mejor y más feliz”. Una de las razones de esta nueva perspectiva vital es poder hacer algo que le gusta desde pequeña: ser jefa. “Siempre he sido muy mandona”, asegura. Y otra cosa que le satisface es crear: “Nuevas fórmulas, nuevos sabores, poemas comestibles. Me gustaría aproximar los sabores del mundo al paladar y mientras, también, ser capaz de hacer un dulce individualizado a la medida de cada persona”. Recita su decálogo personal sin falsas modestias: ”Sé organizar y planificar. Soy atrevida. Me apasionan los nuevos retos. Sé reconocer mis errores. Valoro y agradezco la opinión de los que están a mi alrededor. Soy directa, voy de frente”. Pero ¡ay!, “a veces peco por fantasiosa y por vivir en un cuento. Y lloro en público”.







