27/01/2013

La ciudad del dinero

Texto de Rafael Ramos
Fotos de Xavier Cervera

La City es la gran área de negocios de Londres, y su peso en el conjunto de la economía británica es indiscutible. Pero no se queda en eso: en realidad, es uno de los grandes motores del capitalismo mundial gracias a la alta concentración de especialistas de todos los ámbitos y la fluidez de cualquier gestión

Dos ejecutivos conversan durante un descanso en una convención en la planta 30 del rascacielos que ocupa el Barclays Bank en One Churchill Place, mientras un camarero se lleva los tentempiés del coffee break

Se le llama la City de Londres, pero en realidad es la City del mundo, un barrio global casi de ciencia ficción incrustado dentro de la capital inglesa como el Vaticano lo está dentro de Roma, con su propia administración y sus propias leyes, donde sólo viven siete mil personas, pero donde diariamente se compran y se venden productos financieros por valor de casi dos billones de dólares, la tercera parte del total de dinero que se mueve en el planeta.

Fundada por los romanos en el año 46 antes de Cristo, la City conserva todavía las mismas fronteras que en la edad media. Sus dos kilómetros cuadrados de extensión no dan para que vivan más que unos pocos miles de personas, más aún teniendo en cuenta que la gran mayoría de los edificios son rascacielos de oficinas, las sedes de grupos bancarios, aseguradoras, firmas de contabilidad, bufetes de abogados, compañías navieras, stock brokers, gestoras de fondos y agencias de rating, además del Stock Exchange y los mercados de metales preciosos, materias primas, derivados, futuros y lo que haga falta.

Más importante que quienes viven en la City son los 330.000 hombres y mujeres (de todas las nacionalidades) que trabajan en ella. Y más que quienes trabajan, lo importante es el volumen de negocios que generan. El dinero es el alma de la City, que aporta casi un 9% del producto interior bruto (PIB) del Reino Unido, y de la que dependen directa o indirectamente un millón de puestos de trabajo. Si antiguamente se decía que lo que era bueno para la Ford era bueno para Estados Unidos, ahora puede decirse –a grandes rasgos e ideologías al margen– que lo que es bueno para la City es bueno para Gran Bretaña.

Quizás es por eso que la City tiene una mentalidad numantina, de asedio, como si la muralla romana que la atraviesa o la Torre de Londres alimentaran un espíritu de resistencia a cualquier intento de otros centros financieros de competir con ella (en particular, París y Frankfurt). Tiene asumida la gran rivalidad que significa Wall Street, con quien disputa la condición de número uno y capital global de las finanzas, pero no está dispuesta a permitir que ninguna ciudad europea le haga sombra. Y menos aún si es como consecuencia de un castigo al Reino Unido por estar fuera del euro, o por el creciente euroescepticismo de sus gobernantes y ciudadanos, o por la resistencia a la unión bancaria, o por los nuevos equilibrios de fuerzas provocados por la gran depresión del 2012 y el poder cada vez mayor que ejerce Alemania. Si los bombardeos germanos del blitz durante la Segunda Guerra Mundial no consiguieron que hincase la rodilla, menos lo van a lograr la canciller Angela Merkel; el presidente francés, François Hollande, o el presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Carles Franqués, director general del Banco Sabadell Atlántico en el Reino Unido, dirige una reunión con directivos del banco.
La City ha defendido sus privilegios desde que era la colonia de Londinium, a través de la decadencia del imperio romano, el periodo anglosajón, la edad media, la Ilustración, la revolución industrial y las reformas de los siglos XIX y XX. Y va a defenderlos con uñas y dientes ante cualquier intento del núcleo duro de la Unión Europea (Berlín y París) de dejarla marginada ante la negativa británica a formar parte de la unión bancaria, concebida por Bruselas como medida preventiva de la especulación desmesurada en el movimiento de capitales que estuvo en el origen de la actual crisis. El liberalismo es su filosofía, su leitmotif, su raison d’être. Los impuestos y las regulaciones le producen alergia.

El sector de servicios financieros que constituye el alma de la City es proporcionalmente mucho más importante para la economía británica que para cualquier otra potencia de la Unión Europea (las manufacturas y las exportaciones son el motor de Alemania, la agricultura ejerce un peso muy importante en Francia), ya que significa un 10% del total de los impuestos que ingresa el Tesoro, y un 34% del comercio de la nación. Sus avenidas de tráfico infernal llenas de taxis negros y autobuses rojos de dos pisos, sus plazas y sus callejuelas empedradas y alumbradas con farolas, inmutables desde los tiempos de Oliver Twist o Jack el Destripador, albergan quinientos bancos de todos los países del mundo que mueven dinero o lo blanquean, y son la condición sine qua non para la presencia en Londres de oligarcas rusos, jeques del Golfo y millonarios asiáticos, de la misma manera que la Compañía de las Indias fue el brazo mercantil del imperio y sus negocios justificaron invasiones y guerras. Sus instituciones destilan el precepto lampedusiano de “que todo cambie para que no cambie nada”.
Faraaz Kaskar, estudiante de origen indio natural de Leicester, busca trabajo en Throgmorton Avenue
¿Qué hace de la City la capital financiera del planeta junto a Nueva York, el lugar que escoge una firma sueca o suiza para vender un negocio africano a un rival asiático? La tradición, desde luego. También la falta de burocracia y de normas excesivas. Pero sobre todo el idioma inglés, la existencia de un sistema legal claro y simple y la presencia en apenas dos kilómetros cuadrados de jueces, abogados, contables, banqueros y corredores de bolsa con enorme habilidad y experiencia, capaces de intercambiar información y hacer posible el cierre de una operación en cuestión de horas, si no de minutos.

Muchas veces se ha echado mano del tópico de que la City –como Wall Street– no duerme, pero es cierto. A mitad de camino entre Estados Unidos y el Lejano Oriente, abre coincidiendo con el cierre de Tokio y unas cuantas horas antes de que lo haga Nueva York, y marca la pauta de lo que va a ser la jornada financiera. En calles como Morgate o Threadneedle (donde tiene su sede el Banco de Inglaterra) siempre se ven encendidas luces de oficinas, incluso en plena madrugada. Siempre hay algún abogado revisando un contrato o algún stock broker intentando colocar desesperadamente un paquete de acciones, mientras sus colegas se emborrachan en los numerosos pubs para celebrar las ganancias del día. Y a las seis de la mañana ya están los carritos de café y el croissant a la puerta del rascacielos del Natwest, en Charterhouse Street o Petticoat Lane.
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