16/09/2012
La vida como hace siglos
Texto de Àngels Matamoros y Toni Orensanz
Fotos de Àngels Matamoros
Más de 300.000 menonitas distribuidos en distintas partes del mundo viven ajenos al progreso, como si no hubiera pasado el tiempo. En la Pampa argentina, los 1.300 habitantes de la colonia Nueva Esperanza mantienen prácticamente las mismas costumbres que hace 500 años

Unas mujeres menonitas preparan las lecheras para la leche del segundo ordeño (tambo en su idioma) del día, que tiene lugar a las seis de la tarde y en el que colaboran todos los miembros de la familia
Camino de la colonia Nueva Esperanza, en Guatraché, el taxista no reprime sus opiniones sobre los memonitas que, en síntesis, son las siguientes: son raros, sucios y desconfiados. “¡Viven como en la edad media, no tienen ni lavabo!”, exclama con contundencia, gesticulante, soltando las manos del volante. Los menonitas se instalaron en el sur de la Pampa argentina, a mediados de los años ochenta, procedentes de México y Bolivia. Son 1.300 en Nueva Esperanza, y más de 300.000 en todo el mundo (la mayoría, en Estados Unidos). Aunque muchos los toman por amish
–es el influjo del cine y de Harrison Ford–, no son exactamente lo mismo, pese a que ambos son evangelistas anabaptistas y tienen raíces comunes en la Europa de hace quinientos años.
El taxista se despide, y ahí están, frente a su casa de campo y de pie junto al camino, los anfitriones: el carpintero Jacobo; su esposa, Caterina y sus siete hijos. Por sus ropas se dirían salidos de entre un western y una pintura de espigadores de Millet del siglo XIX. Como si el tiempo estuviera detenido. De eso se trata.
–es el influjo del cine y de Harrison Ford–, no son exactamente lo mismo, pese a que ambos son evangelistas anabaptistas y tienen raíces comunes en la Europa de hace quinientos años.
El taxista se despide, y ahí están, frente a su casa de campo y de pie junto al camino, los anfitriones: el carpintero Jacobo; su esposa, Caterina y sus siete hijos. Por sus ropas se dirían salidos de entre un western y una pintura de espigadores de Millet del siglo XIX. Como si el tiempo estuviera detenido. De eso se trata.

Caterina y sus hijos llegan a casa tras asistir a la misa dominical
Ya en el interior de la casa, al fondo hay un lavabo con váter, lavamanos y bañera. Pero no televisión. Ni radio. Ni teléfono. Ni una bombilla pelada. Nada que los distraiga del trabajo y de la práctica religiosa, y así es como han vivido desde hace siglos.
Los menonitas surgieron tras la reforma luterana de principios del siglo XVI, cuando un tal Menno Simons lideró una secta que tomó su nombre –de Menno, menonitas– y que terminó distinguiéndose del resto de los grupos religiosos protestantes que iban surgiendo en la época. Ya entonces y hasta hoy en día, desde la vieja Europa del XVI hasta el mundo global del siglo XXI, los menonitas se han diferenciado de los demás grupos evangelistas por sus prácticas: algunas de ellas son el bautismo únicamente de adultos (tras aceptar voluntariamente los principios de la religión menonita) y el rechazo del servicio militar y a participar en la vida pública y en asuntos gubernamentales.
Los menonitas surgieron tras la reforma luterana de principios del siglo XVI, cuando un tal Menno Simons lideró una secta que tomó su nombre –de Menno, menonitas– y que terminó distinguiéndose del resto de los grupos religiosos protestantes que iban surgiendo en la época. Ya entonces y hasta hoy en día, desde la vieja Europa del XVI hasta el mundo global del siglo XXI, los menonitas se han diferenciado de los demás grupos evangelistas por sus prácticas: algunas de ellas son el bautismo únicamente de adultos (tras aceptar voluntariamente los principios de la religión menonita) y el rechazo del servicio militar y a participar en la vida pública y en asuntos gubernamentales.

Uno de los colmados de la colonia Nueva Esperanza
Este último particular les ha acarreado, históricamente, no pocos dolores de cabeza. No reconocen ningún Estado. De ahí, por ejemplo, que a lo largo de su historia hayan negociado privilegios gubernamentales que les permitan la práctica religiosa mientras quedan al margen de la mili y del sistema escolar. En contrapartida, algunos gobiernos de Centroeuropa vieron en ellos, muy pronto, una buena fórmula para la colonización y puesta en cultivo de grandes extensiones de terreno.
El salto a América llegó a finales del siglo XIX, comenzando por Canadá y Estados Unidos. Luego vinieron países latinos como México (con privilegium escolar y militar), Paraguay o Bolivia.
Pero la colonia de Nueva Esperanza, en la Pampa argentina, no es tan antigua. Fue fundada a mediados de los ochenta, aún no hace treinta años, cuando llegaron unas pocas familias procedentes de otros países americanos. Hoy son más de mil residentes en Guatraché y, en poco más de veinte años, explotan absolutamente sus 10.000 hectáreas de terreno, básicamente de cereales. Colonizan sus tierras a un ritmo muy alto, como antiguamente, con lo que la colonia de Nueva Esperanza se les está quedando pequeña. Agricultores y vaqueros, laboriosos ante todo (más del noventa por ciento tiene aquí sus propias vacas), también producen muebles y silos en cantidades industriales. Y aunque no tengan ni televisor ni radio, y bien pocas comodidades, lo que sí se permiten es tener tractores para producir más y mejor. No pueden utilizar motores ni energía eléctrica para iluminar sus casas o por razones de confort, pero sí pueden, en cambio, tirar de ellos para hacer funcionar cualquier maquinaria de trabajo.
El salto a América llegó a finales del siglo XIX, comenzando por Canadá y Estados Unidos. Luego vinieron países latinos como México (con privilegium escolar y militar), Paraguay o Bolivia.
Pero la colonia de Nueva Esperanza, en la Pampa argentina, no es tan antigua. Fue fundada a mediados de los ochenta, aún no hace treinta años, cuando llegaron unas pocas familias procedentes de otros países americanos. Hoy son más de mil residentes en Guatraché y, en poco más de veinte años, explotan absolutamente sus 10.000 hectáreas de terreno, básicamente de cereales. Colonizan sus tierras a un ritmo muy alto, como antiguamente, con lo que la colonia de Nueva Esperanza se les está quedando pequeña. Agricultores y vaqueros, laboriosos ante todo (más del noventa por ciento tiene aquí sus propias vacas), también producen muebles y silos en cantidades industriales. Y aunque no tengan ni televisor ni radio, y bien pocas comodidades, lo que sí se permiten es tener tractores para producir más y mejor. No pueden utilizar motores ni energía eléctrica para iluminar sus casas o por razones de confort, pero sí pueden, en cambio, tirar de ellos para hacer funcionar cualquier maquinaria de trabajo.
de: carles Martí A. | 19/09/2012
Un apunte al comentario de la primera foto que ilustra el artículo: "Tambo", término recogido por nuestro diccionario de la RAE, no es un centro de ordeñe "en su idioma" sino en castellano "rioplatense". Saludos.
de: Pedro Tarquis Alfonso | 17/09/2012
Les felicito por el reportaje, pero el traje blanco tiene pequeñas manchas. 1. - El término "misa" es incompatible con cualquier comunidad evangélica. Equivale a decir "sinagoga musulmana" o "mezquita judía". Jamás los evangélicos (menonitas incluidos) llaman misa a su culto religioso, idea contraria a su fe. 2.- Hablan de comunidades "evangelistas". Los evangelistas fueron 4 (Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Los evangélicos son bastantes más.
3.- Si "Menno Simons lideró una secta que tomó su nombre", deberían llamar también sectas a franciscanos, dominicos, etc.; o bien no usarlo con ninguno. Reitero mi agradecimiento y alta valoración del reportaje, en el deseo de que lo bueno sea excelente.
de: ignacio B | 16/09/2012
Visité una comunidad Menonita en Canadá el año pasado, durante una subasta de caballos que celebran anualmente. Me impresionó. Me gustó la vida que llevan. Se los veía serios y honrados, sanos y serenos. En algunas cosas los admiré y los envidié. En general me produjo buena impresión. Había también mercado aquel día. Vendían sirope de arce, patatas, quesos, pan, pasteles. En muchos de los puestos (todo madera, funcional, rústico) los niños y jóvenes atendían con una actitud sencilla y retraída. Creo que el día de mercado y el trato con los visitantes era tan exótico para ellos como para los visitantes. Cada cual en su mundo tratando de sondear un poco en el interior del otro.







