24/08/2008
Postales muy americanas
Texto de José Martí Gómez
Las imágenes de Estados Unidos mil veces vistas en el cine y en los medios de comunicación responden en muchos casos a los tópicos formados. Pero también sirven para aportar un análisis más profundo del alma de un país fascinante y diverso, que merece ser recorrido con la mirada más inteligente.

Los establos y la iglesia de Waits River dibujan el típico paisaje de un pueblo de Vermont, en el nordeste de Estados Unidos
Denver
Dices “Denver”, y el interlocutor añade “Colorado”. Son las reminiscencias de las lecturas de novelas de Zane Grey y sus conductores de rebaños. De los años de la fiebre del oro, los saloons y la expansión del ferrocarril. El recuerdo de la trashumante generación beat (véase El primer tercio, en Anagrama, memoria de los años pasados en Denver por el Neal Cassady que inspiro a Kerouac su personaje central de En la carretera). En esta ciudad que a lo largo de su accidentada historia ha sido testigo de grandes crisis y cambios, inicia Barack Obama, de forma oficial, la carrera que puede llevarle a la Casa Blanca. Según el almanaque de The New York Times, Denver, con cerca de seiscientos mil habitantes, tiene la población más joven de Estados Unidos, la que asiste más al cine y, por residente, es la ciudad del mundo con más tiendas para venta de material deportivo. Una ciudad inmersa en grandes cambios humanos y estructurales, ideal para catapultar el gran cambio.
Dices “Denver”, y el interlocutor añade “Colorado”. Son las reminiscencias de las lecturas de novelas de Zane Grey y sus conductores de rebaños. De los años de la fiebre del oro, los saloons y la expansión del ferrocarril. El recuerdo de la trashumante generación beat (véase El primer tercio, en Anagrama, memoria de los años pasados en Denver por el Neal Cassady que inspiro a Kerouac su personaje central de En la carretera). En esta ciudad que a lo largo de su accidentada historia ha sido testigo de grandes crisis y cambios, inicia Barack Obama, de forma oficial, la carrera que puede llevarle a la Casa Blanca. Según el almanaque de The New York Times, Denver, con cerca de seiscientos mil habitantes, tiene la población más joven de Estados Unidos, la que asiste más al cine y, por residente, es la ciudad del mundo con más tiendas para venta de material deportivo. Una ciudad inmersa en grandes cambios humanos y estructurales, ideal para catapultar el gran cambio.

Un país de paradojas
En Estados Unidos, el idealismo del Oeste coexiste con la conciencia puritana de gentes del Este. El sentido de la negritud, y la seriedad de los judíos y los católicos irlandeses. Es un país de opulencia y de pobreza. De cultura de mass media y de elites, y de revistas literarias coexistiendo con centenares de cadenas de televisión. Un país en el que individualismo, sexo y depresión son obsesiones que conviven junto a la solidaridad, el optimismo y la fe en el hombre, lo que da lugar a que proliferen predicadores y embaucadores, iglesias y sectas, organizaciones humanitarias y negocios oscuros que no cuestionan las muertes siempre que haya rentabilidad. Estados Unidos es uno de los países en los que se come y se viste peor, pero en él hay más información que en ningún otro lugar dedicada a la moda y la cocina. La América del Atlántico es puritana y sofisticada. La del Pacífico es liberal y dinámica. La del Oeste, que nadie te sabe explicar claramente dónde empieza, puede definirse como la del norteamericano del espíritu de los pioneros sentados en el viejo porche de la casa de la pradera. Y están los hermosos Estados Unidos del sur y los estados de las inmensas llanuras en los que se alternan riqueza y pobreza, progreso y caciquismo, integración racial y racismo. Nueva York no es América. Tampoco lo es San Francisco. Ni Chicago, con su prodigioso horizonte de rascacielos a la orilla del lago Michigan. Los inquilinos de la Casa Blanca sólo representan a media América. En el país del capitalismo todavía hay marxistas que teorizan y grupos de anarquistas que se movilizan. El soccer o fútbol de competición no interesa a casi nadie, pero doce millones de niños y niñas lo juegan en equipos federados. Este es un país que, como todo país, tiene cosas buenas y cosas malas.
En Estados Unidos, el idealismo del Oeste coexiste con la conciencia puritana de gentes del Este. El sentido de la negritud, y la seriedad de los judíos y los católicos irlandeses. Es un país de opulencia y de pobreza. De cultura de mass media y de elites, y de revistas literarias coexistiendo con centenares de cadenas de televisión. Un país en el que individualismo, sexo y depresión son obsesiones que conviven junto a la solidaridad, el optimismo y la fe en el hombre, lo que da lugar a que proliferen predicadores y embaucadores, iglesias y sectas, organizaciones humanitarias y negocios oscuros que no cuestionan las muertes siempre que haya rentabilidad. Estados Unidos es uno de los países en los que se come y se viste peor, pero en él hay más información que en ningún otro lugar dedicada a la moda y la cocina. La América del Atlántico es puritana y sofisticada. La del Pacífico es liberal y dinámica. La del Oeste, que nadie te sabe explicar claramente dónde empieza, puede definirse como la del norteamericano del espíritu de los pioneros sentados en el viejo porche de la casa de la pradera. Y están los hermosos Estados Unidos del sur y los estados de las inmensas llanuras en los que se alternan riqueza y pobreza, progreso y caciquismo, integración racial y racismo. Nueva York no es América. Tampoco lo es San Francisco. Ni Chicago, con su prodigioso horizonte de rascacielos a la orilla del lago Michigan. Los inquilinos de la Casa Blanca sólo representan a media América. En el país del capitalismo todavía hay marxistas que teorizan y grupos de anarquistas que se movilizan. El soccer o fútbol de competición no interesa a casi nadie, pero doce millones de niños y niñas lo juegan en equipos federados. Este es un país que, como todo país, tiene cosas buenas y cosas malas.

Paisaje (físico y humano) conocido
La gente que ha reflejado el paisaje de Estados Unidos tiene mucho talento. Circulas por una carretera y en el destartalado motel crees ver a un misógino Anthony Perkins o a personajes de Bagdad Café. Si te paras en un restaurante griego, tienes la tentación de husmear en la cocina para ver si encima de la mesa continúan los amantes practicando el sexo antes de que el cartero llame por segunda vez. Te das una vuelta por las calles de Nueva York, Chicago, San Francisco o Miami y tienes la sensación de que ya las has pisado antes, memoria de memorables películas del cine negro que sobrevive y de seriales televisivos de hoy. Gary Cooper sigue presente en los pueblos del Oeste que preservan sus edificios de ladrillo rojo y su bandera de la Unión en el porche, y al mirar hacia el horizonte tienes la sensación de que verás aparecer a los indios galopando como en una película de John Ford. Ves en las barras de los bares los mismos personajes solitarios que pintó Hooper, figuras difuminadas por luces de neón. Los relatos de Raymond Carver los refleja la prensa a través de historias de frustración, sexo y violencia. Observas cómo un hombre coge por el hombro a una chica rubia que ha bajado del autobús en un pueblo del Medio Oeste e imaginas que esa chica que se aleja calle abajo con un contoneo insinuante bien pudiera ser la Marilyn de Bus Stop. En la calle principal de Telarait, ayer pueblo de buscadores de oro y hoy estación de esquí en la que una modesta casa no baja de los seis millones de dólares, un monolito con una placa recuerda el pasado: “Este pueblo tuvo el mayor censo de putas de todo el Oeste”. Es la paradoja de un país que ha vendido al mundo una imagen real de sus paisajes y sus gentes y no ha sido capaz de vender una buena imagen de su política.
La gente que ha reflejado el paisaje de Estados Unidos tiene mucho talento. Circulas por una carretera y en el destartalado motel crees ver a un misógino Anthony Perkins o a personajes de Bagdad Café. Si te paras en un restaurante griego, tienes la tentación de husmear en la cocina para ver si encima de la mesa continúan los amantes practicando el sexo antes de que el cartero llame por segunda vez. Te das una vuelta por las calles de Nueva York, Chicago, San Francisco o Miami y tienes la sensación de que ya las has pisado antes, memoria de memorables películas del cine negro que sobrevive y de seriales televisivos de hoy. Gary Cooper sigue presente en los pueblos del Oeste que preservan sus edificios de ladrillo rojo y su bandera de la Unión en el porche, y al mirar hacia el horizonte tienes la sensación de que verás aparecer a los indios galopando como en una película de John Ford. Ves en las barras de los bares los mismos personajes solitarios que pintó Hooper, figuras difuminadas por luces de neón. Los relatos de Raymond Carver los refleja la prensa a través de historias de frustración, sexo y violencia. Observas cómo un hombre coge por el hombro a una chica rubia que ha bajado del autobús en un pueblo del Medio Oeste e imaginas que esa chica que se aleja calle abajo con un contoneo insinuante bien pudiera ser la Marilyn de Bus Stop. En la calle principal de Telarait, ayer pueblo de buscadores de oro y hoy estación de esquí en la que una modesta casa no baja de los seis millones de dólares, un monolito con una placa recuerda el pasado: “Este pueblo tuvo el mayor censo de putas de todo el Oeste”. Es la paradoja de un país que ha vendido al mundo una imagen real de sus paisajes y sus gentes y no ha sido capaz de vender una buena imagen de su política.
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