Desafíos de la Humanidad
Esclavas del siglo XXI
La trata de mujeres es la forma de esclavitud
más visible del siglo XXI. Pero la sociedad prefiere hacer como si el comercio sexual no existiera, y no siempre se enfoca como lo que es: un delito contra los derechos humanos de las mujeres que se ven atrapadas en las redes de tráfico y explotación. Muchas de las extranjeras prostituidas en España han sido secuestradas o vendidas y no pueden denunciar su situación por miedo a las represalias contra ellas y sus familias

Mujeres de Kalaja de Drishtit observan el valle a sus pies.
DIANA (La venta)
"Vivíamos en un pueblecito cerca de Bucarest. Una noche estábamos cenando cuando llegó el hijo de un amigo de la familia. Mi tía dijo que debería casarme con aquel muchacho. Discutimos. Yo no me quería casar. Al cabo de unos días, me llama muy seria:
–Vete preparando la maleta. Te marchas –dice.
–¿Adónde me marcho, tía?
–De viaje.
Aquel mismo día vinieron dos chicos a los que no conocía y me hicieron subir en un coche.
–¿Adónde vamos?
–Tú estate calladita.
Fue la única respuesta.
Yo estaba muy asustada. Vivía con mis tíos desde la muerte de mis padres. Mamá murió en 1987 a causa de la infección provocada por un embarazo extrauterino. Papá era un hombre muy cariñoso. Lo mejor que me pasó en mi infancia. Pero no soportó la muerte de mi madre y se hundió completamente. Todos los días llegaba borracho del trabajo y se encerraba en su habitación. Los últimos cuatro años de su vida los pasó anegado en el alcohol y la soledad hasta que se lo llevó una cirrosis. Entonces es cuando fui a vivir con los tíos.
El tío es policía, y la tía, maestra. Lo que yo no sabía es que también se dedicaba a buscar chicas jóvenes para mandarlas al extranjero. Ahora me había tocado a mí. Sólo tenía 16 años."
En la madrileña calle Jardines, justo en una travesía de la calle Montera donde decenas de chicas pasean por las aceras en busca de clientes, se encuentra la asociación Apram, una entidad que lucha contra la trata y ayuda a reinsertar a mujeres que han sido prostituidas.
Me recibe Rocío Nieto, su directora, una asistente social que empezó a interesarse por el mundo de la prostitución hace dos décadas, cuando, camino de casa, en el centro de Madrid, las encontraba todos los días en la calle Carretas y la plaza Benavente. Mujeres pobres, necesitadas, incluso alguna ama de casa, mujeres del barrio que, a veces, al cruzarse con algún matrimonio vecino, siseaban al oído de Rocío: "¿Ves a este que va tan ufano del brazo de su mujer? Pues es mi cliente".
Aquellas prostitutas de calle, de esquina y pensión, nada tenían que ver con la puta fina, como dice el comisario Hidalgo refiriéndose a las del abrigo de visón, las que te miraban a la cara y soltaban: "¿Tú qué quieres, que me ponga a fregar escaleras?".
–¡Hay que tener un par de cojones para fregar escaleras! –rebufa el comisario al recordar cómo alguna de aquellas damas, a veces muy bien protegida, podía rematar sus comentarios con un aguijón: "Lo que tú te sacas en un mes, yo me lo saco en un polvo".
Luego llegó la terrible época de la droga, cuando la prostitución y el pico iban de la mano, cuando cientos de chicas –y también numerosos chicos– empezaron a vender su cuerpo sólo para pagarse el caballo. Fueron tiempos de prostitución zombie, de grandes campamentos de droga y sexo en los extrarradios de la ciudad, tiempos que fueron remitiendo gracias a la administración de metadona entre los drogadictos.
Ahora, apunta el comisario Hidalgo, quien dice que la prostitución siempre ha existido y esto no cambiará, aunque sí sus formas, ha aparecido un nuevo fenómeno transfronterizo, a veces muy violento, en el que las mujeres vienen de fuera y las redes que las explotan se dedican además a otros negocios ilegales como las drogas, el tráfico de personas o los robos.
Ahora, dice Rocío, la prostitución está ligada a la emigración. Son mujeres que huyen de la pobreza, de la miseria, de las guerras. "Viajamos desde Bucarest hasta la frontera búlgara. Cada vez que preguntaba algo recibía la misma respuesta: –Tú estate calladita. Empecé a tener mucho miedo. Entramos en Bulgaria ilegalmente y allí nos quedamos dos semanas, encerrados en la habitación de un pequeño hotel mientras realizaban las gestiones para conseguirme un pasaporte falso. Cuando lo tuvieron reemprendimos el viaje por carretera hasta Italia y llegamos a un piso de la ciudad de Padua donde esperaba el chico que había venido a cenar a casa de mi tía. En el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo se ha visto como el rostro de la pobreza es hoy un rostro de mujer: el setenta por ciento de los pobres del mundo son mujeres. Marta González, coordinadora del Proyecto Esperanza, de las Hermanas Adoratrices, una asociación que no sólo se ocupa del tráfico de mujeres con fines sexuales sino también del tráfico en el servicio doméstico y en el sector laboral, opina que esta feminización de la pobreza se debe a que las catástrofes que hoy asolan el mundo, catástrofes naturales, guerras, hambre, refugiados, falta de trabajo, castigan especialmente las espaldas de las mujeres, que son las que sufren en mayor grado el peso de sus consecuencias. Así, de los 115 millones de analfabetos que hay en el mundo, existen dos niñas analfabetas por cada niño que lo es. Cuando en una sociedad las cosas empiezan a ir mal, las primeras que dejan la escuela son las niñas, y mientras todos los esfuerzos son para que los niños sigan estudiando, las niñas pasan a ocuparse de la casa, son las que van a buscar el agua, las que cocinan y cuidan de sus hermanos pequeños y de los ancianos; en los países asolados por el sida, también a ellas les toca cada vez más ocupar el puesto del padre y de la madre muertos en plena juventud. Las niñas, de nuevo, son las principales víctimas de los matrimonios arreglados, a veces con ancianos que triplican su edad. También en los procesos migratorios, la mujer ha adquirido un papel protagonista. No sólo los hombres emigran como hacían antaño para alimentar a las familias de origen, sino que cada vez existen más mujeres obligadas a asumir esta responsabilidad con los suyos; muchas de ellas acabarán enredadas en el turbio negocio del comercio sexual. –La trata de mujeres –dice Marta– debemos entenderla en el contexto de flujos en movimiento (capitales, personas, bienes de servicio) del nuevo mundo global. Es una expresión más de la injusticia en las relaciones internacionales entre países pobres y países ricos; una de las peores consecuencias de este sistema. En el caso de la mujer, hay que añadir el peso de la cultura, la idea discriminatoria que todavía marca la condición femenina. Cuando en países como China se obliga a la política de un solo hijo, la primera víctima son las niñas, que sufren un genocidio selectivo. Y vuelven a ser las mujeres las principales perjudicadas por el fundamentalismo que las esconde detrás de la burka, las lapidaciones, los códigos de sangre como el "kanun" albanés, el rechazo y la violencia doméstica en la mayoría de los países pobres y los malos tratos y los asesinatos en nuestros propios países, donde todavía se asocia la feminidad a la disponibilidad sexual, a la propiedad.
–¿Qué está pasando? –le pregunté.
–Siéntate –dijo él– que ahora empieza ‘el colegio’.
–Quiero ir a casa.
Y empezó ‘el colegio’:
–Mira –dijo–, eres menor de edad, eres virgen, esto significa mucho dinero.
–Se lo voy a decir a la tía –protesté yo.
Y él se rió, claro, porque la tía era la que me había vendido, la que lo había organizado todo. Entonces me agarró por el pelo y, levantándome de la silla, dijo amenazante:
–En este piso hay otras cuatro chicas. Ellas están destinadas a la calle. Pero para ti tenemos otros planes: te vas a España.
Dos semanas más tarde viajamos a Milán por carretera y allí cogimos un avión hasta Lisboa. Llevaba un nuevo pasaporte con mi verdadero nombre, pero la edad había sido modificada. En vez de 16 años tenía 18. Me acompañaba un hombre que no me dejó en ningún momento y me pegó cuando traté de engañarle en el aeropuerto de Lisboa.
Desde Lisboa volamos a Madrid, y allí fui a parar a un chalet donde había otras chicas bajo el control de un hombre y una mujer rumanos. Las chicas iban todos los días a trabajar a la Casa de Campo. A mí me ‘reservaban’ para ‘un cliente especial’. Traté de escapar en dos ocasiones. La primera vez salté desde la terraza al jardín, pero el rumano me cortó el paso. Como castigo quiso señalarme la cara con una navaja y al resistirme me hizo una enorme herida en el brazo. La segunda vez me llevó a una habitación y me dio una paliza antes de torturarme en la pierna con una parrilla eléctrica de asar carne hasta que me desmayé de dolor. La quemadura se infectó, y durante un mes me atiborraron a antibióticos. Apenas me daban comida. Sólo galletas, pan, patatas fritas."
DIANA (El viaje)







