Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
El Magazine busca jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas tienen la posibilidad de contar en la web cómo han conseguido realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles, cómo su generosidad sirve de ayuda a otros. Se trata de subrayar el valor de unas iniciativas que les han llevado a desarrollar proyectos singulares o a dedicar una parte de su tiempo a acciones solidarias.

“Desde muy pequeña me sentí atraída por el continente africano. Tenía 12 años cuando escribí un cuento en la escuela en el que explicaba que yo viviría en Senegal. Al día siguiente de cumplir 18 años me fui a allí. A Senegal. Viajé a Oukout, una pequeña comunidad rural de la región de Casamance, en el sur del país, y me puse a trabajar como educadora. A ella, a Eugénie, la conocí poco después de llegar. Tenía dos años. Hubiese llamado la atención de cualquiera porque lloraba mucho y estaba muy triste. Apenas se movía. Se quedaba sola, no se relacionaba. No sabía hablar, tenía malformaciones en manos y pies, y estaba claro que algo le pasaba. Y empecé a quererla mucho. Mantuve contacto con su familia. Después de aquella primera vez en Senegal, repetí varias veces. Iba al mismo pueblo, Oukout, que se ha transformado y ha evolucionado desde aquella primera vez, y siempre la encontraba enferma y triste, aunque era difícil saber qué le pasaba exactamente. Por eso el año pasado decidí llevarla a Dakar para que pudiera ser atendida en el hospital. Poca cosa se pudo hacer, así que la única opción que quedaba era iniciar los trámites para conseguir un visado y que pudiera traerla para recibir aquí los tratamientos médicos que necesitaba. Después de varios meses de difi cultades burocráticas, lo conseguí, y ahora hace casi un año que está aquí. Me he convertido en su segunda mamá. Y ella, en una niña que habla, corre, juega, baila, aprende... ¡y ríe! Eugénie tiene ahora ocho años. La situación es complicada porque además de su retraso madurativo motivado por sus problemas de oído y de baja visión se le ha diagnosticado también una cardiopatía grave. No todos sus déficits y enfermedades tienen soluciones definitivas. Lo que sé con absoluta certeza es que actualmente es la persona más feliz que he conocido nunca y también la más capaz de contagiar su felicidad. Con ella me río más que nunca lo he hecho en mi vida y he aprendido a disfrutar de cada cosa que hago. Cuando finalice sus tratamientos, volveremos a Senegal. Me planteo mi vida a caballo entre Senegal y Girona. Me gusta más su manera de vivir. Y, por supuesto, es la casa de Eugénie.”

A diferencia de la mayoría de la gente de su generación, a Daniel le preocupa poco qué va a ocurrir cuando el próximo mes de julio acabe la carrera de Ingeniería Informática. Ya tiene trabajo. Un buen trabajo. Daniel, vecino de Muxamiel, en Alicante, ha sido uno de los dos estudiantes españoles seleccionados por Microsoft para ser enviados a la sede central de la empresa en Redmont en cuanto terminen. La gran demostración de fuerza ocurrió el pasado verano, cuando Daniel consiguió una estancia como estudiante en Microsoft. Eran 1.250. Y él destacó. “Me dijeron que, aparte de lo puramente técnico, les gustaba que fuera una persona muy trabajadora, que sabía hablar cuando hacía las exposiciones, que intentaba impulsar mis ideas, pero, sobre todo, que no me costaba reconocer cuando era yo el que estaba equivocado”, explica Daniel. Ésta ha sido una de las claves para su triunfo, dice: saber cuándo hablar y cuándo estar callado. Y no confiar en la suerte. “No la he tenido. Tuve que pasar seis entrevistas, tres aquí y tres en Dublín, para acceder a unas prácticas. Eso no se llama suerte.” “No era un buen estudiante de pequeño, pero cuando crecí me fui interesando cada vez más por lo que aprendía”, explica. Le llamaron las cifras. También la física y la astrofísica. Ahora sí que es un estudiante modelo. De los mejores. Con más de un nueve de nota media en el expediente, ha tenido también alguna otra propuesta de la facultad donde colabora. Pero la aventura estadounidense no se la pierde, y además es muy consciente de que el salario que conseguirá multiplicará por cinco lo que pueda sacarse aquí. “Está asegurado: ellos quieren y yo también.” De momento, ya ha comenzado a pensar en cómo será su vida allí. “Tendré durante dos meses un apartamento gratis. Luego, si puedo, me compraré una casa.” Pasa muchas, muchísimas horas delante del ordenador, donde, como buen profesional, bebe Coca-Cola para no dormirse. Pero también nada, juega al ping-pong, toca la guitarra y lee. Le gusta salir a bailar y, sobre todo, viajar.

Ana Franquesa, 30 años. Fotógrafa y empresaria de nuevas postales
¿Por qué los visitantes están obligados a comprar postales con la típica fuente o monumento, la típica plaza o avenida y la típica puesta de sol o vista de noche? Ésta es la pregunta que un día le pasó por la cabeza a Ana hace cinco años. Y ahí empieza su negocio. Formada en una escuela de arte, se dedicó siempre a la fotografía. Marchó a Londres a vivir una temporada y cuando volvió a Barcelona se le llenaba la casa de amigos que había conocido allí. “Y nos llegaban con aquellas postales... y preguntaban dónde podían conseguir cosas mejores porque lo que veían por la calle era mucho mejor que aquello.” Y se puso manos a la obra. Junto a su hermana Silvia, periodista, fundaron la empresa llamada Wawas, que comercializa postales y productos con una imagen de Barcelona cotidiana y por ello atípica. Mientras construían este gran catálogo de fotos alternativas de la ciudad –en la actualidad hay 64– se asesoraban sobre el mundo empresarial. “Hicimos un plan de viabilidad, diseñamos una distribución que no tuviera que pasar por quioscos sino por tiendas de moda y buscamos financiación, porque partíamos de cero. Familia y amigos nos apoyaban mucho, pero dinero no nos dejó nadie”, explica Ana. Como en todas las buenas obras, los inicios costaron, pero ahora todo es alegría. “Estoy contenta y orgullosa de haber dejado de trabajar para alguien y hacerlo para mí. Y no tener que pensar si en un trabajo duraré o me echarán. Ahora todo depende de nosotras.” Las cosas van bien: han abierto hace dos meses en el barrio del Born en Barcelona su propia tienda, donde, además de postales, hay otros productos –tazas, chocolatinas– estampados o envueltos con esas otras imágenes de la ciudad. “Puede decirse que mi hermana y yo ya vivimos sólo de esto”. Con el aplauso general no se pierde la autenticidad. Ana explica que las fotos que hacen nunca son digitales ni se retocan. Esa es la ley. Ya les han salido competidores que imitan su estilo. “Nos consolamos pensando que si nos copian es porque lo hacemos bien.”







