07/09/2008

El último paríso está en el sur

Texto de Mónica Artigas
Fotos de Óscar Palomares
Un sol que no se altera. Los hijos, a un par de horas de avión y por pocos euros con cualquier low cost. Prensa en inglés, alemán, noruego y con noticias que vienen de allá. Chapuzón en marzo. Cervecita, la tortilla, la chancla. La pensión cunde más. La gente es majeta, buen rollito. Y por si fuera poco, un servicio sanitario público, ahora que hace falta cuidarse, que “olé”. Adiós Reino Unido, Noruega, Bélgica, Alemania. “Como en España no se vive en ninguna parte”, dice el local. Y el extranjero asiente. Que se lo digan a él, que al jubilarse ha escogido España como lugar de residencia

Jubilados europeos participan en fiestas como la del día del Turista que se celebra en Mijas (Málaga), con paella y espectáculo flamenco

Es difícil saber cuántos son exactamente porque muchos siguen censados en su país, pero, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, hay como mínimo 244.426 europeos mayores de 60 años que han elegido España como el lugar perfecto para vivir. La mayoría son del Reino Unido –un 52% de las compras de segunda residencia en nuestro país lo hacen ellos–, pero también hay alemanes, belgas, holandeses y nórdicos. Comienzan a aterrizar en los años 60, pero llegan en masa a finales de los 90 y principios de esta década. Se instalan en Mallorca, en Canarias, pero sobre todo, en los últimos años, pueblan la costa mediterránea, donde existen municipios como San Fulgencio y Rojales, en Alicante, o Mijas, en Málaga, cuya población foránea supera el 70% del total. Compran fincas, apartamentos, villas, houses. Algunos lo hacen en viajes que los agentes inmobiliarios montan en su país. Gratis. Salen un lunes en un vuelo chárter y llegan el domingo a casa con el apartamento comprado. Pispás. Sea del tamaño que sea, es un techo que limita con un cielo azul intenso. Y ese, en su gris país natal, es el sueño común.
Los jubilados suelen convivir en microcosmos donde se cuela poca cosa de la Europa del sur. Como mucho, la siesta y alguna paella. Han importado clubs de sus países, aficiones, deportes, desde el nordic walking a la Oktoberfest. Tienen sus propias publicaciones. Dicen estar encantados con la cultura española, pero la gran mayoría no llega nunca a hablar el idioma. Los servicios los buscan en su propia lengua: inglés, danés, alemán, noruego, lo que sea.
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