La historia que nació con Juan Carlos I
y generosidad con ayuda de algunos de sus protagonista

¿Queda algo por contar de la transición? ¿Cómo ha cambiado España a lo largo de estos años? En todo periodo de historia hay unas zonas oscuras. Pero lo que prevalece en los que la viven con la falta de perspectiva que da el paso del tiempo son hechos concretos. La memoria del reportero se funde en este trabajo con la memoria de Alfonso Osorio, vicepresidente del gobierno de Adolfo Suárez que afrontó la transición, y con testimonios de gentes que la apoyaron no sin antes hacer la travesía del desierto dudando de los deseos democratizadores del Rey.
ALFONSO OSORIO.– El reinado de don Juan Carlos, aunque se inicia formalmente tras la muerte de Franco, no comienza realmente hasta que Adolfo Suárez es nombrado presidente del gobierno. Con Carlos Arias, don Juan Carlos recibió un presidente heredado, lleno de vacilaciones. Arias sentía la necesidad de llevar a cabo un cambio, pero, dramáticamente, no sabía cómo realizarlo, entre otras cosas porque se sentía leal a la memoria de Franco.
La decisión del Rey de designar presidente a Suárez fue acertada porque se necesitaba un hombre que tuviese en sus manos la llave para abrir el Movimiento, especialmente el mundo del Consejo Nacional. Salvo Suárez, ninguno de los que éramos ministros en el gobierno de Carlos Arias teníamos esas condiciones. No las reunía Fraga, ni Areilza, ni yo, al que por entonces se veíacomo un peligroso liberal. Al Rey le había oído decir en más de una ocasión: “El presidente del gobierno que haga la reforma saldrá del primer gobierno de la monarquía y tendrá que ser un hombre poco comprometido con la situación anterior, pero lo suficientemente adecuado para poder abrir las puertas hacia un sistema democrático”.
(Francisco Bobillo era por entonces uno de los hombres de confianza de Enrique Tierno Galván y de Raúl Morodo, líderes del Partido Socialista Popular. Recuerda que el PSP editaba mensualmente El Socialista del Interior, “cuatro hojas impresas en multicopista por ambas caras, idea de José Antonio Novais, corresponsal en España del diario Le Monde. Tres mil ejemplares de cada número, a lo largo de diez años, en los que al referirse al príncipe don Juan Carlos nunca se le nombraba: cuando se referían a él, siempre era “la persona designada por el general Franco para sucederle”.)
A.O.– Si la elección de Suárez fue acertada, el problema que resolver fue con quién gobernaba. Adolfo se dio cuenta, desde el primer momento, de que no podía gobernar con los hombres que habían estado con él en la estructura del Movimiento, con los que pudiésemos llamar sus amigos políticos. Le di una mano poniendo a su disposición muchos de mis amigos democristianos, no en el sentido militante sino en el de gentes que habían recibido formación de esas características en el seno de la Asociación Católica de Propagandistas y considerábamos que éramos discípulos de don Ángel Herrera Oria. Así se formó aquel gobierno en el que Landelino Lavilla, Marcelino Oreja, Enrique de la Mata, Andrés Reguera y yo mismo procedíamos de ese sector y, en cierta medida, también Pérez Bricio y Leopoldo Calvo Sotelo. Todos teníamos absolutamente claro que no había otra salida que ir hacia una solución democrática en serio, no de nombre, y que por lo tanto había que contar con las fuerzas que representaban todo el arco político. Suárez lo dijo en su discurso ante las Cortes: “Hacer normal en el ámbito político lo que en la calle es normal”. Para que eso fuese posible era fundamental la figura del Rey.
(Ellos lo tenían claro, pero la oposición desconfiaba porque no había mantenido ningún contacto con el príncipe, aunque poco antes de las elecciones de junio del 77 gente influyente del mundo opositor escuchó el primer mensaje sobre el proyecto democratizador en boca de Nicolás Franco Pascual de Pobil. Hablaba a título personal, pero, cuando menos eso le pareció o quiso interpretar el sector opositor que escuchó sus palabras, parecía ser portavoz oficioso de don Juan Carlos. Nicolás era amigo y coetáneo del príncipe, lo que permitía creer que hablaba en su nombre. Su amistad venía de años de infancia, en los que don Juan Carlos vivía en Portugal como exiliado, y Nicolás, como hijo del embajador en Lisboa, hermano mayor de Franco.)
A.O.– Del Rey se ha hablado mucho sobre sus grandes éxitos, pero se sigue hablando poco del hecho de un Rey que, habiendo recibido de Franco todos los poderes propios de un sistema autocrático o autoritario, fue cediendo todos y cada uno de esos poderes hasta ser un rey democrático, parlamentario y, en gran parte, una figura decorativa sin dejar de ser arbitral. Todo su poder autocrático lo fue dejando paulatinamente a la soberanía nacional que emana del pueblo y no a sus amigos, su círculo de poder o sus favoritos.
(¿Renuncia voluntaria o en cierto modo forzada por el tiempo que le toca vivir? De las actas de los debates constitucionales, ¿emanan tensiones entre los que defendían al Rey arbitral y los que postulaban que no renunciase a sus poderes? En todo caso, el prestigio del Rey se forjó como motor de la transición y con su actitud el 23-F, al tener que afrontar el intento de golpe de Estado con el gobierno secuestrado en el Congreso. ¿De quién recibió don Juan Carlos su fe democrática? Con su padre no parece que haya hablado mucho de política. Quizá nada. Don Juan, más que un demócrata convencido, era un hombre que quería usar la democracia para derrocar a Franco y ser rey. “Quizá don Juan Carlos recibió siendo príncipe consejos en el extranjero. Si como príncipe no podía mantener contactos con socialdemócratas españoles, sí pudo mantener en sus viajes al extranjero conversaciones con socialdemócratas alemanes, demócratas de Estados Unidos o Giscard d´Estaing”, que parece que tuvo un papel de mentor en un momento dado”, opina Bobillo.)







