Jóvenes extraordinarios
Jóvenes con historias que merecen ser contadas
Setenta y seis retos, setenta y seis historias son la primera respuesta a la convocatoria hecha por el Magazine en busca de jóvenes extraordinarios. Familiares y amigos y también los propios protagonistas han contado cómo han desarrollado su idea, cómo consiguieron realizar un sueño, cómo lograron sortear las condiciones más difíciles y sentirse ahora muy satisfechos con ellos mismos... Hablan del valor de los amigos, de los familiares, del poder de los sueños y de su enorme empeño.

Ese día, el guión de la obra de teatro en la que actuaba Rafa decía que había que sacar a alguien del público, y la elegida fue una adolescente con parálisis cerebral. Él era entonces un estudiante de magisterio musical con inquietudes interpretativas y nada le hacía sospechar que la visita al colegio de esa chica le cambiaría la vida. “Su profesora me invitó porque le gustó cómo me comuniqué con ella en el escenario.” A esa experiencia le siguieron trabajos de compositor que compaginó durante tres años con el voluntariado en Afanias. Cuando esta asociación de familias de personas con discapacidad intelectual le propuso dirigir sus grupos de música y teatro para que actuaran en circuitos de personas sin defi ciencias, supo cuáles eran sus prioridades. “Me motiva ir conquistando socialmente derechos que ya deberían tener.” Los Tambores de Pozuelo, que así se llama el grupo musical, está compuesto por adultos de 25 a 60 años con alzheimer, síndrome de Down, parálisis cerebral y otras limitaciones que consiguen superar a cada nota. Sus ritmos con infl uencias celtas, contemporáneas y brasileñas han sonado en la sala madrileña Galileo Galilei y en la discoteca Pachá, donde telonearon a Los Secretos. La formación de teatro también va, poco a poco, labrándose su propio camino. De momento, Rafa enseña este arte huyendo de la infantilización que a menudo existe cuando se trabaja con este colectivo. “Yo intento que haya una coherencia entre lo que ofrezco al público y la edad de los actores.” Sabe perfectamente cuál es su función: “Conseguir que el público se emocione. Es entonces cuando deja de ver a personas con discapacidad.”
Testimonio recogido por Eva Cervera.
Foto de Montserrat Velando.

Israel ramírez, 31 años. Videorrealizador y autor de un documental sobre el pueblo gitano
Cuando alguien le dice a Israel que no parece gitano, lo que hace es excluirlo del tópico para mantener el tópico. Y esto es lo que ha querido combatir con su documental Kaló d’aquí, protagonizado por gitanos de Barcelona y ganador del concurso internacional de audiovisual gitano de Granada, el premio Tikinó. Heredero del espíritu reivindicativo de su padre, Israel plantea una diferenciación fundamental para explicar la cultura gitana: “Una cosa son los valores y otra las tradiciones, que son muy diversas porque los gitanos somos muy heterogéneos”. Hijo de Juan de Dios, primer diputado gitano en las Cortes, y de madre paya, Israel ha bebido de las dos fuentes. “Ser medio gitano y medio payo nunca me ha supuesto un conflicto. Pero los gitanos siempre me han considerado uno de ellos, y con eso tengo yo bastante.” Estudió Cine y Filosofía y trabajó mucho tiempo de camillero en un hospital. Y decidió arriesgarse y apostar por lo que le gustaba: ser realizador. “Los gitanos siempre hemos tenido un espíritu libertario y ácrata”, dice. Trabaja para productoras de cine y publicidad, y espera conseguir un día un presupuesto adecuado para realizar la multitud de proyectos propios que le bullen en la cabeza. Tiene muchas cosas que contar porque ha hablado con mucha gente. “Los nazis hacían cavar a los judíos sus propias tumbas, los ponían en filas y los ejecutaban uno a uno. A los gitanos, en cambio, los llevaban al bosque y, antes de cavar su tumba, se tiraban a los soldados nazis para arrancarles los ojos.” Se lo contó un gitano viejo que escapó de una de aquellas ejecuciones. “Ser gitano me hace más exclusivo, y todo lo que nos hace exclusivos bienvenido sea.
Testimonio recogido por Celtia Traviesas
Foto de Tatiana Donoso.

Jordi Fernández, 31 años, empresario solidario
Jordi Fernández es mallorquín, pero sus estudios de dirección y administración de empresas en Esade lo catapultaron a Barcelona. Tres meses en México como profesor le hicieron darse cuenta de que “para ayudar allí se ha de impactar aquí”. Y su último año, cursado en París, le regaló una fi losofía de vida: “Quería formar una empresa para trabajar con amigos, con la que pudiera compatibilizar la vida personal y profesional y tener dinero sufi ciente para vivir, al menos para pagar la hipoteca”. Como de la idea al hecho hay un trecho, ejerció varios años como consultor empresarial, hasta que en el 2004 pudo montar Olokuti, un concepto de tienda solidaria donde la distribución de productos de comercio justo, biológicos y artesanos se combina con la venta de libros, música, películas y la organización de charlas, exposiciones, sesiones de cine y conferencias sobre países menos desarrollados. “El problema del mundo es que la gente no se entiende, y la forma de mitigar este problema es conociendo al otro”, dice entusiasmado Jordi. Detrás de Olokuti también están su mujer, una joven holandesa de origen chino con las ideas muy claras, y cuatro amigos más, de Mallorca, Francia, Cantabria y Cataluña. Entre todos han visto nacer ya dos locales, tienen mil proveedores y venden on line, también a empresas. Pretenden crecer, así que, de momento, viven de lo ahorrado. Pero “el sacrifi cio merece la pena, aunque sea por la oportunidad de trabajar rodeado de gente que me gusta, tener tiempo para mi hija y crear un proyecto solidario con potencial económico. Al fi nal, para mí lo más importante es que me lo paso bien”.
Testimonio recogidos por Eva Cervera.
Foto de Tatiana Donoso.







