10/02/2013

El fin de los ni-ni

Texto de Celeste López
Fotos de Dani Duch
Los ni-ni murieron con la crisis económica. Esos jóvenes que ni trabajan ni estudian explican que su situación no es elegida, sino que están indignados porque no encuentran oportunidades laborales
HÉCTOR ANCHUELO
21 años
Con 20 años, estaba feliz. Había terminado sus estudios de formación profesional (FP) de grado medio en Comercio y Marketing en Alcalá de Henares (Madrid) y estaba trabajando en una gran empresa de seguros como comercial… Increíble en plena crisis. “¡No me lo creía!”, dice. La alegría le duró apenas un año. No le renovaron el contrato. “La explicación no es original en estos tiempos, recorte de presupuesto que incluye recorte de personal”, señala con el soniquete de haberlo escuchado muchas veces ya.
Eso fue el año pasado. “No me desmoroné. Soy consciente de que son tiempos difíciles, pero pensé que quizá podría tener suerte”. Con ese espíritu, se puso a buscar trabajo. A veces solo, en otras ocasiones con un amigo en idéntica situación, lleva desde que le despidieron con la única tarea de encontrar “un curro” que le permita, “al menos, no vivir de mis padres”. Visita empresas para entregar en mano su currículum, a la vez que envía otros por internet. Entrega una media diaria de 25. “Soy incansable”, sonríe.
“Estoy seguro de que algo saldrá, al menos para mantenerme a flote”, señala, aunque reconoce que el panorama es desolador. “Hay muy poca vergüenza. El otro día –cuenta– me llamaron de una empresa para un empleo de comercial. Según decían, daba el perfil: joven, con los estudios adecuados y ganas. Me ofrecían 300 euros por trabajar de 11.30 de la mañana a 21.30 horas y en Madrid, a 30 kilómetros de mi casa. Sólo el abono de transporte me cuesta casi 70 euros y tenía que llevarme la comida. Les dije que no… Si hubiera sido en Alcalá de Henares, creo que hubiera dicho que sí. En otra ocasión me llamaron, pero me pedían que me hiciera autónomo… ¡no tengo dinero para pagarlo! ¿Soy un ni-ni por haber dicho que no quiero trabajar en esas condiciones? No dejo de buscar trabajo, pero lo que está claro es que no puedo pagar por trabajar...Me he puesto de plazo hasta marzo y, si no encuentro algo, me voy al extranjero o sigo con los estudios… ¡lo que sea! Quieto no me voy a quedar”.

Fili Fernández, un técnico industrial de 22 años, hace tiempo que “pasa” de cualquier información que haga referencia a los ni-ni, esos jóvenes de entre 16 y 29 años que ni estudian, ni trabajan, ni tienen intención de hacerlo. “Paso –explica–, porque no me identifico con ella, ni identifico a ninguno de mis amigos que, como yo, ni estudian ni trabajan. Somos ni-ni, sí, pero no porque yo quiera sino porque no me dejan otra opción. No encuentro trabajo de nada, ni de lo mío, ni de dependiente en Ikea. Soy tan ni-ni como la compañera de mi madre que perdió el trabajo hace cuatro años, con 47. Ella tampoco estudia ni trabaja ni tiene perspectivas de conseguir un empleo”.

Este joven madrileño pasa del término acuñado por los sociólogos a mediados de la primera década del siglo XXI porque sencillamente “ha quedado obsoleto ante la realidad actual”, dice. No le falta razón. La generación ni-ni hacía referencia a un sector de la juventud que en plena bonanza económica, con una España con una tasa de desempleo que ahora parece irrisoria –en el 2007 era del 8,6%, pese a que era de las más altas de los países de la OCDE–, había decidido que no tenían prisas, ni ganas, de salir del nido familiar, protegidos como estaban por unos padres con una situación económica más o menos favorable, que les permitía tener los euros suficientes en el bolsillo para salir cuando les daba la gana y regresar cuando quisieran, mientras que en su habitación contaban con lo necesario para proporcionarles una vida cómoda. Se les dibujaba como chavales superprotegidos por unos padres con poca voz de mando, niñatos sin ganas ni ilusión por nada. Unos vagos, vamos, unos parásitos de la sociedad.

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