18/10/2009
Percebeiros
Cazadores en el mar
Texto de Cristina Jolonch
Fotos de Carlos González Armesto
No les faltan motivos para quejarse: porque los temporales les impiden demasiado a menudo salir a la mar, porque cada vez hay más furtivos y menos captura o porque su pueblo salió perjudicado en el reparto de las costas. Pero aman su trabajo y si volvieran a nacer elegirían mil veces la dureza y el riesgo de un oficio, el de percebeiros, que les permite vivir un contacto casi salvaje con la naturaleza.

Las rocas de la costa de Cedeira son las más preciadas por la extraordinaria calidad del percebe que de allí se obtiene
No vas a ver un faro como este el resto de tu vida”, sentencia Antonio Bouzas, Toñito, sentado en el muro frente al acantilado. En ese mismo lugar en el que ve caer la tarde mientras charla con sus amigos, se reúnen cada mañana temprano los percebeiros de Camariñas para otear el oleaje y decidir si es buen día para embarcar. “Mañana habrá mar de fondo. Pero podremos salir.” Para él no hay un rincón mejor en el mundo ni un faro tan deslumbrante como el de Villano. Toñito y su compañero, Carlos Galiña, el Rubio, son de los que arriesgan. De los que se aventuran cuando otros temen salir de casa. De los que regresan cargados y jamás olvidan que cuanto peor está el mar, mejor sabe el percebe.
Hay que apresurarse y mirar al frente para no irse acantilado abajo mientras Toñito y su pandilla, que han decidido acercarse a una roca difícil, de las que a ellos les gustan, avanzan entre las piedras como lagartijas. En el camino se detienen y muestran el pedazo de costa en el que todos ellos se hartaron de recoger chapapote cuando ocurrió la desgracia del Prestige.
Como la mayoría de sus colegas, aman el oficio aunque tengan mil motivos para protestar. Este año, sobre todo, porque el mar ha sido más bravo que nunca y han podido salir poco. Dicen que en tierra tienen los mismos miedos que cualquiera. “Yo –bromea Toñito– si volviera a nacer elegiría el mismo trabajo y me casaría más tarde.” “Yo –añade el Rubio–, a lo que más temo es a tener que quedarme en tierra por el mal tiempo. Me gusta esto porque da dinero y porque trabajas para ti mismo. Es como una droga. Pero hay que ser valiente.” No les asusta morir en el mar, pero sí les acompaña el temor a quedar lesionados. A tener que depender de alguien. A no poder reptar entre las piedras: en una mano el gancho para capturar el percebe, la cabeza en alto, sin perder de vista el mar, y ágil el reflejo que les impulsa a retroceder cuando viene, amenazante, la ola. “No se le puede dar la espalda al mar. Hay que mirarlo siempre de frente, porque es muy engañoso.”
Toñito aprendió el oficio de su madre, que se jubiló hace unos años, sin haber aprendido a nadar. “Se movía muy bien por las rocas, y si ella estaba cerca, nos volvíamos con la sarandonga –la cesta en la que se recogen– vacía uno y otro. Ella sufría por mí, y yo me agobiaba.” Toñito y el Rubio siempre salen en la misma barca. Cuentan que ya eran de armas tomar cuando iban juntos a la escuela del pueblo y siguen siéndolo. “Donde va uno va el otro”, dice su amigo Manolo, también percebeiro. “Si Toñito se compra una casa, el otro también. Y si tiene el segundo hijo, el otro lo mismo. No va a ser menos. Como cuando eran niños.”
Manolo y Pedro, tío y sobrino, también parten en pareja, algo habitual en este oficio donde ir solo es demasiado arriegado. “Pero nosotros no somos tan lanzados”, explica Manolo. “Cuando no veo claro que el mar esté bien para el percebe voy al erizo o a la navaja.” Igual que sus colegas, ellos lo vivieron desde críos. Que se lo pregunten a Angelines Carril, la abuela.
Hay que apresurarse y mirar al frente para no irse acantilado abajo mientras Toñito y su pandilla, que han decidido acercarse a una roca difícil, de las que a ellos les gustan, avanzan entre las piedras como lagartijas. En el camino se detienen y muestran el pedazo de costa en el que todos ellos se hartaron de recoger chapapote cuando ocurrió la desgracia del Prestige.
Como la mayoría de sus colegas, aman el oficio aunque tengan mil motivos para protestar. Este año, sobre todo, porque el mar ha sido más bravo que nunca y han podido salir poco. Dicen que en tierra tienen los mismos miedos que cualquiera. “Yo –bromea Toñito– si volviera a nacer elegiría el mismo trabajo y me casaría más tarde.” “Yo –añade el Rubio–, a lo que más temo es a tener que quedarme en tierra por el mal tiempo. Me gusta esto porque da dinero y porque trabajas para ti mismo. Es como una droga. Pero hay que ser valiente.” No les asusta morir en el mar, pero sí les acompaña el temor a quedar lesionados. A tener que depender de alguien. A no poder reptar entre las piedras: en una mano el gancho para capturar el percebe, la cabeza en alto, sin perder de vista el mar, y ágil el reflejo que les impulsa a retroceder cuando viene, amenazante, la ola. “No se le puede dar la espalda al mar. Hay que mirarlo siempre de frente, porque es muy engañoso.”
Toñito aprendió el oficio de su madre, que se jubiló hace unos años, sin haber aprendido a nadar. “Se movía muy bien por las rocas, y si ella estaba cerca, nos volvíamos con la sarandonga –la cesta en la que se recogen– vacía uno y otro. Ella sufría por mí, y yo me agobiaba.” Toñito y el Rubio siempre salen en la misma barca. Cuentan que ya eran de armas tomar cuando iban juntos a la escuela del pueblo y siguen siéndolo. “Donde va uno va el otro”, dice su amigo Manolo, también percebeiro. “Si Toñito se compra una casa, el otro también. Y si tiene el segundo hijo, el otro lo mismo. No va a ser menos. Como cuando eran niños.”
Manolo y Pedro, tío y sobrino, también parten en pareja, algo habitual en este oficio donde ir solo es demasiado arriegado. “Pero nosotros no somos tan lanzados”, explica Manolo. “Cuando no veo claro que el mar esté bien para el percebe voy al erizo o a la navaja.” Igual que sus colegas, ellos lo vivieron desde críos. Que se lo pregunten a Angelines Carril, la abuela.

Manolo, Toñito y el Rubio, encaramados a una roca donde capturan los percebes controlando en todo momento los movimientos del mar

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