Ken Follett
Se puede ser malvado por cruel, por ambicioso, pero también por estar lleno de odio interior

En 1999, diez años después de publicar Los pilares de la Tierra, Ken Follett escribió una breve introducción para una nueva edición de la novela que lleva vendidos cinco millones de ejemplares. En esa introducción decía que no creía en Dios y que, en opinión de su agente, tenía el defecto, como escritor, de ser un hombre sin espíritu atormentado.
Diez años después de escribir esa introducción, veinte años después de haber escrito Los pilares de la Tierra, Ken Follett bebe pausadamente un trago de agua y se reafirma en aquellas palabras mientras espera que llegue la hora de firmar ejemplares de Un mundo sin fin, del que lleva vendidos más de millón y medio de ejemplares en castellano y catalán.
No parece que el éxito y la popularidad se le hayan subido a la cabeza tras haber conseguido triunfar con sus historias de la edad media construidas a partir de varios personajes centrales que, a lo largo de las más de mil páginas de cada uno de los dos libros, entrecruzan sus vidas en un periodo medieval muy documentado. Las novelas de Ken Follett abarcan varias décadas de las vidas de los personajes en las que se mezclan la fe religiosa que levanta catedrales e iglesias junto al sexo y el comercio; la violencia, el amor y las guerras; las revoluciones, la peste negra y esbozos de pequeños detalles que enriquecen la historia, las anécdotas de vida cotidiana, como el remedio de la miel como antiséptico.
Ken Follett no cree en Dios, pero la penumbra, el silencio de las grandes iglesias cuando no hay oficios religiosos, le dan paz, serenidad, calma. Por eso trata de visitar iglesias y catedrales cuando viaja por el mundo. Cree que el misterio de por qué las grandes iglesias dan al visitante paz, calma, serenidad incluso a los que no son creyentes está relacionado con la arquitectura. Una gran iglesia casi siempre suele ser bella, y Ken
Follett cree que esa belleza te hace sentir su arquitectura como en
carne propia.
El mundo que relata en sus dos novelas sobre la edad media es muy cruel.
Lo era, sí. Y también era injusto y sucio. Un mundo en el que se sufrían muchas enfermedades y había más asesinatos y violaciones que hoy.
Y niñas que, como sucede hoy, se prostituían por hambre a los 13 años.
No sólo es cierto: además es terriblemente dramático. Muy triste.
Y, como hoy, había muchos tipos sin escrúpulos...
Fue una buena época para esa gente Creo que uno de mis personajes, Godwyn, es una de esas personas. Un hombre que ha perdido sus valores humanos. Otro personaje clave de mi novela, Ralph, es malvado, pero él cree que tiene unos valores morales. Desde su punto de vista, no se considera una mala persona. Existen distintas maneras de ser malvado.
Para usted ¿qué es la maldad?
Uumm... No tengo respuesta. Pregunta difícil de responder porque la maldad es un término muy generalista.
¿Cómo describe la maldad en sus novelas?
A través de personajes complejos que con sus conductas nos van revelando diversas manifestaciones que podríamos definir como propias de unos malvados: se puede ser malvado por ser egoísta, por cruel, por ambicioso y también se puede ser malvado por indolencia o por estar lleno de odio en tu interior. Un debate interesante el de la maldad. Sería inacabable.
Leyendo Un mundo sin fin llega uno a la conclusión de que en la edad media se vivían situaciones que también se viven hoy.
Hay cosas en el mundo que no cambian nunca.
Por ejemplo, escribe usted que en la edad media los gremios de artesanos frenaban el intrusismo. O que entonces ya había sobornos, con lana concretamente.
Sí. Hay muchas cosas similares, pero no trato de trazar esos paralelismos. El mundo es el que es.
¿El ser humano ha cambiado muy poco?
Creo que básicamente los seres humanos seguimos siendo los mismos. La fascinación por la edad media reside en que unas personas como nosotros vivían en un mundo mucho más duro y más cruel que el nuestro. Una de las cosas por las que disfrutan los lectores de Los pilares de la Tierra o Un mundo sin fin es porque les permite verse a sí mismos preguntándose: ¿cómo hubiésemos podido sobrevivir en un mundo como aquel?
Usted es un gran constructor de grandes historias sobre construcción de grandes iglesias.
Eso es lo que intento ser.
¿Le han servido de algo los años en los que trabajó de periodista?
Me ayudaron a que mi escritura fuese más fluida, pero también tuve que vencer algunos problemas. Como periodista estaba habituado a escribir con un estilo digamos que duro y necesité cierto tiempo para adaptarme a un estilo más literario.
¿Ha descubierto ya el misterio que existe entre la altura y los cimientos de las grandes catedrales?
Recuerdo que cuando hace veinte años escribí Los pilares de la Tierra percibí una regla básica: la catedral tiene que ser tan profunda como elevada.
¿Cómo era la vida de las mujeres en los pueblos o ciudades de la edad media, con los hombres en las guerras, el comercio o construyendo grandes catedrales?
En la edad media todo el mundo decía que las mujeres eran intelectualmente seres inferiores. Unos seres incapaces de poder controlar sus emociones. Físicamente débiles. Esa percepción de la mujer hacía que, en general, su vida fuese muy dura y estuviese supeditada a los hombres. Pero analizando la historia de la edad media con detenimiento, encontramos a mujeres que tuvieron mucho poder. Mujeres dedicadas al comercio o la artesanía. Mujeres que gestionaban prioratos poderosos por su influencia en la comunidad en la que se ubicaban. También eran poderosas las condesas. La edad media fue una época en la que Inglaterra tuvo una reina tan poderosa como para poder matar a su marido, el rey, y colocar en el trono a su hijo primogénito.







