10/02/2013
El nuevo motor de China
Texto de Isidre Ambrós
Fotos de Chu Chu
Son ya 300 millones de personas. La clase media china despega y su poder adquisitivo crece. De momento consume con prudencia, pero el Gobierno ya cuenta con que se convierta en el siguiente motor económico del país, por delante de las exportaciones. En este reportaje, tres familias de clase media, de distintas edades y condiciones, muestran cómo viven

Liu Jing y Gao Yuan
Viven en un ático dúplex en una zona céntrica de Pekín. Tienen un hijo y una hija, respectivamente, de matrimonios anteriores, y acaban de tener un hijo en común. Liu Jing, de 45 años, es propietario de una empresa de sistemas de seguridad, y Gao Yuan, de 32, es periodista de un medio digital. Ella está especialmente preocupada por la seguridad de los productos alimentarios y compra la leche infantil en Inglaterra por internet
Viven en un ático dúplex en una zona céntrica de Pekín. Tienen un hijo y una hija, respectivamente, de matrimonios anteriores, y acaban de tener un hijo en común. Liu Jing, de 45 años, es propietario de una empresa de sistemas de seguridad, y Gao Yuan, de 32, es periodista de un medio digital. Ella está especialmente preocupada por la seguridad de los productos alimentarios y compra la leche infantil en Inglaterra por internet
Son ya 300 millones, como toda la población de Estados Unidos, y se prevé que en el 2020 alcancen la cifra de 700 u 800 millones. Es la emergente clase media china. Un colectivo enorme que está destinado a sustentar el crecimiento económico de la segunda potencia mundial, que en los últimos treinta años ha podido mantener un fuerte ritmo de desarrollo económico gracias a sus exportaciones.
Se trata, sin embargo, de un grupo de personas con unas características de consumo propias, que poco tienen que ver con las acomodadas clases medias occidentales. Cada vez son más consumistas, es cierto. Pero su estilo de vida es distinto del de sus homónimos de los países desarrollados. Sus preocupaciones son prácticamente las mismas: inquietud por llegar a final de mes, ganar más dinero y poder gozar de un nivel de vida cualitativamente bueno. Unos objetivos que hasta hace relativamente pocos años eran impensables para la mayoría de los ciudadanos del país más poblado del planeta. Habita en ellos, no obstante, un pragmatismo que les hace concentrarse en tener cubiertas las necesidades que consideran básicas, y poca cosa más. Un realismo que quizás las jóvenes generaciones europeas recuperen, impulsadas por los efectos de la crisis.
Esta sensación se vive, por ejemplo, cuando uno visita el hogar de Fang Lei y Xu Lilli. Es un piso de 60 metros cuadrados en el antiguo barrio pekinés de Xuanwu, que hace algo más de un año desapareció para engrosar el distrito de Xicheng. Una zona que históricamente ha acogido a los musulmanes de la etnia minoritaria hui y que forma parte de la zona antigua del centro de Pekín. No lejos de allí se encuentra la milenaria mezquita de Niujie.
Decidieron ir a vivir allí porque el apartamento es propiedad de la madre de él y no tienen que pagar ni alquiler ni crédito hipotecario. “Mi familia siempre ha vivido aquí”, explica este exestudiante de Económicas de 35 años. “Demolieron la vivienda familiar y luego nos adjudicaron estos bajos. Mi madre ha preferido irse a vivir al campo y me lo ha cedido. Para nosotros está bien”, afirma.
A la pareja y a Xiaolong, un cachorro de alaska malamute de pocos meses, el apartamento les viene como anillo al dedo. Entre los dos ingresan unos 9.000 yuanes mensuales, que equivalen a unos 1.150 euros. Lei cobra unos 5.000 yuanes (640 euros) en la compañía de seguros en la que trabaja desde que terminó los estudios, y Lilli, 4.000 (515 euros), como secretaria en una empresa de anuncios publicitarios. Unas cantidades que se corresponden con los ingresos medios per cápita que cobran los pekineses, que en el 2011 era de 4.672 yuanes (600 euros o 735 dólares).
Son unos ingresos mensuales por debajo del salario mínimo interprofesional que se cobra en España, pero que en China aún permiten llegar a fin de mes y ahorrar. Y es que a la hora de economizar, hay que tener en cuenta que la clase media del gigante asiático es muy distinta de la occidental. Los hogares chinos concentran prácticamente la mitad o más de sus gastos en alimentación, ropa y vivienda. Sus comodidades caseras son las habituales para la vida doméstica, pero no mucho más.
El apartamento de Lei y Lilli es un buen ejemplo. En sus dos piezas no falta nada de lo imprescindible para vivir, pero tampoco se encuentran electrodomésticos secundarios. Hay una nevera, una lavadora, un aparato de televisión, un ordenador y un iPad. Cada uno de ellos tiene un móvil, y Lei es propietario de un Toyota de siete años que mantiene como nuevo.
Es el vehículo con el que Lei acompaña cada día a Lilli desde el piso donde viven a la estación del metro de Changchunjie, al sudoeste de Pekín, antes de acudir a la compañía de seguros en la que trabaja “desde toda la vida”, afirma. Una rutina que comparte con otros millones de jóvenes pekineses que integran la emergente clase media china y que a veces pone de los nervios a Lei, debido a los atascos que se producen en la capital china en las horas punta, con sus casi cinco millones de vehículos matriculados.
Se trata, sin embargo, de un grupo de personas con unas características de consumo propias, que poco tienen que ver con las acomodadas clases medias occidentales. Cada vez son más consumistas, es cierto. Pero su estilo de vida es distinto del de sus homónimos de los países desarrollados. Sus preocupaciones son prácticamente las mismas: inquietud por llegar a final de mes, ganar más dinero y poder gozar de un nivel de vida cualitativamente bueno. Unos objetivos que hasta hace relativamente pocos años eran impensables para la mayoría de los ciudadanos del país más poblado del planeta. Habita en ellos, no obstante, un pragmatismo que les hace concentrarse en tener cubiertas las necesidades que consideran básicas, y poca cosa más. Un realismo que quizás las jóvenes generaciones europeas recuperen, impulsadas por los efectos de la crisis.
Esta sensación se vive, por ejemplo, cuando uno visita el hogar de Fang Lei y Xu Lilli. Es un piso de 60 metros cuadrados en el antiguo barrio pekinés de Xuanwu, que hace algo más de un año desapareció para engrosar el distrito de Xicheng. Una zona que históricamente ha acogido a los musulmanes de la etnia minoritaria hui y que forma parte de la zona antigua del centro de Pekín. No lejos de allí se encuentra la milenaria mezquita de Niujie.
Decidieron ir a vivir allí porque el apartamento es propiedad de la madre de él y no tienen que pagar ni alquiler ni crédito hipotecario. “Mi familia siempre ha vivido aquí”, explica este exestudiante de Económicas de 35 años. “Demolieron la vivienda familiar y luego nos adjudicaron estos bajos. Mi madre ha preferido irse a vivir al campo y me lo ha cedido. Para nosotros está bien”, afirma.
A la pareja y a Xiaolong, un cachorro de alaska malamute de pocos meses, el apartamento les viene como anillo al dedo. Entre los dos ingresan unos 9.000 yuanes mensuales, que equivalen a unos 1.150 euros. Lei cobra unos 5.000 yuanes (640 euros) en la compañía de seguros en la que trabaja desde que terminó los estudios, y Lilli, 4.000 (515 euros), como secretaria en una empresa de anuncios publicitarios. Unas cantidades que se corresponden con los ingresos medios per cápita que cobran los pekineses, que en el 2011 era de 4.672 yuanes (600 euros o 735 dólares).
Son unos ingresos mensuales por debajo del salario mínimo interprofesional que se cobra en España, pero que en China aún permiten llegar a fin de mes y ahorrar. Y es que a la hora de economizar, hay que tener en cuenta que la clase media del gigante asiático es muy distinta de la occidental. Los hogares chinos concentran prácticamente la mitad o más de sus gastos en alimentación, ropa y vivienda. Sus comodidades caseras son las habituales para la vida doméstica, pero no mucho más.
El apartamento de Lei y Lilli es un buen ejemplo. En sus dos piezas no falta nada de lo imprescindible para vivir, pero tampoco se encuentran electrodomésticos secundarios. Hay una nevera, una lavadora, un aparato de televisión, un ordenador y un iPad. Cada uno de ellos tiene un móvil, y Lei es propietario de un Toyota de siete años que mantiene como nuevo.
Es el vehículo con el que Lei acompaña cada día a Lilli desde el piso donde viven a la estación del metro de Changchunjie, al sudoeste de Pekín, antes de acudir a la compañía de seguros en la que trabaja “desde toda la vida”, afirma. Una rutina que comparte con otros millones de jóvenes pekineses que integran la emergente clase media china y que a veces pone de los nervios a Lei, debido a los atascos que se producen en la capital china en las horas punta, con sus casi cinco millones de vehículos matriculados.

Fang Lei y Xu Lilli
Viven en un apartamento de unos 60 m2 en una zona antigua del centro de Pekín propiedad de la madre de él, lo que les permite ahorrar una parte de los 1.150 euros que, al cambio, ganan entre los dos. Comprar la comida en los puestos callejeros, como se ve en la foto de la derecha, es otra forma de ahorrar. Ella se queja de la carestía de la vida en la capital y preferiría vivir en una ciudad más pequeña y con menos contaminación. No se plantean tener hijos y son dueños de un cachorro de perro esquimal.
Viven en un apartamento de unos 60 m2 en una zona antigua del centro de Pekín propiedad de la madre de él, lo que les permite ahorrar una parte de los 1.150 euros que, al cambio, ganan entre los dos. Comprar la comida en los puestos callejeros, como se ve en la foto de la derecha, es otra forma de ahorrar. Ella se queja de la carestía de la vida en la capital y preferiría vivir en una ciudad más pequeña y con menos contaminación. No se plantean tener hijos y son dueños de un cachorro de perro esquimal.
De casa al trabajo y del trabajo a casa. Lei y Lilli disponen de poco tiempo libre, porque la jornada laboral empieza a las nueve de la mañana y no termina hasta las siete de la tarde. Y cuando llegan a casa les espera Xiaolong. Lo sacan a pasear, aprovechan para comprar comida en el supermercado o en alguno de los puestos callejeros que hay en las calles vecinas y acaban el día delante del ordenador o del iPad, chateando con los amigos. “Los fines de semana que él trabaja aprovecho para salir de compras con las amigas”, dice Lilli, que se graduó en Turismo. El resto de los fines de semana salen poco, y cuando hace buen tiempo, y no hay mucha contaminación, salen al campo a hacer barbacoas con los amigos.
Lilli dice que los ingresos no les dan para mucho más. Se queja de la carestía de la vida en Pekín. “Esta ciudad es muy cara. Me gustaría mudarme a otra más pequeña, más manejable, donde todo sea más barato y la vida más fácil, con menos contaminación”, subraya esta licenciada en Turismo, quien no esconde su inquietud por los precios. “Todo sube menos los salarios. Espero que esto no siga así indefinidamente”, señala, esperanzada en que el Gobierno controle la inflación.
Los precios y la competitividad laboral son prácticamente las únicas preocupaciones de esta pareja que aún no se ha planteado tener hijos, porque consideran que “hay que prestarles mucha atención y mucha energía”, reflexiona ella. “Con tanta presión, es imposible”, añade Lei, quien precisa que “con los tiempos que corren, no es nada fácil. Hay mucha competitividad, y observas como la gente que no se adapta se queda por el camino y cada vez hay más diferencia entre ricos y pobres. Es la causa de que se produzcan disturbios y crímenes y de que la sociedad se desestabilice.
El desasosiego por la carestía de la vida que padecen Lei y Lilli no parece preocupar sin embargo a Liu Jing y Gao Yuan. Ellos encarnan lo más parecido a una familia de clase media occidental, aunque con matices. Acaban de estrenar un ático dúplex de algo más de cien metros cuadrados en un céntrico barrio de Pekín, cerca del templo de los Lamas. Cada uno de ellos aporta un hijo y una hija, respectivamente, de un matrimonio anterior, y acaban de tener un bebé que se ha convertido en el “pequeño emperador” por el que suspiran todas las familias chinas. Una situación que no les deja apenas tiempo libre y que les ha impulsado a cambiar de coche.
“¿Si es cara la vida? Sí, pero no exageradamente. Los sueldos también suben. Lo importante es que el Gobierno controle la inflación. Si lo hace, todo va bien”, señala Jing, que estudió electrónica y hoy, con 45 años, posee una empresa de sistemas de seguridad. Unos salarios que año tras año se incrementan en más de un 10%, lo que anima a la población a consumir más, tal como pretende el Gobierno, que aspira a que la demanda interna sustituya a las exportaciones como motor de la economía china.
Yuan, de 32 años, periodista en una importante publicación digital, no duda en señalar que a ella lo que más le inquieta es la seguridad alimentaria. “La calidad de los productos de alimentación es lo que más preocupa”. Su intranquilidad es lógica si se tiene cuenta que tiene una hija de seis años y un hijo recién nacido. “Estoy bastante tranquila porque aquí en Pekín existe un mayor control sobre los alimentos; no obstante, la leche infantil la compro en Inglaterra, a través de internet”, explica. Su iniciativa se antoja lógica después de los escándalos de leche infantil contaminada que se han producido en los últimos años en China.
La alimentación, especialmente la de los niños, es lo que a Yuan le gusta supervisar. Ahora que acaba de dar a luz, son sus padres quienes van al supermercado, pero es ella la que controla lo que llega al frigorífico de casa, uno de los pocos electrodomésticos que hay en la cocina de la vivienda.
Porque aunque Jing y Yuan encarnen un prototipo de familia de clase media china acomodada, no es fácil encontrar electrodomésticos o utensilios que no resulten imprescindibles en una vivienda, como pudiera ser el caso en cualquier país occidental. No hay microondas, lavavajillas ni cafetera exprés. El salón, sin embargo, está presidido por un gran televisor, el único que hay en la casa, y un piano.
Este instrumento musical está presente en el cinco por ciento de los 300 millones de hogares de clase media china. Su existencia plasma uno de los rasgos principales de este amplio colectivo que aspira a manifestar su nivel de vida en bienes de consumo y actividades de ocio y cultura muy concretos, como puede ser este ingenio musical. “A mí siempre me ha gustado la música, y quiero que mi hija también aprenda a tocar el piano”, explica Yuan, mientras sigue con atención los acordes que teclea Mifei.
Lilli dice que los ingresos no les dan para mucho más. Se queja de la carestía de la vida en Pekín. “Esta ciudad es muy cara. Me gustaría mudarme a otra más pequeña, más manejable, donde todo sea más barato y la vida más fácil, con menos contaminación”, subraya esta licenciada en Turismo, quien no esconde su inquietud por los precios. “Todo sube menos los salarios. Espero que esto no siga así indefinidamente”, señala, esperanzada en que el Gobierno controle la inflación.
Los precios y la competitividad laboral son prácticamente las únicas preocupaciones de esta pareja que aún no se ha planteado tener hijos, porque consideran que “hay que prestarles mucha atención y mucha energía”, reflexiona ella. “Con tanta presión, es imposible”, añade Lei, quien precisa que “con los tiempos que corren, no es nada fácil. Hay mucha competitividad, y observas como la gente que no se adapta se queda por el camino y cada vez hay más diferencia entre ricos y pobres. Es la causa de que se produzcan disturbios y crímenes y de que la sociedad se desestabilice.
El desasosiego por la carestía de la vida que padecen Lei y Lilli no parece preocupar sin embargo a Liu Jing y Gao Yuan. Ellos encarnan lo más parecido a una familia de clase media occidental, aunque con matices. Acaban de estrenar un ático dúplex de algo más de cien metros cuadrados en un céntrico barrio de Pekín, cerca del templo de los Lamas. Cada uno de ellos aporta un hijo y una hija, respectivamente, de un matrimonio anterior, y acaban de tener un bebé que se ha convertido en el “pequeño emperador” por el que suspiran todas las familias chinas. Una situación que no les deja apenas tiempo libre y que les ha impulsado a cambiar de coche.
“¿Si es cara la vida? Sí, pero no exageradamente. Los sueldos también suben. Lo importante es que el Gobierno controle la inflación. Si lo hace, todo va bien”, señala Jing, que estudió electrónica y hoy, con 45 años, posee una empresa de sistemas de seguridad. Unos salarios que año tras año se incrementan en más de un 10%, lo que anima a la población a consumir más, tal como pretende el Gobierno, que aspira a que la demanda interna sustituya a las exportaciones como motor de la economía china.
Yuan, de 32 años, periodista en una importante publicación digital, no duda en señalar que a ella lo que más le inquieta es la seguridad alimentaria. “La calidad de los productos de alimentación es lo que más preocupa”. Su intranquilidad es lógica si se tiene cuenta que tiene una hija de seis años y un hijo recién nacido. “Estoy bastante tranquila porque aquí en Pekín existe un mayor control sobre los alimentos; no obstante, la leche infantil la compro en Inglaterra, a través de internet”, explica. Su iniciativa se antoja lógica después de los escándalos de leche infantil contaminada que se han producido en los últimos años en China.
La alimentación, especialmente la de los niños, es lo que a Yuan le gusta supervisar. Ahora que acaba de dar a luz, son sus padres quienes van al supermercado, pero es ella la que controla lo que llega al frigorífico de casa, uno de los pocos electrodomésticos que hay en la cocina de la vivienda.
Porque aunque Jing y Yuan encarnen un prototipo de familia de clase media china acomodada, no es fácil encontrar electrodomésticos o utensilios que no resulten imprescindibles en una vivienda, como pudiera ser el caso en cualquier país occidental. No hay microondas, lavavajillas ni cafetera exprés. El salón, sin embargo, está presidido por un gran televisor, el único que hay en la casa, y un piano.
Este instrumento musical está presente en el cinco por ciento de los 300 millones de hogares de clase media china. Su existencia plasma uno de los rasgos principales de este amplio colectivo que aspira a manifestar su nivel de vida en bienes de consumo y actividades de ocio y cultura muy concretos, como puede ser este ingenio musical. “A mí siempre me ha gustado la música, y quiero que mi hija también aprenda a tocar el piano”, explica Yuan, mientras sigue con atención los acordes que teclea Mifei.

Sun Yudong y Zhang Shuqing
Viven en un piso de 100 m2 al norte de Pekín, a más de una hora del centro en coche si no hay atascos, que compraron de segunda mano en el 2005. Están jubilados y se sorprenden de la rapidez de los cambios en el país y de lo bien que van las cosas, algo que les resultaba inimaginable durante una vida laboral dedicada a sacar adelante con mucho esfuerzo a sus tres hijos. Una de sus nietas, de 15 años, vive con ellos, y se quejan de que no escucha sus consejo
“¿Vacaciones? Sí. Hemos hechos dos viajes. Uno, a la provincia de Mongolia interior, y otro, a Corea del Sur. En los dos casos hemos estado una semana”, explica Yuan, mientras da el biberón al pequeño Boyi.
Jing y Yuan también representan a la perfección a esa nueva clase media que, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), está constituida por aquellos hogares cuya capacidad de consumo diario se sitúa entre los 10 y los 100 dólares diarios, en paridad de poder de compra. Una cantidad de dinero que en Pekín, con un salario medio de 4.672 yuanes mensuales, supone un considerable poder adquisitivo, siempre y cuando uno se mantenga en los parámetros locales; es decir, comprando productos made in China y acudiendo a los mercados o supermercados locales. En caso contrario, la cesta de la compra nada tiene que envidiar a las de Barcelona, Madrid o París, por citar tres ciudades europeas.
El esquema familiar de Jing y Yuan es, precisamente, el que siempre habían aspirado a alcanzar Zhang Shuqing y su marido, Sun Yudong, y que no han conseguido hasta prácticamente su jubilación; una frontera laboral que en China se sitúa en los 55 años para las mujeres y los 60 para los hombres y que ahora está en proceso de revisión por parte del Gobierno.
Esta pareja de jubilados de 63 y 69 años, respectivamente, que viven en un piso de segunda mano de unos cien metro cuadrados, en el distrito de Changping, al norte de Pekín, y a más de una hora del centro de la ciudad si no hay atascos, afirma que nunca habían pensado que su país registraría unas transformaciones tan profundas. “Nunca imaginamos unos cambios tan grandes, aunque confiaba en una vida mejor”, explica la señora Shuqing, sentada en el sofá del pequeño salón de su casa, presidido por dos grandes televisores y abarrotado de muebles, recuerdos y fotos familiares de ella y su marido cuando eran más jóvenes.
Ella, primero camarera y luego empleada en una fábrica textil, y Yudong, cocinero del mismo restaurante toda su vida laboral, han vivido en primera persona todos los vaivenes de la China comunista y la evolución de la emergente clase medida en su país y saben muy bien lo que cuestan las cosas. “Como éramos pobres, fuimos de los últimos del vecindario en comprarnos un televisor en color –explica Shuqing, una mujer pizpireta que complementa los largos silencios de su esposo–, pero les dije a mis amigas: ya veréis como habrá un día en que también podremos comprarnos coches, pisos y… y de todo. En aquellos años, nadie lo pensaba, pero así ha sido”.
Esta mujer, madres de tres hijos y abuela de varios nietos, reconoce que ahora “la vida va muy deprisa, pero es más fácil que antes”. Confiesa que cuando se casaron “no planeamos todo esto”, señalando el apartamento que compraron en el 2005. “Sólo pensábamos en trabajar”, dice Shuqing, quien añade que “antes, uno no podía cambiar de trabajo, el empleo era para toda la vida. Él –señalando a su marido– fue cocinero de postres desde los 16 años hasta que se jubiló”.
Zhang Shuqing reconoce tener menos preocupaciones ahora que antes y que “los jóvenes de hoy en día han nacido en una buena época, tienen donde elegir y pueden disfrutar de la vida. Antes, nosotros sólo pensábamos en dar de comer a nuestros hijos”. Le inquieta, sin embargo, su nieta de 15 años, que vive con ellos. La ve frágil y rebelde y que, “como todos los jóvenes, no quiere escuchar los consejos y las experiencias que le pretendemos transmitir”.
Esta exobrera textil vive su tercera edad con optimismo. Va al parque todos los días a hacer ejercicio con las amigas, sigue conduciendo y disfruta con la época de transformaciones que le ha tocado vivir. Reconoce que los cambios se suceden a mucha velocidad, “pero la rapidez no es mala si el nivel de vida cambia al mismo ritmo”.
Y al revés que la joven pareja del distrito de Xuanwu, Lei y Lilli, a Shuqing no le inquieta su nivel de ingresos. Reconoce que no son muchos, pero que “con las pensiones que cobramos Yudong y yo nos apañamos”, afirma. Eso sí, se limitan a comprar productos nacionales. “La única excepción es el aceite de oliva, que es muy sano, aunque muy caro”, protesta esta venerable consumidora que disfruta yendo de compras al supermercado y eligiendo entre una amplia oferta de productos, algo impensable en su juventud, pero que ahora está al alcance de cualquiera… que tenga el nivel de ingresos suficiente. No hay que olvidar que aunque la clase media china abarca a 300 millones de personas y hay un millón de millonarios, aún quedan mil millones más haciendo cola en el ascensor social suspirando por alcanzar ese estatus. Un mejor nivel de vida que debe contribuir a dotar de mayor estabilidad a la sociedad china y a sostener el crecimiento económico de la segunda potencia mundial.°
Jing y Yuan también representan a la perfección a esa nueva clase media que, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), está constituida por aquellos hogares cuya capacidad de consumo diario se sitúa entre los 10 y los 100 dólares diarios, en paridad de poder de compra. Una cantidad de dinero que en Pekín, con un salario medio de 4.672 yuanes mensuales, supone un considerable poder adquisitivo, siempre y cuando uno se mantenga en los parámetros locales; es decir, comprando productos made in China y acudiendo a los mercados o supermercados locales. En caso contrario, la cesta de la compra nada tiene que envidiar a las de Barcelona, Madrid o París, por citar tres ciudades europeas.
El esquema familiar de Jing y Yuan es, precisamente, el que siempre habían aspirado a alcanzar Zhang Shuqing y su marido, Sun Yudong, y que no han conseguido hasta prácticamente su jubilación; una frontera laboral que en China se sitúa en los 55 años para las mujeres y los 60 para los hombres y que ahora está en proceso de revisión por parte del Gobierno.
Esta pareja de jubilados de 63 y 69 años, respectivamente, que viven en un piso de segunda mano de unos cien metro cuadrados, en el distrito de Changping, al norte de Pekín, y a más de una hora del centro de la ciudad si no hay atascos, afirma que nunca habían pensado que su país registraría unas transformaciones tan profundas. “Nunca imaginamos unos cambios tan grandes, aunque confiaba en una vida mejor”, explica la señora Shuqing, sentada en el sofá del pequeño salón de su casa, presidido por dos grandes televisores y abarrotado de muebles, recuerdos y fotos familiares de ella y su marido cuando eran más jóvenes.
Ella, primero camarera y luego empleada en una fábrica textil, y Yudong, cocinero del mismo restaurante toda su vida laboral, han vivido en primera persona todos los vaivenes de la China comunista y la evolución de la emergente clase medida en su país y saben muy bien lo que cuestan las cosas. “Como éramos pobres, fuimos de los últimos del vecindario en comprarnos un televisor en color –explica Shuqing, una mujer pizpireta que complementa los largos silencios de su esposo–, pero les dije a mis amigas: ya veréis como habrá un día en que también podremos comprarnos coches, pisos y… y de todo. En aquellos años, nadie lo pensaba, pero así ha sido”.
Esta mujer, madres de tres hijos y abuela de varios nietos, reconoce que ahora “la vida va muy deprisa, pero es más fácil que antes”. Confiesa que cuando se casaron “no planeamos todo esto”, señalando el apartamento que compraron en el 2005. “Sólo pensábamos en trabajar”, dice Shuqing, quien añade que “antes, uno no podía cambiar de trabajo, el empleo era para toda la vida. Él –señalando a su marido– fue cocinero de postres desde los 16 años hasta que se jubiló”.
Zhang Shuqing reconoce tener menos preocupaciones ahora que antes y que “los jóvenes de hoy en día han nacido en una buena época, tienen donde elegir y pueden disfrutar de la vida. Antes, nosotros sólo pensábamos en dar de comer a nuestros hijos”. Le inquieta, sin embargo, su nieta de 15 años, que vive con ellos. La ve frágil y rebelde y que, “como todos los jóvenes, no quiere escuchar los consejos y las experiencias que le pretendemos transmitir”.
Esta exobrera textil vive su tercera edad con optimismo. Va al parque todos los días a hacer ejercicio con las amigas, sigue conduciendo y disfruta con la época de transformaciones que le ha tocado vivir. Reconoce que los cambios se suceden a mucha velocidad, “pero la rapidez no es mala si el nivel de vida cambia al mismo ritmo”.
Y al revés que la joven pareja del distrito de Xuanwu, Lei y Lilli, a Shuqing no le inquieta su nivel de ingresos. Reconoce que no son muchos, pero que “con las pensiones que cobramos Yudong y yo nos apañamos”, afirma. Eso sí, se limitan a comprar productos nacionales. “La única excepción es el aceite de oliva, que es muy sano, aunque muy caro”, protesta esta venerable consumidora que disfruta yendo de compras al supermercado y eligiendo entre una amplia oferta de productos, algo impensable en su juventud, pero que ahora está al alcance de cualquiera… que tenga el nivel de ingresos suficiente. No hay que olvidar que aunque la clase media china abarca a 300 millones de personas y hay un millón de millonarios, aún quedan mil millones más haciendo cola en el ascensor social suspirando por alcanzar ese estatus. Un mejor nivel de vida que debe contribuir a dotar de mayor estabilidad a la sociedad china y a sostener el crecimiento económico de la segunda potencia mundial.°
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