20/05/2012

Birmania cambia a dos velocidades

Texto y fotos de Txell Bonet
Tras el fin del arresto domiciliario de la Nobel birmana Aung San Suu Kyi, su país ha vivido más cambios en el último año y medio que en cinco décadas. Después de las elecciones parciales de abril, la comunidad internacional ha mostrado apoyo a las reformas del Gobierno. En el área económica, las cosas se mueven rápido, pero la transición hacia la verdadera democracia va más despacio

Peluquería de un barrio popular de Rangún con una de las camisetas de propaganda de Aung San Suu Kyi, que han dejado de estar prohibidas

Con las cuatro de la mañana. Se oye un ruido metálico. Es la persiana del restaurante Shwe Htoo. Se abre puntual como cada día, sin descanso, y Soe Htet Naing empieza su jornada de 10 horas. Como siempre, los chicos del segundo turno lo dejaron todo limpio a medianoche, y ahora él sirve la mohinga. Es una sopa de pescado con fideos que, para los que se la pueden permitir, es el desayuno nacional birmano.

Soe Htet Naing afirma tener 14 años. Quizá tiene razón, y parece ser más pequeño debido a la complexión asiática. Cobra unos 20 euros al mes, pero los dueños del local, situado en la bulliciosa y céntrica Anawarahta Road de la ciudad de Rangún, le procuran el alojamiento. Es uno de los muchos adolescentes venidos de las castigadas zonas rurales que buscan oportunidades en la que fue la antigua capital. Ha crecido oyendo hablar esperanzadamente de Aung San Suu Kyi y de la democracia, pero sin saber realmente de qué se trataba. La dama era una presencia fuera de campo, una piedra en los zapatos para los militares de la Junta, pero a quien no había visto nunca hasta el fin de su arresto domiciliario y su campaña electoral por todo el país. Y lo de que Soe pueda conocer la democracia aún no tiene fecha exacta en el calendario.

Gracias a las elecciones parciales del pasado 1 de abril, en Birmania se han producido escenas públicas imposibles de ver durante medio siglo de férrea dictadura. En un ambiento festivo, miles y miles de ciudadanos de todas las edades han agitado banderas del partido de Suu Kyi, la Liga Nacional para la Democracia (NLD). Su rostro se repite en pósters, adhesivos y camisetas. Ha habido largas caravanas de respaldo tras los mítines, con el hip-hop como banda sonora que ha conectado con los más jóvenes. Y ha sido posible que los votantes, al salir de los colegios electorales, pudieran declarar a medios extranjeros como el Magazine: “Estoy muy feliz, me siento muy libre, he podido votar al NLD”. El pueblo ha perdido el miedo y no esconde su sonrisa.

Las elecciones fueron un éxito, sobre todo para el gobierno, que a escala internacional ha conseguido legitimar su apertura. Estaba en juego sólo un 7% de los escaños que habían quedado vacantes en el Parlamento. Pese a que casi todos fueron ganados por el NLD, y Suu Kyi entra legalmente en la vida política, su triunfo es básicamente simbólico, y el presidente del partido, U Tin Oo, lo tiene muy claro. Este anciano de 85 años confiesa desde su mesa en la sede del partido: “No nos sentimos extremadamente orgullosos de tener esta pequeña representación”.

“Tras una larga lucha –añade– y sufrimiento en estos 24 años, queda un trabajo tan enorme para conseguir la verdadera democracia, que no podemos decir de manera exacta que estamos contentos, porque esto es sólo una pequeña pieza de esta lucha que continúa”.

Hasta ahora, todo el mundo está haciendo su papel en este proceso de cambio birmano dirigido desde dentro por los propios militares, deseosos de mantener su impunidad. Se inició incluso antes de las cuestionadas elecciones generales de noviembre del 2010, las primeras en dos décadas. Las que dieron lugar al primer gobierno civil, con el exmilitar Thein Sein.
Una vecina del barrio de Ahlone con un cheroot, un puro recubierto de una hoja de maíz, típico de la época del imperio británico
A diferencia de estas últimas elecciones, no se dejó entrar ni a periodistas y ni a obser­vadores internacionales.

La estrategia del país para recolocarse y salir de su aislamiento en el panorama actual globalizado empezó con la hoja de ruta ideada por el presidente Khin Nyunt. Una Convención Nacional escogida a dedo diseñó una nueva Constitución, aprobada en un referéndum sin garantías en el 2008. La que Suu Kyi y su partido querían “respetar” y no “salvaguardar”, como finalmente tuvieron que decir en el juramento para poder tomar asiento en el Parlamento, donde un 25% de los escaños está reservado a los militares, como reza esa Carta Magna.

Además, con vista a las próximas elecciones generales del 2015, “según uno de los puntos de esta Constitución, ella no puede presentarse como presidenta porque no puede serlo nadie que tenga pasaporte no birmano, o que no lo tengan su cónyuge o hijos”, recuerda Rune Hersvik, un ingeniero noruego que ha venido a la sede del NLD para reunirse con U Tin Oo e invitar a Suu Kyi a su país en la que será su primera salida de Birmania desde 1988.

Rune Hersvik fue uno de los que consiguieron la licencia del gobierno noruego para que desde allí, el medio Democratic Voice of Burma enviara emisiones vía satélite a Birmania. Gracias a ellos, la población accedió a informaciones no censuradas. Sus reporteros se jugaron el pellejo, y el mundo entero pudo ver las imágenes de las brutales represiones contra las manifestaciones de monjes y población civil durante la revolución azafrán en el 2007. Hersvik espera su cita de manera paciente y educada, pero este hombre extremamente discreto no puede ocultar su satisfacción por haber podido entrar en el país: “Debido a mi implicación para crear este medio libre, hasta ahora yo estaba en la lista negra y no podía obtener un visado”.

El nuevo Gobierno también ha empezado a hacer la vista gorda con la libertad de prensa. Se han dado situaciones curiosas como que “el Ministerio de Información nos compre un artículo o foto para la portada de su periódico gubernamental”, presume en voz alta y no susurrando, como hablaba en encuentros anteriores, el periodista Nyan Linn. Es uno de los fundadores del medio digital Yangon Press International. Cuando ayudó al Magazine para la entrevista a Aung San Suu Kyi tras su liberación (publicada el 13 de febrero del 2011), no se atrevía a acercarse a los despachos del NLD y ayudaba a localizar el edificio desde dentro de un taxi al que, para despistar, se le pedía otro final de ruta. Nyan Linn se despide contento diciendo: “Ahora podéis publicar mi nombre”.
Una de las muchísimas tiendas de oro y piedras preciosas del mercado de Bogyoke Aung San
Hicieron falta pocos días tras las elecciones parciales para que Canadá suspendiera las sanciones económicas, la Unión Europea también, de momento por un año, y Estados Unidos declarara querer relajarlas. Los elogios a las reformas van acompañados de una letra pequeña: acabar con los conflictos armados y la violencia hacia las minorías étnicas, y la salida del resto de los presos políticos que no fueron liberados en la amnistía del 13 de enero de este año.

Uno de los liberados fue Ko Ko Gyi, un líder estudiantil durante el levantamiento de 1988 que se ha pasado 18 años en la cárcel. En la entrada de su organización, cerca del hospital Aung Yadana de Rangún, sorprende que se salude con el también ex preso político Min Ko Naing, riendo y haciendo bromas. “Tengo muchas ganas de visitar España, en la prisión leí un libro donde decía que sus habitantes son muy divertidos y llenos de humor”, dice. La burocracia hace que Gyi, de momento, no tenga pasaporte para comprobarlo, pero nadie mejor para enseñar que el humor es una de las mejores armas contra la adversidad.

Si Suu Kyi se vio involucrada en esta lucha a partir de los 43 años, separándose de su familia, a Ko Ko Gyi le pilló en la juventud. Como muchos de su generación, se entregó a la causa como si fuera su amada, e igual que Suu Kyi, ha sacrificado su vida personal: “Sí, pero yo no quiero mencionarlo, porque hemos hecho una inversión para nuestra comunidad, y eso es mucho más importante que las pérdidas personales. No me arrepiento. Estamos orgullosos y satisfechos. Y el sentido del humor ha sido determinante. Si no lo tienes, estás cansado y enfadado. Cuando en la cárcel nos torturaban, ¡hacíamos bromas entre nosotros de lo que nos pasaba! Cuando nos golpeaban, hacíamos una danza muy bonita para intentar evitar los golpes. Esto y el budismo theravada nos han ayudado a soportar el sufrimiento. Ahora todo el mundo habla de cambio, cambio, cambio, repitiéndolo hasta la saciedad. Pero las clases más pobres no están viendo estos cambios, y el problema es que en Birmania estas clases son las más amplias”.
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