10/08/2008
Tras los muros del feminicidio
Texto de Bru Rovira
Fotos de Juan Carlos Tomasi
El Club San Diego es un prostíbulo de la ciudad portuaria de San José, en la costa atlántica de Guatemala. A través de la vida del club –las chicas, los clientes, la ciudad– descubrimos una sociedad marcada por la violencia, la corrupción política, la pobreza y el machismo, cuya expresión más desgarradora es el asesinato de mujeres, conocido como feminicidio.
Ampliación del reportaje
Ampliación del reportaje

Al caer la noche, las habitaciones y los pasillos del club se abren a los clientes y allí donde antes parecía habitar un grupo de chicas bulliciosas, domina ahora la borrachera y, a menudo, la violencia
GUERRA DE CLOACAS
El Club San Diego es un buen barómetro para seguir el pulso del país: los sicarios, los policías, los clientes que manejan dinero sucio, los aposentados que todo lo compran, todo se lo permiten, los que se arrastran, la pobreza, la corrupción, la humillación.
Hay días en los que ni siquiera compramos el diario, porque es menos lo que se publica que lo que aquí se sabe y es desde luego mucho más empírica la verdad que aquí se filosofa que la que allá se especula. Hoy, sin embargo, una noticia llama nuestra atención. En el barrio portuario ha habido durante la noche una gran movida policial. Tenemos que leer la noticia dos veces, porque lo que nos parecía una cosa –una redada policial contra la droga–, resulta ser una redada policial contra la policía que trafica con droga. Es decir, una pelea por el control del narcotráfico, en el que la policía está metida hasta la cejas, como todo el mundo sabe, incluido el Tanqueta, el hombre que hace unas tardes nos paseó con su barca por los canales del puerto para enseñarnos las enormes lanchas rápidas aparcadas junto a las barcas de pesca y jactarse de lo bien que le van las cosas desde que se dedica a “la otra pesca”.
Uno de los grandes negocios locales consiste precisamente en recoger en alta mar la “mercancía” que tiran los barcos colombianos y trasladarla hasta la costa en estas lanchas rápidas, donde bandas locales la hacen llegar hasta EE.UU:
La causa de la redada tiene su miga: al parecer, un pescador encontró un paquete de droga navegando a la deriva y se lo quedó. Por la noche, “el ladrón” tuvo una visita de la policía en busca de la mercancía, pero no para requisarla en nombre de la ley, sino para “recuperarla”. Unos vecinos denunciaron la presencia de hombres armados, y llegaron otros policías que encontraron a sus colegas... y les dejaron en libertad.
El asunto que domina, y seguirá haciéndolo durante meses, es, sin embargo, la muerte de un ex coronel de inteligencia, Giovanni Pacay, ocurrida en septiembre y cuyas consecuencias han llegado hasta el corazón del Estado, y el asesinato reciente de Víctor Rivera, un ex mercenario venezolano, responsable de los servicios secretos, el hombre que controlaba las cloacas del poder y se ocupaba de la seguridad privada de las familias más ricas del país. El asesinato de Pacay fue uno de los casi cincuenta asesinatos políticos ocurridos durante la campaña electoral que llevó a Álvaro Colom a la presidencia, después de derrotar al militar Otto Pérez. No vamos a extendernos en los cientos de detalles que rodean este serial, pero digamos solamente que ya hubo un hecho “extraño” al principio de esta rueda de asesinatos cuando el año pasado cinco diputados salvadoreños, entre ellos el hijo del ultraderechista Roberto d’Abuisson, fueron asesinados por policías de uniforme cuando viajaban a Guatemala para un asunto de narcotráfico y lavado de dinero. Los asesinos actuaron de uniforme y con coches patrulla. Detuvieron a sus víctimas en un control, los asesinaron y tiraron los cuerpos a un descampado después de quemarlos. El GPS del propio coche policial identificó a los asesinos, que fueron detenidos; pero, una vez en la cárcel de máxima seguridad, un comando bien armado cruzó las cinco puertas que los custodiaban y los baleó después de degollarlos... una guerra en las cloacas del Estado, como dicen en el Club San Diego mientras cae la noche, se abren los neones y la música llena la pista de baile donde Dayana, Ángela, La Angi, Rubi y el resto de las niñas ensayan su mejor sonrisa porque al día le sigue la noche y a la noche el día.
El Club San Diego es un buen barómetro para seguir el pulso del país: los sicarios, los policías, los clientes que manejan dinero sucio, los aposentados que todo lo compran, todo se lo permiten, los que se arrastran, la pobreza, la corrupción, la humillación.
Hay días en los que ni siquiera compramos el diario, porque es menos lo que se publica que lo que aquí se sabe y es desde luego mucho más empírica la verdad que aquí se filosofa que la que allá se especula. Hoy, sin embargo, una noticia llama nuestra atención. En el barrio portuario ha habido durante la noche una gran movida policial. Tenemos que leer la noticia dos veces, porque lo que nos parecía una cosa –una redada policial contra la droga–, resulta ser una redada policial contra la policía que trafica con droga. Es decir, una pelea por el control del narcotráfico, en el que la policía está metida hasta la cejas, como todo el mundo sabe, incluido el Tanqueta, el hombre que hace unas tardes nos paseó con su barca por los canales del puerto para enseñarnos las enormes lanchas rápidas aparcadas junto a las barcas de pesca y jactarse de lo bien que le van las cosas desde que se dedica a “la otra pesca”.
Uno de los grandes negocios locales consiste precisamente en recoger en alta mar la “mercancía” que tiran los barcos colombianos y trasladarla hasta la costa en estas lanchas rápidas, donde bandas locales la hacen llegar hasta EE.UU:
La causa de la redada tiene su miga: al parecer, un pescador encontró un paquete de droga navegando a la deriva y se lo quedó. Por la noche, “el ladrón” tuvo una visita de la policía en busca de la mercancía, pero no para requisarla en nombre de la ley, sino para “recuperarla”. Unos vecinos denunciaron la presencia de hombres armados, y llegaron otros policías que encontraron a sus colegas... y les dejaron en libertad.
El asunto que domina, y seguirá haciéndolo durante meses, es, sin embargo, la muerte de un ex coronel de inteligencia, Giovanni Pacay, ocurrida en septiembre y cuyas consecuencias han llegado hasta el corazón del Estado, y el asesinato reciente de Víctor Rivera, un ex mercenario venezolano, responsable de los servicios secretos, el hombre que controlaba las cloacas del poder y se ocupaba de la seguridad privada de las familias más ricas del país. El asesinato de Pacay fue uno de los casi cincuenta asesinatos políticos ocurridos durante la campaña electoral que llevó a Álvaro Colom a la presidencia, después de derrotar al militar Otto Pérez. No vamos a extendernos en los cientos de detalles que rodean este serial, pero digamos solamente que ya hubo un hecho “extraño” al principio de esta rueda de asesinatos cuando el año pasado cinco diputados salvadoreños, entre ellos el hijo del ultraderechista Roberto d’Abuisson, fueron asesinados por policías de uniforme cuando viajaban a Guatemala para un asunto de narcotráfico y lavado de dinero. Los asesinos actuaron de uniforme y con coches patrulla. Detuvieron a sus víctimas en un control, los asesinaron y tiraron los cuerpos a un descampado después de quemarlos. El GPS del propio coche policial identificó a los asesinos, que fueron detenidos; pero, una vez en la cárcel de máxima seguridad, un comando bien armado cruzó las cinco puertas que los custodiaban y los baleó después de degollarlos... una guerra en las cloacas del Estado, como dicen en el Club San Diego mientras cae la noche, se abren los neones y la música llena la pista de baile donde Dayana, Ángela, La Angi, Rubi y el resto de las niñas ensayan su mejor sonrisa porque al día le sigue la noche y a la noche el día.
de: Blaia Garcia | 12/05/2009
No és necessari anar tan lluny. A les Rambles de Barcelona, la ciutad més visitada pels turistes, hi ha tanta corruptela com a qualsevol d'aquestes grans ciutats. En sóc tesimoni. Molts dies veig allò més tirat, i els agents sembla que no facin res. Ells diuen que la justicia no els ajuda, però fer la vista grosa, tampoc. És trist. Tant que venen la ciutat com a fabulosa, però, ¡quantes mancances!
de: Mariela Pica | 28/08/2008
¿Qué tiene que ver que sea un país precioso? Soy de Argentina, que también es un país con una geografía preciosa, variedad de climas y suelos, y no por eso deja de haber situaciones similares/idénticas (no soy conocedora en profundidad del tema) a los que se describen en el artículo. Claro, no es que ocurren en todo la superficie del país, sino en lugares específicos.
de: C. Luz Víctores H. | 17/08/2008
La crónica es muy interesante y vemos el retrato brutal de un club de carretera en el que la maldad, el abuso, la crueldad, la pobreza y la ignorancia se dan la mano. Y como no podría faltar tambíén el alcohol, droga, corrupción y crimen. Todo esto bastante bien retratado por Bru Rovira y Juan Carlos Tomasi. Sin embargo quiero comentar lo siguiente acerca de la geografía de este país. Guatemala es un país precioso que por el Norte/Este tiene playas y puertos sobre el océano Atlántico. Ninguno de ellos es San José como el artículo así lo indica. La ciudad portuaria de San José está en el puerto de San José que a su vez se encuentra al sur de Guatemala y sobre el océano Pacífico.
de: Roberto Valencia | 09/08/2008
La crónica está interesante, sobre todo si se lee en Europa, como cualquiera cuyas descripciones retraten de manera más o menos fiel lo que ocurre por estos pueblos. El pecado está en errores como la afirmación de que fueron "cinco diputados salvadoreños" los asesinados en febrero de 2007 por policías guatemaltecos. Fueron tres los ultimados y su motorista. Si se falló en ese tipo de datos, ¿qué confianza genera el resto de lo que se afirma en la crónica?








