03/02/2013

Camino de vuelta

Texto de Antoni Ortí
Diez inmigrantes de Marruecos, Rumanía, Polonia, Ecuador, Colombia, Argentina, Perú, Honduras, Guinea Ecuatorial y Reino Unido cuentan por qué vinieron a vivir a España, su experiencia aquí y la razón por la que ahora regresan a sus países

Néstor Fares; su mujer, Laura Beatriz Durán, y sus hijos, en el aeropuerto de Madrid Barajas, de regreso a su Argentina natal tras vivir casi siete años en España
Foto de Dani Duch

Llegaron con la alegría triste que produce emigrar a otro país y el corazón en vilo. El plan era buscar trabajo a través de alguien más o menos conocido (un pariente, el amigo de un amigo, un simple paisano) y salir adelante en un país lleno de extranjeros con esa valentía algo suicida a la que se aferran muchas personas cuando nada tienen que perder. Sin embargo, ahora, casi siete años después, Néstor Fares; su mujer, Laura Beatriz Durán, y sus tres hijos, Guillermo, Martín y Valentín, se encuentran haciendo cola en el mostrador del aeropuerto de Barajas para facturar cinco valijas rumbo a San Rafael (Argentina).

“Vinimos sin saber nada, para estar un tiempito, no más, aprovechando que mi señora tenía familia en Roquetas de Mar (Almería)”, rememora Néstor Fares al lado de los kilos de recuerdos que se lleva para Mendoza (Argentina). “Y durante un tiempo, viste, me fue bien y trabajé de pintor, en el campo, de mecánico, en la construcción... Pero hace dos años se me acabó el trabajo y ya me quedé sin plata para el alquiler. La fortuna que tuvimos es que un muchacho español nos prestó una casa de invernadero, pero que es una casa, donde hemos estado hasta ahora”, esto es, hasta noviembre del 2012, cuando Cruz Roja Española les sufragó los pasajes de avión para que pudieran retornar a su país.

Desde el año 2000 hasta el 2011, España pasó de tener algo menos de un millón de extranjeros a contabilizar casi seis, y se convirtió en el segundo país del mundo (tras EE.UU.) en recibir proporcionalmente más inmigrantes y dando lugar a lo que algunos sociólogos llamaron “el sueño español”. A saber: un lugar donde sobraba el trabajo, en el que se agasajaba a los forasteros con “la hipoteca de bienvenida” y no tan racista como otros países más acostumbrados y, en ese sentido, más reacios a recibir a gente de fuera. Tanto es así que si el american dream lo protagonizaron los italianos, polacos e irlandeses que emigraron a EE.UU en los siglos XIX y XX, el “sueño español” recayó fundamentalmente en los sudamericanos, africanos y europeos del Este que decidieron emigrar a España a comienzos del siglo XXI.

Sin embargo, desde el 2010, la crisis económica se está cobrando las cabezas de los más débiles y obligando a casi medio millón de extranjeros a abandonar España cada año, aunque, paradójicamente, otros 400.000 sigan viniendo y protagonizando historias cargadas de épica con un final muy desigual. Así, mientras siguen llegando más rumanos, pakistaníes, marroquíes y chinos, se están yendo los sudamericanos, hasta representar prácticamente el 50% de las salidas.

Uno de los que se quieren marchar es Juan Esteban Molina, un ecuatoriano de 35 años que llegó en el 2002. “Vine como todos, por la falta de trabajo, por la bancarrota, porque tuvimos un gobierno que mejor olvidar. Allí entonces estaba la vida como aquí ahora. Bueno, para algunos…”, ironiza, mientras se calienta las manos con una taza humeante en una cafetería próxima a la Puerta del Sol de Madrid, donde acaba de hacerse una foto que huele a despedida junto a su mujer, Marjorie Llano, y su hijo Steven, de 19 meses.
Imelda Locuna- La guineana,con sus dos hijos en l’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), explica que ahora la ayuda su familia en el país de origen para que pueda sobrevivir en España
Foto de Laura Guerrero
“En Ecuador me buscaba la vida en los autobuses vendiendo chavelitas (galletas). Es bonito acordarse de esos tiempos. No me da vergüenza”, dice este ecuatoriano mirando a los ojos. Recuerdo que mi hermano me llamaba por teléfono y me decía: ‘Vente a España, que la cosa está buena’. Hasta que un día me mandó el billete de avión junto con unos mocasines negritos”.
“Al llegar, tenía 140 euros en el bolsillo, así que me pasé 15 días durmiendo en un parque que hay en la zona de Ventas. Cada día iba gastando moneditas… Cuando llamaba a casa le contaba a mi papá que estaba haciendo medio algo... En Cáritas me daban comidita, pero por la noche pasaba frío y me dolían las rodillas, porque la manta no me alcanzaba hasta los pies, hasta que un día, un muchacho español, al verme dormir así en el parque, me trajo un saco de dormir. ¡Ah, cómo me alivió! Actualmente, vivo con mis cuñadas en Parla. Lo que pasa es que el piso está hipotecado. Y mi suegro, aunque lo disimula, está hasta el cuello con eso”, confiesa.

A partir de ahí, Juan Esteban Molina comienza a relatar su currículum laboral en España, desde que consiguió su primer empleo, para el que tuvo que hacerse pasar por oficial de obra (ese mismo día le descubrieron...), hasta su último trabajito de mensajero (le pagaban 60 céntimos por cada trayecto en moto, con la gasolina a su cargo).

“Mi primer trabajo fue de peón albañil: bajar escombros, picar... Un tiempo después trabajé en los túneles de Miraflores y ganaba 1.800 euros al mes. Recuerdo que cada semana me llamaban de los bancos para animarme a comprar una casa. ¡Menos mal que me ganaron la pereza y el sueño! Pero, de repente, empezó a torcerse todo y ya me quedé sin trabajo”, dice bajando la vista.
“Al principio, lo que más me sorprendió fue que la gente era muy amable. La notaba como sincera, no había ningún tipo de… Pero la cosa ha cambiado. No es lo mismo. Ahora te empiezan a clasear (clasificar), y cuando dices que eres de Ecuador, parece que caigas mal, con desprecio”, concluye. Agrega que tan pronto como consiga tramitar el cobro de los 600 euros que percibe del paro en Ecuador, se sumará a los, por ejemplo, 54.330 compatriotas que ya regresaron al país andino en el 2011.

Ahmed Alaanti, un marroquí de 40 años nacido en Chauen, vive en Las Quemadas (Córdoba). “Llegué a España en el 2004. Mi último trabajo fue dar de comer a diez conejos una semana sí y otra semana no. El dueño me daba 50 euros al mes. Pero ahora ya no tengo qué hacer aquí. Todo son problemas, y cada día peor”, reconoce este hombre de origen rural que, al igual que el 50,7% de los 783.137 marroquíes que viven en España, no tiene trabajo.
“Vivo en una chabola, pero cuando llueve, todo se moja. Cada día voy a buscar hierro y chatarra. Me pagan 20 céntimos el kilo”, revela, tras explicar con su trabajoso castellano que en cuanto le sea posible se marchará a Tetuán para intentar vender verdura en algún puesto ambulante.

Sin embargo, pese a que este reportaje sólo recoge testimonios de personas que están a punto de regresar a sus países o de viajar a otros nuevos (EE.UU., Reino Unido, Suiza y Canadá son algunos de los más citados), es de justicia reseñar que hay seis millones de historias (tantas como inmigrantes llegados a España) y que muchas acaban bien. Pero no acostumbra a ser el caso de los últimos en llegar, como ocurre con la burbuja ­inmobiliaria.

José Edgar Gutiérrez y su mujer, Beatriz, terminan de llenar las maletas en Alicante, el día antes de que él vuelva a Colombia. Ella se queda en España hasta terminar su tratamiento oncológico
Foto de Daniel García-Sala

Por ejemplo, Helcy Maribel Ferrera, una hondureña de 26 años, madre de Yolan Isabel y Helcy Noemí, aterrizó en España en el 2011, cuando la crisis económica ensuciaba las portadas de los periódicos. Nacida en Cantarranas, como se sigue llamando a San Juan de las Flores por mucho que en 1889 el obispo fray Juan de Jesús Zepeda le cambiara el nombre, la mujer prepara el equipaje para regresar a Honduras con la sensación de haber desperdiciado una de sus últimas balas.

“Las cosas nunca son tan sencillas como parecen. Mi idea era venir tres años y regresar. Quería conseguir 250.000 lempiras (el equivalente a 4.830 euros) para levantar una casa, porque no tengo un compañero o un esposo que me ayude”, indica desde Salt (Girona), donde ha residido hasta la fecha.
“Me voy un poco mal, con un regusto amargo. La prima que tengo en España me pagó el billete y me dijo que se lo devolviera con lo que ganara, pero no le he podido reembolsar el dinero, así que me voy con la deuda de 1.500 euros”, confiesa.
“Yo en este país sufrí mucho. Gracias a la Cruz Roja tuve arroz, macarrones, leche, salsa, aceite, lentejas, zumo… De los 120 euros que ganaba al mes, mandaba 100 para mis dos hijas y para mi madre, que se quedaron allá, así que me quedaban 14 euros, porque el envío me costaba seis”, revela. Lo repite: pasaba el mes con 14 euros.

“Yo antes sembraba maíz, cortaba chile, lavaba camote (batata), abonaba… En el campo se pagan 120 lempiras (4,60 euros) por jornada”, indica Helcy Maribel Ferrera, aportando luz al hecho de que en el 2011 (ya con la crisis)todavía llegaran a España 457.650 inmigrantes. “En la maleta me llevo un trajecito para cada niña, un bolso para mi madre y otro para mí”, revela, empleando seis escuetos segundos en detallar los obsequios con los que regresa después de pasar 15 meses en España.

Si se trata de hacer las maletas, en el 2009 se presentó la exposición itinerante Memoria gráfica de la emigración española, en una de cuyas fotos estelares se observaba a un grupo de trabajadores con la maleta de madera en el suelo a punto de emigrar a Bélgica en 1957 o de huir del franquismo hacia México, Brasil o Argentina o simplemente de la pobreza, como hicieron entre 1882 y 1930 un total de 3.297.312 españoles. Unas imágenes que contrastan con los estereotipos xenófobos que circulan por España acerca de los inmigrantes –“nos quitan el trabajo”, “hacen bajar los salarios”...– por más que todos los estudios realizados no sustenten estas leyendas urbanas.

Sin embargo, desde el 2011 el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) refleja un rechazo creciente a la presencia de extranjeros, hasta el punto de que casi el 60% de los españoles (siete puntos más que en el 2008) se muestra convencido de que los inmigrantes reciben más de lo que aportan, acaparan las ayudas sociales y abusan de la sanidad pública.

Pese a estos tópicos callejeros, los inmigrantes manifiestan que los españoles son menos racistas que los europeos del norte y, en términos generales, se muestran satisfechos con el trato que reciben. Hasta tal extremo llega esa gratitud que, por ejemplo, donan sus órganos en un porcentaje mucho mayor que en sus países de origen, como destacó en junio del 2012 el director de la Organización Nacional de Trasplantes, Rafael Matesanz. “Es un mensaje muy esperanzador porque ningún otro país de Europa lo ha conseguido. Hemos debido de hacer algo distinto”, aventuró.
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de: Miguel diaz jimenez | 03/02/2013
Me entristece que os este pasando esto,yo pienso que nadie tiene la culpa,ya que el problema es que en estos momentos a España le va muy mal,me figuro que todo se pondra mejor en una fecha no lontana,y entonces podeis quedaros en España. tengais mucha suerte.
de: Miguelina Pimentel Mancebo | 03/02/2013
Realmente cuando emigras tu vida cambia, y cambia para siempre, porque pierdes y ganas. Es como si pasaras a ser otra persona. Tienes mas vivencias y te pierdes otras. Dejando a un lado todo el trauma que esto comporta, y también sintiendo mucho respeto por las personas que regresan a su país sintiendo que han fracasado, este es un tema que da mucho de si para debatir . Aquí hay una forma muy exagerada de enfocar la vida. Hace cuatro años nadie se acordaba que este había sido un país de emigrantes. Todo el mundo tenía la actitud de nuevo rico, y ahora es el fin del mundo cuando alguien toma la decisión de marchar. Uno de los grandes problemas de esta sociedad es el inmovilismo.
de: PAki | 02/02/2013
Gracias por este reportaje tan cercano que nos hace ver y entender mejor muchas situaciones que nos son ajenas... de momento. Los que nunca hemos tenido la necesidad de emigrar a veces creemos que no va con nosotros y nos atrevemos a juzgar gratuitamente otras personas por el simple hecho de proceder de otro país. Todos estamos expuestos a sentir la necesidad de marcharnos un día u otro. No somos distintos por el hecho de tener un color o un acento diferente. El día que podamos comprender esto realmente sin encasillar a nadie quizás seamos capaces de vivir con el respeto que todos merecemos. Gracias a las personas que en este reportaje han abierto sus vidas y su corazón y lo han compartido.
de: Patricia Valencia | 01/02/2013
Se que se siente porque ya lo viví en el 2010 cuando me toco volver, ahora tengo a mi familia y mi corazón entre mi país y España (Una parte de mi vida y mi esposo español están en España) y la otra esta aquí con mi hija española pero que no quiere volver porque se siente bien y feliz pero extrañando a su padre,la situación económica nos llevó a tomar esta decisión y cada día es difícil para todos.

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