Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
Setenta y seis retos, setenta y seis historias son la primera respuesta a la convocatoria hecha por el Magazine en busca de jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas han contado cómo han desarrollado su idea, cómo consiguieron realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles y sentirse ahora muy satisfechos con ellos mismos... Hablan del valor de los amigos, de los familiares, del poder de los sueños y de su enorme empeño.

Leire Alvárez, 31 años. Psicóloga.
A Leire no le costó decidir qué quería ser. Cuando tenía 16 años, trabajaba como voluntaria con personas que tenían parálisis cerebral. También se vinculaba al universo de ancianos porque sí, por ayudar. Tan natural como todo lo que sale de dentro. A diferencia de muchos estudiantes que acaban la carrera con una sensación agridulce y cierto miedo en el cuerpo, Leire, cuando acabó Psicología, se quedó con un intenso y agradable sabor de boca. "Era una formación general, interesante. Sentí que había acertado en la elección."
Después vino un máster en Educación Especial. Al poco tiempo, ya entró a trabajar como educadora en una asociación del País Vasco que se ocupa de la formación y el empleo de personas en riesgo de exclusión social. "Muchas personas son y somos vulnerables. Desde jóvenes con historias de fracaso escolar, a los que han tenido problemas de toxicomanías, parados de larga duración, mujeres que han sido maltratadas… y cada vez es también mayor la población inmigrante en situación irregular." El verano de hace dos años, obtuvo una beca como cooperante en una ONG venezolana a favor de personas con retraso mental y profundo. De vuelta a Bilbao, creó junto a otras cooperantes otra asociación para seguir en contacto con ellos y conseguirles financiación. En estos momentos, Leire se encuentra a punto de irse a Brasilia becada por el Gobierno vasco para trabajar durante un año en un organismo internacional de las Naciones Unidas para la Mujer, Unifem. Las expectativas están claras: "Todo lo que he hecho hasta ahora me ha aportado mucho, he aprendido un montón de cosas trabajando y, sobre todo, lo que más valoro es la gente que he conocido". Aunque haya gente que diga que lo que hace es muy duro: "Sobre todo, mi madre, ja, ja".

Empresaria de la moda
Silvia, cuando crea, dice que se centrifugan pensamientos. Elementos de contraste y contradictorios que luego, magia, ven nacer una prenda elegante y esencial. Tras el proceso, la simplicidad: su madre, su primer referente. "Si ella entiende bien lo que he hecho, entonces adelante." La admira. A ella y a las de su generación. "Me gustan las mujeres que tienen 50 años y que no tuvieron las mismas posibilidades que nosotras, pero que lucharon mucho." Quizá por eso, ella, la mujer madura que se acerca a la moda con conciencia y no por impulso, es el principal objetivo de su firma, The Avant.
En Tokio, en Nueva York, en Milán y, por supuesto, aquí. Puntos del mundo donde se puede encontrar las creaciones de Silvia, que entró en el mundo de la moda con poca convicción. "Estudié tres años de Psicología y abandoné. Lo único que sabía era que me gustaba dibujar y tener mi propio proyecto". El viento sopló a su favor. Después de seguir sus estudios de diseño de moda y de un máster en Londres, regresó a Barcelona y creó su empresa. El verdadero salto internacional fue gracias al neoyorquino premio Gen Art’s, que se concede a jóvenes talentos de la moda. Desde que esto ocurrió y sus colecciones se venden fuera y dentro, The Avant va bien y ella vive de esto. Se enorgullece de no haberse dejado arrastrar, en el aspecto creativo, por la poderosa corriente de las tendencias: "Ni las presiones por querer vender más han podido conmigo". Las ganas de viajar y de enamorarse de pequeñas tiendas que ve, "como aquella que descubrí en una callejuela de Berlín donde se vendían trapos y retales de ropa", sí que pueden con ella. Básicamente, la inquietud: "Más que reconocimiento, lo que busco es la incomodidad".

Nacho Carbonell y Román Sancho, 26 y 25 años.
Animadores
Román recuerda comidas familiares en las que alguien le soltaba una odiosa pregunta: "¿Y tú qué haces? ¿De payasito?". Costaba entonces explicar que no. Que lo suyo y lo de su socio Nacho no era hacer reír sino animar y montar fiestas con éxito, un auténtico reto. Y que eso que parecía fácil no lo era. Que había que tener un proyecto detrás, horas pensando en tipos de fiestas temáticas, un montón de inversiones en vestuario, luces y sonido y mucho arte para formar gente capaz de conseguir sonrisas. Eso era Tentipotenti, su pequeña gran empresa.
Tanto Nacho como Román se apuntaron un día, por casualidad y por separado, a sendos cursos de animación. Román era técnico en imagen y sonido, y Nacho, operario electrónico. Román se puso a trabajar rápidamente. Nacho se cruzó en su camino. Ambos decidieron embarcarse hace tres años en su proyecto: una empresa de animación. Su fuerte: los niños y las fiestas infantiles, donde sucede de todo. "Una vez nos llamaron de un pueblo muy pequeño porque habían reunido dinero entre todos, con mucho esfuerzo, para hacer alguna actividad ‘fuera de lo normal’ para los peques. Cuando los monitores llegaron disfrazados al local para sorprenderlos, los sorprendidos fueron ellos: todo el pueblo les estaba esperando, mayores y niños, ¡y la banda de música!, que les llevó desde la entrada del pueblo hasta el salón donde se iba a realizar la fiesta", cuenta Nacho.
En el tiempo que llevan se han ganado la exclusividad en los mejores hoteles y restaurantes de la provincia de Valencia, y en épocas fuertes aseguran que pueden tener entre 30 y 40 monitores para trabajar un fin de semana. "Aun así, todavía no podemos vivir de esto. Ése es nuestro siguiente reto", afirma Román.







