10/01/2010
Niños demonio
Texto y fotos de Xavier Aldekoa
Las creencias fanáticas y el miedo al demonio en una África plagada de amenazas reales sentencian la vida de cientos de niños en Togo, acusados de llevar consigo la desgracia. Apaleados y repudiados por sus familias, deben buscarse la vida en la calle, lo que alimenta el infierno de los chicos, mientras los poderosos hechiceros siguen agitando su magia.

Niños del centro de acogida esperando una reprimenda después de una pelea
La influencia del curandero es tal que si acusa a un niño, los padres le creen. Y en una región con arraigadas creencias animistas, toda la comunidad consulta constantemente al marabú
La diferencia entre el cielo y el infierno está en unas conchas blancas. Warengo agita el puño cerrado, abre sus dedos al aire y las conchas ruedan por la arena. Acaba de decidir el destino de un niño. Warengo es brujo y curandero en el País Tamberma, una de las regiones más pobres de Togo, en el corazón de África. Su gesto busca un culpable. En la última semana, una aldea vecina ha sufrido dos muertes inexplicables –en realidad, el sida y la malaria hacen estragos en la zona– y hay que encontrar al responsable. Alza el bastón, lo deja caer tres veces sobre las conchas y emite su veredicto: el hijo menor de los muertos se ha comido el alma de sus padres. Lo dicen los dioses.
La sala en la que Warengo juega a ser Dios, con cráneos de animales y amuletos colgados del techo de adobe, permanece en silencio. El motivo para sospechar del hijo pequeño de los fallecidos era que tres personas habían soñado con él. A veces, basta con que el niño sea revoltoso, con que no llueva o que el cabeza de familia se quede en el paro para que un hechicero –seres poderosos y muy respetados– acuse a una persona de albergar un espíritu maligno causante del mal. Y con un niño demonio no hay piedad: sus familiares le propinan palizas hasta que huye despavorido para vivir en la calle. Aunque la mayoría de las víctimas son niños, a veces también se acusa a mujeres y a ancianos.
Para Warengo no es mal negocio. En una región con arraigadas creencias animistas, donde el fanatismo convierte el nacer epiléptico, disminuido psíquico o hiperactivo en una condena mortal, toda la comunidad consulta constantemente al marabú. La sesión cuesta 100 cefas (unos 20 céntimos de euro). “Hay falsos curanderos que piden hasta cinco veces más”, advierte el brujo. Warengo asegura que no utiliza su don para ganar dinero, sólo hace lo que le dictan los espíritus. Ni pestañea cuando se le plantea qué hay que hacer con un niño demonio. “Hay que expulsarlo de casa y abandonarlo, jamás matarlo a cuchillo porque entonces todos los recién nacidos de la familia nacerían demonios; la otra opción es envenenarlo, entonces no pasa nada”, dice.
La sala en la que Warengo juega a ser Dios, con cráneos de animales y amuletos colgados del techo de adobe, permanece en silencio. El motivo para sospechar del hijo pequeño de los fallecidos era que tres personas habían soñado con él. A veces, basta con que el niño sea revoltoso, con que no llueva o que el cabeza de familia se quede en el paro para que un hechicero –seres poderosos y muy respetados– acuse a una persona de albergar un espíritu maligno causante del mal. Y con un niño demonio no hay piedad: sus familiares le propinan palizas hasta que huye despavorido para vivir en la calle. Aunque la mayoría de las víctimas son niños, a veces también se acusa a mujeres y a ancianos.
Para Warengo no es mal negocio. En una región con arraigadas creencias animistas, donde el fanatismo convierte el nacer epiléptico, disminuido psíquico o hiperactivo en una condena mortal, toda la comunidad consulta constantemente al marabú. La sesión cuesta 100 cefas (unos 20 céntimos de euro). “Hay falsos curanderos que piden hasta cinco veces más”, advierte el brujo. Warengo asegura que no utiliza su don para ganar dinero, sólo hace lo que le dictan los espíritus. Ni pestañea cuando se le plantea qué hay que hacer con un niño demonio. “Hay que expulsarlo de casa y abandonarlo, jamás matarlo a cuchillo porque entonces todos los recién nacidos de la familia nacerían demonios; la otra opción es envenenarlo, entonces no pasa nada”, dice.

A la izquierda, habitación del Foyer Immaculé, que acoge a más de 50 niños.
Su influencia y poder son tan grandes que, si acusa de brujería a un niño, los padres le creen. Sabe administrar el miedo y sacarle provecho. Al preguntarle si, como denuncian varias organizaciones humanitarias, se utiliza a algunos niños demonio abandonados en sacrificios humanos, estalla de furia: “Yo jamás he hecho eso, ¡yo no!”.
A 70 kilómetros al oeste, en Benín, el chamán Ima Kuaku no tiene problemas en admitir la existencia de “niños serpiente”, que hay que eliminar. “Son bebés con malformaciones, hechizados. Hay que sacrificarlos”, explica. Él, dice, rechaza los sacrificios de esos niños abandonados –“es delito”, puntualiza–, pero a veces los dioses piden ese pago a cambio de una gran ayuda como resucitar a un muerto o desenterrar una fortuna, añade. Asiente ante la duda de si aún se practican sacrificios humanos en la zona.
De esta amalgama de fanatismo ancestral y terror brotan cientos de víctimas inocentes. Álex tiene quince años, una mirada transparente y unas ganas de aprender que asustan. Dice que en Europa hay trabajo para la gente que lucha y es inteligente y él quiere serlo. Le gustan las matemáticas. Hace un año, sus padres murieron con apenas dos días de diferencia. Al poco, su hermana enfermó. Su hermano mayor acudió a un hechicero, que señaló a Álex: se había comido el alma de sus padres y pretendía hacer lo mismo con su hermana. Le condenó. Su hermano y el brujo le propinaron palizas diarias, durante horas, hasta que Álex confesó para poner fin a las torturas y escapó. “Dicen que me comí a mis padres, pero no lo hice, de verdad, lo juro”, dice con un hilo de voz.
A 70 kilómetros al oeste, en Benín, el chamán Ima Kuaku no tiene problemas en admitir la existencia de “niños serpiente”, que hay que eliminar. “Son bebés con malformaciones, hechizados. Hay que sacrificarlos”, explica. Él, dice, rechaza los sacrificios de esos niños abandonados –“es delito”, puntualiza–, pero a veces los dioses piden ese pago a cambio de una gran ayuda como resucitar a un muerto o desenterrar una fortuna, añade. Asiente ante la duda de si aún se practican sacrificios humanos en la zona.
De esta amalgama de fanatismo ancestral y terror brotan cientos de víctimas inocentes. Álex tiene quince años, una mirada transparente y unas ganas de aprender que asustan. Dice que en Europa hay trabajo para la gente que lucha y es inteligente y él quiere serlo. Le gustan las matemáticas. Hace un año, sus padres murieron con apenas dos días de diferencia. Al poco, su hermana enfermó. Su hermano mayor acudió a un hechicero, que señaló a Álex: se había comido el alma de sus padres y pretendía hacer lo mismo con su hermana. Le condenó. Su hermano y el brujo le propinaron palizas diarias, durante horas, hasta que Álex confesó para poner fin a las torturas y escapó. “Dicen que me comí a mis padres, pero no lo hice, de verdad, lo juro”, dice con un hilo de voz.

Ir a la escuela es uno de los pasos imprescindibles para que los niños llamados demonio sean aceptados de nuevo en la sociedad
Los chicos sufren por ser repudiados y por los efectos de vivir en la calle. El objetivo es reinsertarlos en la sociedad y en su familia. Es difícil
Durante el día, vivía junto a otros niños repudiados en el mercado de Kara, al norte de Togo. Al caer la noche, saltaba la valla del centro salesiano Foyer Immaculé, que acoge a niños de la calle, muchos de ellos acusados de brujería. El director de la escuela, Élie, un joven de 26 años de Benín, no tardó en descubrirlo y darle acogida. El centro se hace cargo de más de cincuenta niños de entre 7 y 16 años que al quedar huérfanos o ser expulsados de sus casas vivieron durante algún tiempo en el mercado. Vivir en la calle, no importa de qué ciudad, es lo más parecido al infierno cuando tienes ocho años. A merced de los abusos de los adultos, sin recursos y con una bomba de hambre en la barriga. La vida de estos niños se convierte en una colección de atrocidades. Algunos se prostituyen por menos de 20 céntimos de euro, otros roban, son violados y violan ellos también a otros niños más pequeños.
Pese a todo, al abrir la puerta del centro, decenas de sonrisas y muestras de cariño dan la bienvenida. Aunque nada parece indicar el infierno que cada uno lleva en su recuerdo, Élie advierte: “Todos sufren una falta de afecto enorme, su familia los echó de casa y los acusó de cosas terribles y, en la calle, fueron tan despreciados que perdieron la dignidad. En el centro, lo primero que intentamos es recuperar la autoestima, luego viene la educación y el resto”, cuenta. Se les acoge sin preguntas, y se les da cariño hasta que deciden compartir su infierno. “Ese momento es clave, les decimos que su vida pasada acabó, que su presente y futuro será diferente”, señala el director. Algunos mienten. “Piensan –añade– que si te explican lo que han hecho, les odiarás. Han hecho varias veces todo lo que la sociedad puede repudiar.”
En el centro, los críos reciben cariño, educación y cobijo, pero el objetivo final es reinsertarlos en la sociedad y, sobre todo, en la familia. Es lo más difícil. Habitualmente, los padres creen que su hijo está endemoniado y hay que dejarlo morir. “Después de muchas visitas, algunos acaban reconociendo que echaron al hijo porque no le podían mantener, que era culpa de la pobreza y no del diablo, o que sentían vergüenza y no querían ser rechazados en el poblado”, reflexiona Élie.
Otras veces, el miedo es el motor de lo injustificable. Lokadi Paninabendou, director en la ciudad de Sokode (Togo) de la Fundación por la Defensa de los Niños Desheredados y Abandonados, recuerda la historia del pequeño de diez años, hoy a su cargo, y que ha empezado a ir a la escuela hace un mes. “Sus padres le acusaron de haber matado a su hermana por brujería, le amordazaron, le ataron de pies y manos y lo tiraron en medio del bosque. Unos leñadores lo encontraron a los tres días medio muerto.”
Pesadillas tan profundas no son fáciles de apartar. Una noche en el Foyer, Tchasso, de 13 años, se escapó para ir a ver a su antigua cuadrilla de la calle. Mientras jugaba, resbaló, cayó y un clavo de dos centímetros se le hundió en la frente. El miedo a que lo echaran del centro –el concepto del perdón no ha tenido sentido para muchos de ellos– pudo más que el dolor. Aún con el clavo incrustado, esperó al anochecer para entrar en el centro e ir a los dormitorios. De madrugada, un cuidador lo descubrió y lo llevó al hospital.
El trauma de ser culpados de matar a sus padres o hermanos es tan profundo que algunos chavales acaban creyendo que el diablo anida en su interior. El miedo les quema y sólo hace falta una chispa para hacerles estallar: divertidos, los niños de Foyer Immaculé hacen payasadas delante del objetivo y celebran el resultado que muestra la cámara digital, hasta que la luz hace que uno se vea con los ojos verdes. “¡Es un demonio! ¡es un demonio!” El grito asustado de sus compañeros, que se alejan un paso atrás, ensombrece la cara del protagonista. Sus ojos, llenos de pánico, buscan a alguien que diga que no es cierto.
Élie tiene un duro trabajo por delante. Se sabe muy poco del drama de los niños demonio y hay pocas ayudas. Pero no pierde la esperanza: “Sólo son niños con ganas de ser felices si les dan una oportunidad”.
Pese a todo, al abrir la puerta del centro, decenas de sonrisas y muestras de cariño dan la bienvenida. Aunque nada parece indicar el infierno que cada uno lleva en su recuerdo, Élie advierte: “Todos sufren una falta de afecto enorme, su familia los echó de casa y los acusó de cosas terribles y, en la calle, fueron tan despreciados que perdieron la dignidad. En el centro, lo primero que intentamos es recuperar la autoestima, luego viene la educación y el resto”, cuenta. Se les acoge sin preguntas, y se les da cariño hasta que deciden compartir su infierno. “Ese momento es clave, les decimos que su vida pasada acabó, que su presente y futuro será diferente”, señala el director. Algunos mienten. “Piensan –añade– que si te explican lo que han hecho, les odiarás. Han hecho varias veces todo lo que la sociedad puede repudiar.”
En el centro, los críos reciben cariño, educación y cobijo, pero el objetivo final es reinsertarlos en la sociedad y, sobre todo, en la familia. Es lo más difícil. Habitualmente, los padres creen que su hijo está endemoniado y hay que dejarlo morir. “Después de muchas visitas, algunos acaban reconociendo que echaron al hijo porque no le podían mantener, que era culpa de la pobreza y no del diablo, o que sentían vergüenza y no querían ser rechazados en el poblado”, reflexiona Élie.
Otras veces, el miedo es el motor de lo injustificable. Lokadi Paninabendou, director en la ciudad de Sokode (Togo) de la Fundación por la Defensa de los Niños Desheredados y Abandonados, recuerda la historia del pequeño de diez años, hoy a su cargo, y que ha empezado a ir a la escuela hace un mes. “Sus padres le acusaron de haber matado a su hermana por brujería, le amordazaron, le ataron de pies y manos y lo tiraron en medio del bosque. Unos leñadores lo encontraron a los tres días medio muerto.”
Pesadillas tan profundas no son fáciles de apartar. Una noche en el Foyer, Tchasso, de 13 años, se escapó para ir a ver a su antigua cuadrilla de la calle. Mientras jugaba, resbaló, cayó y un clavo de dos centímetros se le hundió en la frente. El miedo a que lo echaran del centro –el concepto del perdón no ha tenido sentido para muchos de ellos– pudo más que el dolor. Aún con el clavo incrustado, esperó al anochecer para entrar en el centro e ir a los dormitorios. De madrugada, un cuidador lo descubrió y lo llevó al hospital.
El trauma de ser culpados de matar a sus padres o hermanos es tan profundo que algunos chavales acaban creyendo que el diablo anida en su interior. El miedo les quema y sólo hace falta una chispa para hacerles estallar: divertidos, los niños de Foyer Immaculé hacen payasadas delante del objetivo y celebran el resultado que muestra la cámara digital, hasta que la luz hace que uno se vea con los ojos verdes. “¡Es un demonio! ¡es un demonio!” El grito asustado de sus compañeros, que se alejan un paso atrás, ensombrece la cara del protagonista. Sus ojos, llenos de pánico, buscan a alguien que diga que no es cierto.
Élie tiene un duro trabajo por delante. Se sabe muy poco del drama de los niños demonio y hay pocas ayudas. Pero no pierde la esperanza: “Sólo son niños con ganas de ser felices si les dan una oportunidad”.
Le invitamos a que sea el primero en comentar esta información.







