13/09/2009

John Forbes

“La locura es un sueño del que se puede despertar”

Texto de Xavi Ayén
Fotos de Kim Manresa
John Forbes Nash estuvo 25 años fuera de la realidad. Su esquizofrenia le alejó de la racionalidad, pero de vuelta a ella recibió el Nobel de Economía y consiguió –y sigue en ello– traducir a lenguaje matemático una amplia lista de complejas relaciones humanas. Muchos le conocen por la película Una mente maravillosa, para él una buena historia de ficción, aunque sabe que su excepcional cerebro le ha ayudado a dar grandes pasos en el conocimiento.

El profesor John Nash, en una aula de la Universidad de Princeton, donde está ahora totalmente dedicado a la investigación

Al volante de su propio coche, John Nash, de 81 años, muestra el campus de la Universidad de Princeton, que mantiene todo el encanto de sus tradicionales casas de piedra, sus iglesias góticas y sus árboles centenarios. “Aquella torre de ladrillo rojo es el mítico edificio Fine –explica el conductor–, acogió a los mejores matemáticos del mundo. Y allí al fondo, observen, es el nuevo edificio que nos ha construido Frank Gehry.” Al llegar a su modesto despacho, en la puerta, hay enganchada una nota escrita a mano: “Admirado profesor Nash, somos Isabelle, Nancy y Meredith, tres estudiantes universitarias de Sydney, de 20, 21 y 23 años, de viaje a Nueva York, y que nos hemos desplazado hasta Princeton tan sólo para conocerle. Por favor, si tiene un momento, llámenos por teléfono al número (…), nos haría muy felices conocerle, no sabe cuánto. Le admiramos”. Debajo del papel cuadriculado, hay un fotomatón de las tres chicas, bellas y sonrientes, en la flor de la vida.

El profesor Nash, como si estuviera acostumbrado a estas cosas, arranca el papel, lo arruga en su puño y lo lanza a la papelera, mientras balancea su cabeza y exclama: “¡Ay, ay…! Esto me sucede por culpa de la película… Deben de estar enamoradas de Russell Crowe”.

Muy a su pesar, Nash es una celebridad mundial desde que, en el año 2001, se estrenó Una mente maravillosa, la película en la que el australiano Russell Crowe interpretó su papel: el de un prestigioso científico que cae en el pozo de la esquizofrenia paranoide, una de las enfermedades mentales más terribles que se conocen, se recupera de ella milagrosamente tras 25 años de locura y, en su nueva etapa en el mundo de los cuerdos, obtiene nada menos que el Nobel de Economía.

Esa es la vida prodigiosa de John Nash. Nadie lo diría viendo su aspecto desamparado, sus esporádicos tics, su extraña lógica que le hace dar vueltas una y otra vez a cuestiones fútiles… En cualquier caso, este anciano es, para algunos, uno de los mayores científicos que ha dado la humanidad desde Einstein, y sus trabajos, que reducen la complejidad del comportamiento humano a ecuaciones matemáticas, han servido de base para notables avances de la inteligencia artificial, para estudiar las relaciones económicas o incluso para las negociaciones de desarme nuclear entre Estados Unidos y Rusia. Una vez recoge a los periodistas del Magazine en la estación de tren, junto a su esposa, Alicia, una ex alumna suya nacida en El Salvador, insiste con vehemencia en ir a comer huevos estrellados a su restaurante favorito, una cafetería decorada con fotos de los ilustres alumnos que ha tenido esta universidad, desde el actor James Stewart al ex secretario de Estado George Shulz, pasando por la actriz Brooke Shields o el astronauta Charles Junior.

¿Le gustó la película sobre su vida?
No reconozco mi vida en ese filme. Me parece una buena obra… de ficción. El libro en que se basa, la biografía de Sylvia Nasar sobre mí, contiene algunas inexactitudes, la película las acentúa todavía más e incluso introduce elementos nuevos, como alucinaciones visuales, que yo jamás experimenté, pero que entiendo que quedan muy bien en pantalla. Pueden tomarse libertades, claro, aunque para mí sea algo duro de digerir. Con Sylvia Nasar, que es una mujer con muchas cualidades, me sentí decepcionado porque me había prometido que, cuando tuviera redactado el libro, me lo daría a leer antes de su publicación, por si hubiera cometido algún error y este pudiera ser rectificado antes de la imprenta. Ese era el pacto. Y se lo saltó. No leí nada hasta que estuvo en la calle, ella lo atribuyó a las prisas del editor. Pero yo creo que es porque había errores y exageraciones que ella sabía que no aceptaría.
 
Se refiere a sus relaciones amorosas con otros hombres, a su antisemitismo y a su mal papel como padre, ¿no?
He aprendido que es mejor no entrar a discutir ciertas cosas. Pero no soy homosexual. Respecto a lo de antisemita, si se toman afirmaciones que hice en mi periodo de demencia, puedo ser cualquier cosa, claro está. Lo curioso es que la propia Nasar me ofreció al principio que hiciéramos el libro a medias y yo rehusé, le respondí que yo era parte interesada y no me sentía capacitado para revivir algunos momentos muy dolorosos. Me conformaba con echar un vistazo a su texto y hacerle mis observaciones. Alguien debió de contarle esas cosas, pero su obligación era contrastarlo, para que su obra no se convirtiera en un libelo.

¿Se ve a usted mismo como un genio? ¿Esta palabra tiene algún significado para usted?
Es agradable sentir que los demás te perciben como poseedor de un cerebro excepcional. Eso es el concepto de genio, algo social, habla de cómo te ve la gente. No es un término preciso, que defina algo que posees realmente, sino simplemente una categoría en la que la sociedad en que vives, en un momento determinado de la historia de la humanidad, te ha clasificado. Es una palabra bonita, claro, algo que me halaga, una especie de piropo, pero que no designa una cualidad objetiva.

¿Cuándo tuvo conciencia de ser más listo que los demás?
Desde el momento en que empecé el bachillerato ya me pasaba horas leyendo las enciclopedias para saber más cosas, quería saber cada vez más y más: temas de medicina, de astronomía, de zoología, de física y química… Ningún niño de mi edad hacía eso. No era un niño prodigio, no sacaba buenas notas y tenía problemas de conducta, pero acribillaba a mi padre con preguntas sobre electricidad, geología, ­climatología...
 
Usted conoció a Einstein…
Sí. Era más o menos como uno se espera tras haber leído algunas cosas sobre él: con aquel pelo enmarañado y esa claridad intelectual... Hubo un tiempo en que vivimos en la misma calle y nos veíamos, pero él iba en una dirección opuesta, y yo nunca sabía cómo abordarle. Una vez fui a verle a su despacho con algunas objeciones a sus teorías, me escuchó atentamente durante una hora y, al final, me dijo: “Tendría usted que estudiar un poco más de física, joven”. La teoría de la relatividad fue el mayor descubrimiento de su tiempo. Pero su motivación para hacer las cosas era muy política, era un alemán que huyó de los nazis y estuvo muy comprometido con la bomba nuclear, con la idea de un gobierno mundial, con el Estado de Israel… Su carrera científica, tan brillante y llamativa, vino impulsada en gran parte por circunstancias extracientíficas. No es mi modelo en eso.

¿Cómo está su hijo John, que padece esquizofrenia?
También es matemático y también está enfermo. Es duro, a veces hablamos de lo que le dicen sus voces, de lo que me decían las mías, del tipo de alucinaciones. Experimenta momentos buenos, en los que le retornan las capacidades, y otros malos, en los que sufre brotes.

Entre el desorden de su despacho, hay una foto en la que aparece usted con todo el equipo que entrenó al ordenador Deep Blue antes de que venciera a Kasparov.
Sí, me llamaron a entrenar a ese Deep Blue. Algunas de mis teorías se incorporaron a la máquina, yo soy fan de Deep Blue y de la inteligencia artificial, por supuesto. Cuantos más comportamientos humanos conseguimos sintetizar en ecuaciones, más fácil es introducir esos rasgos en una máquina.

¿En qué trabaja exactamente ahora?
Sólo hago investigación, ya no imparto clases, sobre cuestiones de la teoría de juegos. Intento analizar cómo funcionan las relaciones entre la gente, las bolsas, los movimientos de las empresas…, basándome en la racionalidad y la conducta humana, que se expresan muy claramente en los juegos. Profundizo en mis teorías sobre el conflicto racional y la cooperación. Sé que, estadísticamente, hay pocos científicos que hayan hecho grandes aportaciones a partir de los 66 años, pero en mi caso, como he interrumpido mi actividad creativa durante 25 años a causa del trastorno, tal vez pueda ser una excepción. Conozco granjeros que trabajan a los 100 años, ¿por qué no yo?

Entrevistas 1 | 2 | siguiente
de: Ramon Valencia Aquino | 21/01/2010
Me gusto mucho ese consejo a los estudiantes. Ojalá se incluyera en los textos de los libros de educación en México y ojalá le entiendan nuestros profesores.
de: Harold Kuhn | 30/09/2009
The following text is completely false: "Sylvia Nasar (...) me había prometido que, cuando tuviera redactado el libro, me lo daría a leer antes de su publicación, por si hubiera cometido algún error y este pudiera ser rectificado antes de la imprenta. Ese era el pacto. Y se lo saltó. No leí nada hasta que estuvo en la calle..." John Nash refused to have any contact with Sylvia Nash during the period during which the book was written. There was no agreement to let him read it before it was published.
de: Xavi Mira Sánchez | 28/09/2009
¿Porque no nos governará gente con un coeficiente intelectual que se asomara a una cuarta parte a la del grandísimo señor John Forbes Nash?
de: Mª Dolores Pastor | 20/09/2009
Estoy totalmente de acuerdo.
de: José María Álvarez | 15/09/2009
Por fin, alguien que sabe lo que dice.

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