Desafíos de la Humanidad
Esclavas del siglo XXI
La trata de mujeres es la forma de esclavitud
más visible del siglo XXI. Pero la sociedad prefiere hacer como si el comercio sexual no existiera, y no siempre se enfoca como lo que es: un delito contra los derechos humanos de las mujeres que se ven atrapadas en las redes de tráfico y explotación. Muchas de las extranjeras prostituidas en España han sido secuestradas o vendidas y no pueden denunciar su situación por miedo a las represalias contra ellas y sus familias

Un mujer espera clientes en una de las carreteras que cruzan la Casa de Campo de Madrid.
Silvia, búlgara, 19 años, se había casado por amor: una tarde estaba tomando un café en un bar de Sofía cuando un muchacho fuerte y de buen ver se sentó a su lado. Hablaron. Quedaron para otro día y el día siguiente. Al cabo de unos meses, él le propuso casarse, y ella aceptó. El chico iba y venía a España, donde aparentemente regentaba un bar. Silvia hubiera preferido vivir en Sofía, cerca de sus padres, pero se quedó embarazada y no tuvo más remedio que seguir a su marido.
Al llegar a Madrid, el marido le dijo que no existía ningún bar, que a partir de ahora trabajaría en la Casa de Campo. Silvia, asustada, lloró, gritó, ¡jamás trabajaría de puta! "Estamos esperando un hijo", imploró. El hijo lo perdió aquella misma noche de una tremenda paliza, y al cabo de unos días ya estaba en la Casa de Campo junto a otras dos chicas que también "pertenecían" a su marido.
Y fue en la Casa de Campo donde una madrugada del mes de diciembre, exactamente el día 17, un coche se acercó hasta Silvia; pero esta vez, el hombre que la llamaba desde el fondo del asiento acolchado en piel, la ventanilla bajada, en vez de solicitar el precio de sus servicios se limitó a mirarla:
–Hay que ver las ganas que tienes de estar aquí –dijo, la sonrisa altiva, el deje irónico.
"Hay que ver las ganas que tienes de estar aquí." A Silvia se le ha quedado grabada la frase.
Cuando habla de los meses pasados en la Casa de Campo, de las palizas de su marido-chulo, los "servicios completos" y las "mamadas" interminables con tipos demasiado borrachos o demasiado nerviosos para abreviar el suplicio, los golpes y los moratones en las piernas mientras la montaban, el olor, olor nauseabundo, a cuerpos ajenos, lo que más recuerda es la visita de aquel hombre y su comentario:
–Hay que ver las ganas que tienes de estar aquí.
"¿Es un tonto? ¿O se hacía el tonto?", pregunta. Se pregunta, solloza, se desespera, Silvia.
¿Somos tontos? ¿Nos hacemos el tonto? ¿Acaso no está pasando delante de nuestras narices?
La trata de mujeres es la forma de esclavitud más visible del siglo XXI.
En España no existen cifras precisas, aunque se sabe que al menos una de cada cuatro prostitutas lo hace sometida a violencia, amenazas y engaño. El ochenta por ciento son extranjeras venidas de países pobres, y muchas de ellas han sido secuestradas o vendidas, aunque casi nunca se atreven a denunciar su situación por miedo a lo que pueda ocurrirles a sus familias, amenazadas por las redes criminales o por el chulo que comercia con sus vidas como si fueran ganado. A estas chicas las vemos todos los días apostadas en las carreteras, medio desnudas. A veces las protege una sombrilla. A veces utilizan una silla desvencijada para sentarse. A sus pies, bolsas de plástico con la ropa de recambio, botellas de agua, bolsitas de chuches, cajas de galletas y de condones.
La carretera N-II que une Cataluña con Francia es uno de los puntos más visibles de este comercio que a veces puede ser muy peligroso. Fue allí donde el asesino en serie Volker Eckert, un camionero alemán de 47 años, encontró a tres de sus 19 víctimas. Una de ellas, Miglena Petrova, tenía la misma edad que Silvia, 20 años. Las otras dos todavía no han sido identificadas. Todas fueron descuartizadas. También en esta carretera, en uno de los clubs que iluminan la noche con neones proclamando una existencia nada clandestina, trabajaba una chica rumana que, huyendo del encierro a la que la sometían sus patronos, se lanzó al vacío hace unos meses desde un apartamento de Empuriabrava.
Una tarde, en una de las rectas a la entrada de la ciudad de Figueres, de pie junto a un camino que conduce a un pinar en medio de trigales y campos de forraje, encontré a dos chicas rumanas. Apenas hablaban dos palabras de español y nada sabían del lugar donde se encontraban. Asustadas por mis preguntas, me dijeron que aquello era un sitio privado y debía largarme.
–Ves –dijo una de ellas, señalando un cartel clavado en el trigal.
Leí el cartel: "Coto privado de caza".
Pobres. El chulo les había dicho que en España la prostitución está permitida y que si alguien las molestaba le amenazaran con llamar a la policía. "Coto privado de caza".
En realidad, el chulo sabía de qué hablaba. En España, la prostitución ni es legal ni es ilegal. Como dice el comisario de extranjería de Cataluña, José María Hidalgo, "es alegal, no existe".
Pero ahí está, no sólo en las carreteras, en los clubs de alterne, sino también dentro de las grandes ciudades, como en la Casa de Campo de Madrid o en las inmediaciones del estadio del Futbol Club Barcelona y, por supuesto, en los cientos de pisos, casas de citas y saunas que se anuncian en los periódicos. Algunas chicas lo hacen voluntariamente, pero muchas de ellas son traficadas, obligadas, violentadas, humilladas. Este artículo trata de este tráfico y no del debate sobre el ejercicio de la prostitución como una opción personal. Una de las mayores hipocresías que existen sobre la prostitución consiste, precisamente, en mezclar uvas con peras, confundir la libertad con el delito para abandonar a su suerte a las víctimas de esta violencia que, en opinión de las asociaciones que tratan de ayudar a las mujeres traficadas, debería tipificarse y perseguirse como un delito contra los derechos humanos.
Dos millones y medio de mujeres son prostituidas por la fuerza en todo el mundo, y unas cien mil mujeres y niñas entran cada año en los países de la Unión Europea como víctimas del tráfico con fines de explotación sexual.





