Tan directivos como padres

JOSEP SANTACREU Consejero delegado de DKV. 52 años. Cuando no está de viaje, acompaña a sus dos hijas mayores (en la foto, con otras dos niñas) al colegio. "No me pongo reuniones –cuenta– antes de las 9, y por la noche intento llegar antes de las 20 horas. Los fines de semana me encargo de los desayunos, vestirlas... A mí me ha cambiado totalmente el ritmo. Viajo mucho, pero intento estar en casa tanto como puedo".
El jefe de ventas de una pequeña empresa química (43 años, casado, un hijo) ha superado con éxito el proceso de selección para ser director comercial en una multinacional. Es una importante promoción, profesional y económica. Pero de repente, rechaza la oferta por una razón personal: su mujer espera el segundo hijo, es un embarazo de riesgo, y el médico le ha recomendado reposo. El nuevo puesto requeriría viajes y una intensa dedicación, y él sabe que ahora necesita dar apoyo en la familia. Decide dejar pasar esta oportunidad profesional, consciente de que quizás no se le vuelva a presentar. El empresario que le iba a contratar se enfada: lo considera un “marujo y calzonazos”, y añade: “Mejor habernos enterado ahora, un tipo así no lo quiero en la empresa. Buscaremos otro que no tenga imponderables familiares”. Esta historia pasó hace unos meses en el despacho de una empresa de selección de directivos.
Un empleado o un jefe que tiene imponderables familiares, que se preocupa por el delicado embarazo de su mujer, que recoge a sus hijos en el colegio o va al supermercado, ¿es peor empleado o peor jefe? Nadie se atrevería a decirlo. Pero todavía, socialmente, resulta difícil asumir que un hombre conceda tanta importancia a su vida personal como para no aceptar un ascenso profesional. Para una gran mayoría, especialmente de hombres, hay todavía ciertas actividades pertenecientes a la vida privada que se perciben en el trabajo como síntomas de debilidad.
Aunque cada vez hay más hombres que entienden que la conciliación de la vida personal y profesional también va con ellos. Sea cual sea su escalafón profesional, y también independientemente de a qué se dediquen sus mujeres, de si ellas trabajan o no. El modelo de hombre que triunfa ya no es el Clint Eastwood de los setenta, sino más bien el George Clooney redimido del final de Up in the Air.
“Durante muchos años viajé mucho y me dediqué más al trabajo que a la familia. Ahora me he dado cuenta de la importancia de estar cerca de los hijos, de lo que me he perdido”, dice Giorgio Maritan. Fue director general de Chupa Chups, ahora es emprendedor en otro sector. Tiene dos hijas de 17 y 20 años, y un niño de cinco: “Estoy viviendo cosas que no había vivido, y ahora busco más tiempo para compartir con ellos”. Y apunta una reflexión interesante: “Hay cierta sensación egoísta, lo hago porque yo quiero, el que se ha perdido algo importante he sido yo. Creo que a nuestros hijos no les ha afectado, porque mi mujer siempre ha estado cerca de ellos, ha tenido un trabajo más flexible. Ahora soy yo el que quiero esta flexibilidad: es un tiempo que, más que perjudicar al desarrollo profesional, me ayuda a equilibrar”.
Tener éxito profesional demanda una gran cantidad de esfuerzo, tiempo y trabajo. “Para el hombre está estandarizado que el éxito en la vida es tener un alto cargo, ganar mucho dinero y visibilidad profesional. Pero creo que es un error: para mí el éxito es que mi vida personal también funcione”, explica Xavier Pascual, vicepresidente de Toshiba para el sur de Europa. Hace unos años, se planteó el reto de asumir el desarrollo de la compañía en Latinoamérica: “Pero tendría que haber viajado mucho más, o llevarme a la familia. Lo valoramos..., y dije que no. Tengo dos hijos adolescentes, y no puedo educarlos a distancia”.
Durante años, Vicente Sánchez Villares reconoce que “fui un workaholic”. “Trabajaba –cuenta– de lunes a domingo, hacía cuatro días de vacaciones al año”. Fue durante su etapa en LG, en la que llegó a director general para España. En esa época nacieron sus dos hijos, que ahora tienen ocho y cinco años. “Llega un momento en el que tienes que parar, no tienes vida privada, te das cuenta de que te estás perdiendo a los niños. Acabé cansado físicamente, esa experiencia me acabó costando el matrimonio; asumo yo buena parte de la culpa”, añade.







