La ruta de los moriscos

Siguiendo a Fátima y a su amado Hernando, el escritor va a las caballerizas reales, donde Hernando, también llamado Ibn Alamid, doma caballos y colabora con clanes secretos musulmanes. “Construidas por Felipe II, aquí se creó una nueva raza de caballos cortesanos, la española. Este edificio albergó hasta dos mil caballos y ya me impactó cuando visité Córdoba por primera vez, porque fui jinete de saltos y aún monto a caballo.” Hernando es un niño morisco de las Alpujarras, crece en Córdoba e intenta salvar y transmitir su cultura frente a un cristianismo que controlaba todos los movimientos de los moriscos y elaboraba listas de los que iban a misa y de cuándo se confesaban. “Como Cisneros quemó cientos de miles de libros musulmanes, los moriscos intentaron sincretizar las dos religiones mediante los Libros Plúmbeos y llevar al ánimo cristiano que los musulmanes no eran tan indeseables como creían. Lo hicieron con láminas de plomo escritas en árabe, medallones, huesos, cenizas y reliquias. La paradoja es que el Papa los declaró heréticos porque consideró que las reliquias eran falsas, pero el obispo de Granada las declaró auténticas y aún se veneran.”
Camino de la judería, tiendas para turistas, joyerías que comercian con plata de Córdoba y artesanos de la piel repujada. En tiempos de su novela, los judíos ya habían sido expulsados y los moriscos ocuparon su aciago puesto. Un alto en el palacio de Viana, “es el vivo ejemplo de los palacios que aparecen en las vidas de Fátima y Hernando”. Anochece ya cuando Falcones mira la carta de un restaurante en lo alto de una terraza. “Salmorejo y chuletas de lechal, pero que sean de palo.” Mientras, otra mirada sobre la ciudad de Averroes. “En Córdoba se encuentra la conjunción de dos culturas y dos religiones porque no derribar la mezquita fue fundamental. Son dos estilos arquitectónicos muy diferentes, y hay gente que no le gusta, pero quien se fije verá que las dos religiones se viven en toda la ciudad antigua y le será fácil imaginar cómo fue aquella época.” La camarera tiene los ojos tan grandes y negros como Fátima.
La historia de la sublevación y la represión de los moriscos le ha llevado durante tres años por Valencia, Córdoba, las Alpujarras y Granada. “Dentro de la estructura española, Granada era una ciudad mora sin historia cristiana. Por eso Córdoba no es comparable a Granada, ni tampoco a Sevilla o Toledo, que siempre quisieron superar esa lacra.” De regreso al palacio del Bailio, pasa por la calle Imágenes. Un cartel dice que ha sido “tomada por los vecinos” y la han llenado de flores hasta rebosar. Unas pancartas ironizan sobre el continuo comprar y vender casas en ese dédalo de callejuelas. “En Córdoba se vive el casco antiguo porque no fue abandonado. Es una ciudad limpia, pulida y hospitalaria, sin ruido de coches ni bocinazos. Su encanto se debe a un conjunto de cosas: el ambiente, los edificios, el clima…”
La luna llena platea el patio del palacio. Un vino fino, dulce y negro invita a hablar de literatura en la ciudad de Góngora. “No he hecho una novela histórica sobre los moriscos porque todo eso está ya escrito en crónicas y en libros historiográficos. Yo empiezo a urdir historias, las uno y las sitúo en una época, que es distinto.” Vida, amor, muerte y secretos se entrecruzan en cada una de ellas como en una filigrana arabesca. Y algo recuerda las tramas de El Quijote, que también anduvo por Córdoba. Antes de ir a dormir, última pregunta: ¿a qué huele Córdoba? “Depende de la época. Ahora, a naranjos y azahar.” Fátima ya sueña.

Como Cervantes, Falcones eleva a mito literario la popular plaza del Potro y su fuente.








