Stephen Hawking
"Hemos de emigrar urgentement a otros planetas"

Hawking, con el ordenador con el que se comunica, que va adosado a su silla de ruedas, en un hotel de Santiago de Compostela. Con la mejilla golpea el sensor que pende de las gafas para marcar las letras en la pantalla
No es fácil entrevistar a Stephen Hawking, uno de los científicos más importantes del planeta y el más mediático y conocido de todos, a causa de una enfermedad que le impide moverse, le obliga a viajar con un equipo de siete personas, desplazarse en una moderna silla de ruedas –que, apretando un botón, se convierte en cama para que pueda hacer la siesta– y hablar a través de un complejo equipo informático, que activa con el movimiento de su mejilla y que le permite una velocidad de tan sólo una o dos palabras por minuto.
Hawking habla escribiendo a través de un ordenador desde que en 1985 le practicaron una traqueotomía. Si se equivoca, mueve frenéticamente la mejilla para borrar la palabra mientras una gota de sudor se desliza por su sien. Una vez da el visto bueno a lo escrito, con otro leve movimiento de pómulo, activa un sensor en sus gafas que a la vez pone en marcha un sintetizador de voz que lee sus frases.
“Como pueden ver, la máquina tiene acento americano –explica–, al principio me molestaba, pero ahora me he dado cuenta de que me sirve para ligar, me hace más joven.” Su sentido del humor se mantiene intacto (“si no, la gente ni se me acercaría, ¿verdad?”), ajeno al hecho de que, día a día, avanza su parálisis y de que, desde hace dos años y medio, ni siquiera puede mover los dedos. El Magazine le acompañó, con calma, durante una semana, en la visita que realizó a Galicia a finales del pasado septiembre, donde recibió el I premio Fonseca de divulgación científica. Una parte de las preguntas le fue facilitada con tiempo y la trajo ya respondida desde Cambridge, otra parte la respondió en su habitación del hotel. Otras pocas, en el momento, durante sus visitas al cabo Fisterra o Santiago, en un proceso lento del que surgían monosílabos o frases muy cortas. Y, finalmente, su asistenta, Judith Croasdell, le ayudó a completarlo todo con frases que Hawking ya había grabado otras veces.
Tras el impacto inicial, uno enseguida se acostumbra al sistema de comunicación de este hombre de ojos azules, pelo rubio y mirada dulce, que se mueve extrañamente entre multitudes que le aclaman, como si fuera una estrella del rock, pues se han tenido que hacer obras en su hotel para acogerle y le sigue un séquito de varios cuidadores físicos, un médico, una secretaria y un informático. Este último, Sam Blackburn, cuenta que “su ordenador tiene 3.000 palabras introducidas, pero él puede deletrear las que quiera, activando el ratón con el sensor. Todo es lento, y a veces interfiere la luz del sol, pero es el único sistema posible”. El pasado abril, una infección pulmonar hizo temer por la vida de este hombre de 67 años, pero al cierre de esta edición su familia apuntaba que su salud había mejorado.
A pesar de todas sus limitaciones, Hawking marcó en Galicia un intenso ritmo a su equipo y cambió constantemente su programa para visitar lugares no previstos. Todo a su alrededor es un emocionante canto a la fuerza de la voluntad y a superar las propias limitaciones.







