Codo con coco por... Haití
En el paisaje devastado de Puerto Príncipe, manos amigas mantuvieron el pulso desde las primeras horas tras el terremoto para salvar vidas de entre los escombros y curar a los heridos. Muchos integrantes de estos equipos de emergencias y rescate, de múltiples instituciones y países, tienen experiencia en estas lides, lo que no les inmuniza contra el dolor, cuentan. Ellos son el ancla a la vida de miles de víctimas. El Magazine ha querido conocer de cerca su historia.

“Ni gasolina, ni agua, ni electricidad, ni alimentos. Es difícil de asimilar algo así hasta que lo vives –dice–. Con palabras, no me veo capaz de transmitirlo.” Describe un escenario apocalíptico, una ciudad destrozada. Habla de casas desguazadas. De cadáveres en las esquinas. De gente que lo ha perdido todo. “El problema es que tampoco podías entablar amistad con ninguna de las víctimas. Cuando te encuentras en alguna de estas misiones, debes evitar cualquier relación. Hay mucha carga emotiva: no puedes permitir que eso ocurra. De lo contrario, puedes acabar bloqueándote en el trabajo.”
Otra cosa es la relación con el resto de los cooperantes. De noche, cuando la ciudad se apagaba –sin electricidad, todo son sombras–, los grupos se reunían en el aeropuerto. Lo hacían mientras los médicos curaban las heridas. “Era el momento de contarse las historias del día. Todos llegamos a las mismas conclusiones: para nosotros, no ha habido experiencias más duras que esta”. En esas mismas conversaciones también concluyeron que el escenario se estaba volviendo en contra de los cooperantes. “La sensación de inseguridad iba creciendo –dice–. Supimos que la cárcel se había venido abajo tras el terremoto, y que había presos en libertad, rondando las calles. Sin embargo, nuestro grupo nunca tuvo problema alguno.” S. H.

Alfredo Martínez Giménez Médico de la Polícia Federal mexicana
En contraste con los hospitales que controlan los norteamericanos, en los que sólo el personal autorizado puede entrar, en el hospital de La Paix la puerta está abierta. Aunque nadie vigila, no hay desorden alguno. Sólo el drama sin fin. Y la entrega de quienes asisten al río de malheridos que colman los jardines. El médico de la Policía Federal mexicana Alfredo Martínez Giménez pasa consulta debajo de un árbol que le protege del sol del trópico. La gente espera su turno de forma paciente, sin empujar, sin chillar.
Cuenta el doctor Giménez Martínez que sintió una gran frustración al tener que aguardar con los brazos cruzados tres días en su país, en un aeropuerto del estado de Quintana Roo, porque el avión Hércules del ejército mexicano no recibía permiso para aterrizar en la saturada terminal aérea de Puerto Príncipe.
“No pudimos llegar hasta el viernes. Era una frustración muy grande saber que había gente muriendo por falta de médicos y nosotros sin poder hacer nada. Desde que llegué no he parado de atender consultas de traumatología, desde un esguince a una sutura. Al no permitir aterrizar el otro avión mexicano que traía los medicamentos, nos faltaba material para trabajar. Pero los amigos españoles nos facilitaron lo necesario.”
Los equipos médicos de España y de los países latinoamericanos compartieron con la mayor naturalidad material, conocimientos y experiencias.
“Ha sido bueno estar al lado de profesionales tan preparados. Gracias a que pudimos traer una ambulancia especial de rescate y traslados, comenzamos a sacar gente que requería cirugía urgente. Los amigos de España nos tuvieron que proporcionar hasta la gasolina. Las consultas de urgencias ya han ido disminuyendo, ahora hacemos muchas curaciones de infecciones que se han complicado porque el paciente no tomó su medicamento o por las precarias condiciones higiénicas que hay fuera del hospital. Algunas veces tengo dificultades para comunicarme con los pacientes por el desconocimiento del idioma, por lo que tengo que expresarme con señas”, dice.
Al doctor Giménez Martínez se le ilumina la cara cuando habla de sus dos hijos, Alfred, de cinco años, y André, de dos, que le esperan en México junto con su esposa, Verónica.
“La venida a Haití –señala– me tomó por sorpresa. Mis jefes me dijeron: ‘Tú vas al terremoto’. Pues vamos, me dije, estoy para cumplir. Mi esposa me suplicó: ‘No te vayas, las noticias son terribles, eso está muy feo’. Le dije que como médico y militar tenía que cumplir la misión. Ella al final lo entendió. Ahora, en los pocos momentos libres, me siento melancólico al sentirme lejos de la familia. Cuando estás trabajando ni te acuerdas, pero en las horas de descanso pienso cómo estarán mis hijos, qué hará mi mujer en este momento. Y ni puedo llamarles por teléfono porque no tengo señal.” J. I

La añoranza del hogar se llama Gabriela. Este es el nombre que ancla al psiquiatra Germán Casas a su mundo en este otro mundo tan triste. Y eso que este colombiano de 40 años sabe lo que es estar lejos de casa, rodeado por la miseria. Su experiencia personal le ha convertido en un verdadero atlas de la geografía de la tragedia.
En sus trece años de ejercicio en Médicos sin Fronteras (MSF), organización en la que ahora ocupa el cargo de coordinador de salud mental en las emergencias, ha recorrido todos los conflictos imaginables, naturales o no, salvo el Katrina, en Lousiana (“los estadounidenses dijeron que eran autosuficientes”, explica).
Desde su experiencia, califica el terremoto de Puerto Príncipe de “catástrofe gigantesca de tremendas consecuencias psicológicas”. “Es la más grave –dice–, porque las casas no estaban bien construidas y esto ha provocado muchas víctimas y malheridos.” Casas aporta una idea: “Lo que ha pasado aquí es una desgracia que ha caído sobre la miseria”.
Ha estado al pie del cañón, en todo momento. Nacido en Bogotá, se especializó en París, donde instaló su residencia. Casado con Catalina, tienen dos hijos: Pablo, de nueve años, y Gabriela, de cinco meses, la niña de la nostalgia. Pero todo, o casi, tiene una explicación.
Luce un parche de pirata en el ojo derecho que le da un aire de aventurero. No es extraño que en la conversación se mencione a Álvaro Mutis y a su entrañable Maqroll. Resulta difícil decidir quién ha viajado más, si el doctor Casas por el mundo real o El Gaviero en el imaginario.
Puerto Príncipe, que sólo pronunciarlo evoca a piratas legendarios, carece del ensueño del romanticismo. Esto es la vida en su versión más cruda. “Aquí, en cuanto a salud mental, tendremos trabajo para muchos años”, considera.
A la variable de la catástrofe natural, que es un factor inesperado, súbito, espontáneo, el que más de todos, se suman otras circunstancias previas. Él destaca la corrupción política y la pobreza, “en una sociedad que carece de redes sociales”. De ahí que concluya que “este era el país menos preparado para soportar algo de tanta dimensión”, y pese a su experiencia en desastres naturales. Los ciclones del 2009 siguen muy presentes.
Dice que es un pueblo con una gran capacidad de resistencia, lo que le faculta para soportar mejor el dolor. Sin embargo, la falta de cobertura social hace que, en su opinión, un ciudadano de Estados Unidos, uno de los que sufrieron el 11-S, tenga más apoyos y capacidad para recuperarse y salir de la depresión.
Casas teoriza, pero no deja de atender a los cientos de personas que acuden al hospital de La Trinité o al recién abierto junto a la escuela Saint Louis. “Tenemos ingresada una niña de cinco meses, la misma edad que mi hija, que me ha tocado. Veo a una y veo a la otra”, explica.
Murió la madre, de su familia no se sabe nada. Le tuvieron que amputar un brazo. “La trajeron, además, con un trauma craneoencefálico y dijeron que no sobreviviría. La previsión no sólo no se ha cumplido, sino que está bien, se recupera”, comenta con orgullo casi paternal.
–¿Cómo se llama?
–Cada uno le ha puesto un nombre. Yo la llamo Gabriela. F. P.







