17/01/2010
Todo por Obama
Texto y fotos de Marc Bassets
El triunfo electoral de Barack Obama no se basó tanto en la influencia de internet, excesivamente magnificada, como en la movilización de sectores ciudadanos hasta entonces pasivos. Fue la victoria de la comunidad Obama, que ahora, un año después de la llegada del líder a la presidencia, empieza a analizar su gestión.

Regina Holliday posa ante el mural que pintó en protesta por la muerte de su marido, que atribuye a las deficiencias de funcionamiento del sistema sanitario estadounidens
La reforma sanitaria es el proyecto central del primer año de la presidencia de Barack Obama y uno de los motivos por los que arrastró a las urnas a masas de nuevos votantes, muchos de ellos sin seguro médico
A veces la política –los discursos, los proyectos de ley, la demagogia, los titulares– deja de ser una abstracción y se entrelaza con la vida de las personas hasta impactar en su intimidad.
Hace un año, el 20 de enero de 2009, Regina Holliday, de 37 años, seguía por televisión, en el salón de su casa, la ceremonia inaugural de la presidencia de Barack Obama. La acompañaban sus hijos. Su marido, Fred, miraba al primer afroamericano jurando el cargo echado en un sofá. Se encontraba mal, pero aún no sabía qué le pasaba.
“Estaba muy emocionado”, recuerda ahora Holliday. Tres meses después, en marzo, los médicos le diagnosticaron un cáncer a Fred. Era demasiado tarde para frenarlo. En junio, murió. Tenía 39 años.
Fred Holliday había conseguido en septiembre del 2008 el trabajo de sus sueños: profesor de cine en la American University de Washington. Gracias a este empleo accedió a un seguro médico. Si Fred hubiese estado asegurado antes, quizá los médicos le habrían diagnosticado el cáncer con antelación. Quizás ahora estaría vivo.
Unos días después de enviudar, Regina Holliday, que trabaja de profesora de plástica en un parvulario, se puso a pintar en el muro de una gasolinera en el noroeste de Washington. Cada día se instalaba allí con sus pinceles y una escalera.
En el mural aparecen su marido en la cama de un hospital, rodeado de médicos, enfermeras y familiares. Es un retrato de los últimos días de Fred. También es una denuncia de los males del sistema sanitario estadounidense.
Mientras la profesora de plástica pintaba en la gasolinera de Connecticut Avenue, unos kilómetros más al este, en el Capitolio, los legisladores debatían la mayor reforma del sistema sanitario desde que en los años sesenta el presidente Lyndon B. Johnson impulsó la creación de un seguro público para pobres y mayores de 65 años.
Ahora Regina Holliday ve con satisfacción la probable adopción de una reforma que cubrirá a unos 30 millones de personas sin seguro. “Es una maravilla, un paso adelante, pero habrá que avanzar más”, dice.
La reforma sanitaria es el proyecto central del primer año de la presidencia de Barack Obama, y uno de los motivos por los que arrastró a las urnas a masas de nuevos votantes, muchos de ellos sin seguro médico, como los Holliday. Nuevos votantes que siguen apoyando al presidente pero que, en algunos casos, empiezan a acusar un cierto desencanto por una transformación –“cambiaremos América y cambiaremos el mundo”, decía el candidato– en la que creyeron y que tarda más de lo esperado en llegar.
David Plouffe, a primera vista, parece tímido. Luego sube al escenario y puede recordar a un vendedor de crecepelo, o a un motivador profesional, uno de estos especialistas en aumentar el rendimiento de los trabajadores, o en explicar fórmulas para abandonar el alcohol en siete días. Plouffe no es nada de eso. Probablemente sea el gurú electoral más cotizado del mundo. Plouffe organizó sobre el terreno la campaña electoral de Obama. Ahora acaba de publicar un libro, The Audacity to Win (La audacia de ganar), que cuenta desde dentro lo que algunos han llamado la mejor campaña de la historia.
En una tarima de la sinagoga de Washington donde presenta el libro, Plouffe desgrana los secretos de la campaña. “Imagínate que tienes un negocio y quieres ampliar tu parte de mercado ante una marca consolidada –se lee en el libro–. Los clientes de tu competidor llevan décadas comprando el producto y es improbable que prueben un producto nuevo. ¿Cómo superas a tu competidor sin convertir a sus clientes? Tienes que reclutar a nuevos compradores.”
Los nuevos compradores, el mercado nuevo que permitió a Obama desafiar a la marca consolidada son tres: los latinos, los afroamericanos y los jóvenes, votantes que suelen quedarse en sus casas y que el entonces candidato demócrata logró movilizar. A estos grupos podrían añadirse los independientes, los centristas no adscritos a partido alguno, que en el 2008 se decantaron por Obama.
Hace un año, el 20 de enero de 2009, Regina Holliday, de 37 años, seguía por televisión, en el salón de su casa, la ceremonia inaugural de la presidencia de Barack Obama. La acompañaban sus hijos. Su marido, Fred, miraba al primer afroamericano jurando el cargo echado en un sofá. Se encontraba mal, pero aún no sabía qué le pasaba.
“Estaba muy emocionado”, recuerda ahora Holliday. Tres meses después, en marzo, los médicos le diagnosticaron un cáncer a Fred. Era demasiado tarde para frenarlo. En junio, murió. Tenía 39 años.
Fred Holliday había conseguido en septiembre del 2008 el trabajo de sus sueños: profesor de cine en la American University de Washington. Gracias a este empleo accedió a un seguro médico. Si Fred hubiese estado asegurado antes, quizá los médicos le habrían diagnosticado el cáncer con antelación. Quizás ahora estaría vivo.
Unos días después de enviudar, Regina Holliday, que trabaja de profesora de plástica en un parvulario, se puso a pintar en el muro de una gasolinera en el noroeste de Washington. Cada día se instalaba allí con sus pinceles y una escalera.
En el mural aparecen su marido en la cama de un hospital, rodeado de médicos, enfermeras y familiares. Es un retrato de los últimos días de Fred. También es una denuncia de los males del sistema sanitario estadounidense.
Mientras la profesora de plástica pintaba en la gasolinera de Connecticut Avenue, unos kilómetros más al este, en el Capitolio, los legisladores debatían la mayor reforma del sistema sanitario desde que en los años sesenta el presidente Lyndon B. Johnson impulsó la creación de un seguro público para pobres y mayores de 65 años.
Ahora Regina Holliday ve con satisfacción la probable adopción de una reforma que cubrirá a unos 30 millones de personas sin seguro. “Es una maravilla, un paso adelante, pero habrá que avanzar más”, dice.
La reforma sanitaria es el proyecto central del primer año de la presidencia de Barack Obama, y uno de los motivos por los que arrastró a las urnas a masas de nuevos votantes, muchos de ellos sin seguro médico, como los Holliday. Nuevos votantes que siguen apoyando al presidente pero que, en algunos casos, empiezan a acusar un cierto desencanto por una transformación –“cambiaremos América y cambiaremos el mundo”, decía el candidato– en la que creyeron y que tarda más de lo esperado en llegar.
David Plouffe, a primera vista, parece tímido. Luego sube al escenario y puede recordar a un vendedor de crecepelo, o a un motivador profesional, uno de estos especialistas en aumentar el rendimiento de los trabajadores, o en explicar fórmulas para abandonar el alcohol en siete días. Plouffe no es nada de eso. Probablemente sea el gurú electoral más cotizado del mundo. Plouffe organizó sobre el terreno la campaña electoral de Obama. Ahora acaba de publicar un libro, The Audacity to Win (La audacia de ganar), que cuenta desde dentro lo que algunos han llamado la mejor campaña de la historia.
En una tarima de la sinagoga de Washington donde presenta el libro, Plouffe desgrana los secretos de la campaña. “Imagínate que tienes un negocio y quieres ampliar tu parte de mercado ante una marca consolidada –se lee en el libro–. Los clientes de tu competidor llevan décadas comprando el producto y es improbable que prueben un producto nuevo. ¿Cómo superas a tu competidor sin convertir a sus clientes? Tienes que reclutar a nuevos compradores.”
Los nuevos compradores, el mercado nuevo que permitió a Obama desafiar a la marca consolidada son tres: los latinos, los afroamericanos y los jóvenes, votantes que suelen quedarse en sus casas y que el entonces candidato demócrata logró movilizar. A estos grupos podrían añadirse los independientes, los centristas no adscritos a partido alguno, que en el 2008 se decantaron por Obama.
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