Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
El Magazine busca jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas tienen la posibilidad de contar en la web cómo han conseguido realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles, cómo su generosidad sirve de ayuda a otros. Se trata de subrayar el valor de unas iniciativas que les han llevado a desarrollar proyectos singulares o a dedicar una parte de su tiempo a acciones solidarias.
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Elisabeth Oses, 28 años, arteterapeuta
Es coordinadora de Art Solidari, una ONG de Barcelona que trabaja en el barrio con mayor índice de inmigrantes de la ciudad. Cuenta que a las niñas árabes y pakistaníes les gusta tanto cantar y bailar en los talleres que se olvidan de la prohibición paterna de hacerlo mezcladas con los niños. Y así, cuando llega el día de la actuación de fin de curso y sus padres las ven tan felices, tan naturales, también se olvidan. Y el mundo gira. Elisabeth es peruana de origen español, y sus tías, de Logroño, insisten en que busque un trabajo más seguro cerca de ellas. Pero, de momento, está bien en Barcelona. Estudió Psicología y Arte y ha trabajado mucho con chicas con anorexia. La arteterapia hace posible que no sean las pacientes el objeto que tratar, sino su obra. “Son chicas con un discurso muy claro, hablan de sí mismas como si se conocieran a la perfección. Un día, una de ellas me comentó que le gustaba escribir, y comenzamos a trabajar con ese material. Traía folios y folios en los que explicaba su enfermedad, sus problemas y a sí misma. No era más que la repetición de su discurso expresado en forma literaria, pero eso nos ayudó a visualizar todo el espacio que ocupaba en su cabeza. Con el tiempo empezó a pensar en otras cosas, en qué le gustaría hacer.”
La arteterapia es una alternativa a la terapia verbal, utiliza la pintura, la música, el juego y todo lo que potencie la creatividad para generar una nueva manera de comunicarse. Se enseña en multitud de másters de España, pero está todavía sin regular. “Trabajamos mucho con las sensaciones que nos da el paciente. Esperamos que sean ellos los que encuentren sus propias metáforas”, explica.
Testimonio recogido por Celtia Traviesas
Foto de Tatiana Donoso

Laia Cruells, 31 años. Maestra de educación especial y cantautora
Escribir canciones es su manera de expresarse, de sentirse mejor. Pero fueron los niños con discapacidad intelectual quienes le cambiaron la vida el día que entró a hacer unas prácticas de monitora en un centro de educación especial. “Es muy importante lo que aprendes con los discapacitados intelectuales porque ellos no tienen prejuicios y nosotros vivimos en una sociedad muy atada a unos valores que son buenos en unos casos pero que, en otros, son muy malos. A mí ellos me han sanado un montón”, explica. Durante los ocho años que hizo de monitora y responsable de viajes, Laia les cantaba, les tocaba la guitarra y jugaba con ellos. Ha visto morir a alguno de sus alumnos con parálisis cerebral, y entonces, “cuando sabes que se te puede morir un alumno, los quieres a todos con locura”, cuenta. “Con los niños discapacitados avanzas muy lentamente; a veces no hay avance y a lo mejor a lo que te puedes dedicar es a que disfruten”, sostiene. En algunos centros “muy formales” no aceptaron su estilo, “pero yo sé que eso funciona, siempre he ido a los niños con la guitarra y no he querido renunciar a mi manera de trabajar”, dice. Laia es una persona de vitalidad envidiable: ha sido trapecista de circo, profesora de danza del vientre y bailarina en un grupo de música, y siempre lo ha compaginado con los dos grandes pilares en su vida: la guitarra y los niños. Siente “la necesidad de ayudar, de estar ahí” y ahora es interina en un colegio público donde más de 80% del alumnado es inmigrante. “He descubierto que con mis canciones leen, les puedo hacer dictados y mil ejercicios. Así no se enteran de que están trabajando y es increíble lo que avanzan."
Testimonio recogido por Celtia Traviesa
Foto de Tatiana Donoso

Marc, un músico vocacional. Damaris, diseñadora. Tenían sólo cinco años cuando sus padres los “presentaron”. Dieciocho cuando empezaron a salir. Veintipocos cuando vivieron juntos. Y sólo treinta cuando todo les cambió. Hace dos años, recibieron una mala noticia: Marc tenía cáncer. “Todo lo que era ultragrave para nuestra mentalidad consumista pasó a ser anecdótico”, explican ahora. Operación, quimio, recuperación. “Escogimos entonces un proyecto personal a modo de terapia”: una empresa de diseño de muebles y objetos ecológicos. “Era algo que tenía sentido para los dos. Partimos de la total convicción de que todo lo que hacemos tiene una repercusión en la naturaleza. Queríamos crear cosas bonitas de diseño que hicieran a la gente feliz, y nuestro reto era hacerlo sin dañar el mundo.” Así nació Marc & Damaris Design (www.damarisymarc.com). De un cambio de vida.
Las maderas son de tala controlada y sobrantes de producciones industriales. Las pinturas, hidrosolubles. Y colaboran en un proyecto en que, por cada producto vendido, plantan un árbol en Níger. No quieren ser ecodiseñadores porque aspiran a comportarse como ecopersonas, desde que se levantan hasta que se acuestan. Aunque con su actitud hacen campaña, cuando es necesario callan. “Es muy importante no caer en el prototipo de ecologista acusador, sino vivir la sostenibilidad desde el positivismo.” Tampoco aspiran a ser grandes empresarios. Tienen clarísimo que si no hubiera sido por el cáncer, nada de esto hubiera ocurrido. Quizá, ni siquiera disfrutarían de esta actitud vital que les hace vivir el día de hoy como el que más cuenta.
Testimonio recogido por Mónica Artigas
Fotografía de Tatiana Donoso






