Desafíos de la Humanidad
Esclavas del siglo XXI
La trata de mujeres es la forma de esclavitud
más visible del siglo XXI. Pero la sociedad prefiere hacer como si el comercio sexual no existiera, y no siempre se enfoca como lo que es: un delito contra los derechos humanos de las mujeres que se ven atrapadas en las redes de tráfico y explotación. Muchas de las extranjeras prostituidas en España han sido secuestradas o vendidas y no pueden denunciar su situación por miedo a las represalias contra ellas y sus familias

Unas niñas en su casa. La pobreza está presente en todas las familias
DIANA (El cliente)
"Una tarde, la señora rumana, la madama, entra en la habitación y empieza a maquillarme. Me llevan a casa de un hombre, un viejo de unos 50 años que parece mi padre.
–¿Qué te pasa en la pierna? –dice el hombre al ver la herida producida por la parrilla.
‘Haz lo que te pida o te matamos’, me había dicho la mujer antes de recoger un sobre y largarse. Así que permanezco callada y, aunque apenas reconozco algunas palabras españolas, siempre recordaré su comentario:
–Este pato cojo… –dice el viejo mientras empieza a manosear y trata de desnudarme. Yo estoy tensa. Me resisto. Él babea. Suda. No entiende lo que pasa. Está alterado. Tiene una barriga enorme. Intenta violarme, pero no lo consigue. Entonces, enfadado, llama por teléfono, y vienen a buscarme el hombre y la mujer del chalet. Cuando llegamos a casa empiezan a pegarme hasta dejarme inconsciente. Me parten el labio, el ojo y a consecuencia de los golpes me quedo sorda para siempre del oído derecho.
Al cabo de unos días vuelven a mandarme a casa del viejo. Se repite la escena. Se ve que aquel hombre era un constructor que les hacía favores con los papeles, legalizaba a los rumanos de la red como trabajadores. A cambio le habían ofrecido una chica virgen. Yo. Esta segunda vez tampoco consiguió violarme. Me dieron otra paliza y decidieron mandarme a Barcelona. Me pasearon por el Camp Nou y dijeron que si no me portaba bien me tocaría hacer la calle. Que si no era buena, uno de ellos mismos me desvirgaría."
Kalaja de Drishtit (Albania).
Afradita Facaj fue una de las treinta mil chicas albanesas que en los últimos años han sido traficadas como prostitutas. Estuvo en Italia y, al cumplir los 19 años, se escapó para regresar a casa, en un pueblecito de montaña llamado Kalaja de Drishtit, situado en el norte del país, una región aislada donde todavía se aplica el "kanun", el código ancestral que regula la vida de la gente e incluye la venganza de sangre.
Afradita estaba embarazada cuando regresó. Su padre esperó a que naciera el hijo y, para hacerle pagar el deshonor, la mató y la enterró delante de la casa. Al cabo de unos años, la policía de Skodra, que buscaba a Afradita como desaparecida, decidió investigar el entorno y descubrió el crimen cometido. Mientras, su hijo Nevi había sido escolarizado en la escuela de Drishtit, al pie de la empinada montaña. He querido visitar la casa de Afradita y, en el bar de Drishtit, encuentro a Sadik y a su hijo Sami, que han bajado a comprar comida y se disponen a regresar a casa después de cargar el burro que transporta las compras. Se ofrecen como acompañantes y me dan la categoría de invitado, cosa que garantiza mi seguridad porque el "kanun" impide hacer ningún mal al invitado de un vecino. Durante la larga ascensión hasta el pueblo, Sadik narra la pobreza extrema en la que él y sus vecinos viven y cómo más de la mitad del pueblo, que no tiene agua corriente en las casas, ha tenido que abandonarlo y marchar a la emigración. La salud de los habitantes tampoco es muy buena. En una casa encuentro a una anciana que lleva treinta años postrada en una cama y sólo come pan y agua. El propio Sadik explica que le falta un riñón y cómo el día que le operaron el médico se dejó las pinzas dentro. Sadik tose como un condenado, fuma, bebe. Su hijo nos mira. Tiene un brazo inútil debido a una fractura mal curada.
–Te doy la casa, te doy la vida, si me das dinero para curarle el brazo –dice Sadik.
La casa la ha reparado gracias al dinero recibido de un familiar que trabaja en Grecia. Ha tardado ciento veinte días en subir los materiales a lomos de mula, diez burros, todos los días de sol a sol.
Comemos. Bebemos. Al final se sincera: él también hubiera matado a su hija si se hubiera prostituido. Todos, dice, lo habrían hecho. Es una cuestión de honor.
Honor. Pobreza. Mujeres en busca de un futuro, traficadas por las redes, vendidas a veces por los suyos. "Hay que ver las ganas que tienes de estar aquí", dice el simpático conductor de la Casa de Campo.
Albania reúne todos los requisitos para nutrir este comercio humano norte-sur: es uno de los países más pobres y desestructurados de Europa, sus chicas de ojos claros y piel blanca tienen una buena salida comercial, todavía existen muchas zonas apartadas donde es fácil engañar a las hijas de los campesinos (el mundo rural es el lugar predilecto para captar a las chicas, como ocurre, por ejemplo, en Lituania o Moldavia) y, finalmente, las redes albanesas, nacidas durante la transición y capitalizadas con el tráfico de gasolina y armas durante la guerra en la ex Yugoslavia y el tráfico de emigrantes y drogas, disponen de estructuras delictivas muy eficaces. Unas redes que, además de mover "el material", saben cómo lavar el dinero de sus negocios criminales: además de las facilidades que nuestros países ofrecen para las inversiones en dinero negro, su propio país se ha convertido en una de las mayores lavanderías del dinero sucio que las mafias albanesas obtienen en Europa.DIANA (La violación)"Ocurrió en un hotel. Entramos por el parking. Me acompañaba la señora de Madrid. Recogió el dinero y me dejó con un hombre. Era muy fuerte, alto. Joven. Tuvo más fuerza que yo y me violó.
Yo creo que en la casa me ponían algo en la comida porque siempre estaba grogui. Ellos discutían si ahora ya me podían llevar al Nou Camp para hacer la calle. Pero tenían miedo porque yo era muy rebelde. Así que decidieron devolverme a Madrid. A la entrada de la ciudad, salté del coche en marcha. Rodé por el suelo. Perdí el conocimiento. Al parecer, ellos huyeron. En el hospital me pusieron un intérprete. Expliqué mi historia."
(Al salir del hospital, Diana fue a vivir a una institución que acoge a las ex prostitutas y les ayuda a rehacer su vida. Después de un año y medio encontró un trabajo en una tienda. Desde hace unas semanas vive con su novio, un español. "Él lo sabe todo
–dice– y me trata bien; pero a veces me quedo callada, triste." Casi todos los días pasa por el Nou Camp camino del gimnasio, se cruza con las chicas de la calle y piensa que ella podría estar entre ellas.)
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