10/02/2013
El mito que es humano
Mandela
Texto de Xavier Aldekoa
Mandela desayuna a las 10. La leyenda de Nelson Mandela, icono mundial por la lucha contra el régimen racista del apartheid, se cimenta en los pequeños detalles. Magazine trenza una de las mayores personalidades de las últimas décadas, como ya quedan pocas, con las anécdotas y los recuerdos de familiares, amigos íntimos y personas clave en la vida del mito sudafricano. Madiba en la distancia corta. Puro Nelson Mandela

Una imagen de Nelson Mandela en los años cincuenta/ Mandela, esperando las llegada de los invitados en la fiesta que la fundación que lleva su nombre organizó por su 85.º cumpleaños
Después de uno de esos cafés que no necesitan hora reservada en la agenda, los dos ancianos solían ir a pasear por el parque. Se sentaban en un banco frente al lago, cerca del zoo, y hablaban de la vida y el mundo durante horas como si aún les quedara tiempo para arreglarlo. Una mañana, a Nelson Mandela le entró nostalgia. Le pidió a su amigo que le llevara a Soweto, el barrio negro de las afueras de Johannesburgo que a fuerza de tirar piedras al apartheid acabó por enterrarlo. Quería ver su antiguo hogar, una casa baja de ladrillos rojos, con esa curiosidad paciente de los mayores para detenerse a observar los cambios, rememorar el pasado y oler las calles. No bajó del coche y pidió continuar para ver la iglesia Regina Mundi. A cierta edad, no se dice “por última vez”, aunque se piense.
Cuando el régimen blanco sudafricano prohibió las reuniones políticas, los centros religiosos se convirtieron en el único lugar donde se podía debatir. En Regina Mundi incluso los funerales acababan con cantos a la vida y a la libertad. Mandela sacó la cabeza por la ventanilla para ver mejor y le reconocieron; docenas de personas rodearon el coche para saludarle. Un anciano empapado de nostalgia se descubrió de nuevo líder revolucionario, expresidente y mito. “Quería ver cómo había cambiado todo”, dice su amigo. Comprobó que para él nada había cambiado.
De niño siempre miraba lejos. En Qunu, su aldea de infancia, jugaba a deslizarse por las piedras planas de la colina. El surco aún sirve de tobogán de piedra a los niños del pueblo. Justo delante, el valle se desparrama en verde y casas circulares de colores; el cielo suele ser muy azul. Desde muy pequeño, la tradición se le pegó en los huesos, igual que el liderazgo. “Nació y fue criado para ser un jefe”, dice su amigo y activista Ahmed Kathrada. Mandela, hijo de consejero real, aprendió en esos días a cuidar del rebaño, cazar pájaros con una honda, recoger miel de panales salvajes y beber leche tibia de la ubre de las vacas. Hoy, cada niño de la aldea aún conserva una honda en la mano, los dedos pegajosos y un poco de esa leche en la comisura de los labios, símbolo de vida rural y pobreza digna.
Aunque su padre murió pronto y Mandela fue adoptado a los nueve años por el regente de los thembu, nunca dejó de ser aquel niño de Qunu. Cuando en 1994 se convirtió en presidente de Sudáfrica, en sus constantes viajes por el mundo echaba de menos el pap, una pasta de maíz molido, y la leche cuajada. Hay alimentos, decía, que van al estómago y otros que van directamente a la sangre. Hablaba de aquella infancia de Qunu.
Cuando el régimen blanco sudafricano prohibió las reuniones políticas, los centros religiosos se convirtieron en el único lugar donde se podía debatir. En Regina Mundi incluso los funerales acababan con cantos a la vida y a la libertad. Mandela sacó la cabeza por la ventanilla para ver mejor y le reconocieron; docenas de personas rodearon el coche para saludarle. Un anciano empapado de nostalgia se descubrió de nuevo líder revolucionario, expresidente y mito. “Quería ver cómo había cambiado todo”, dice su amigo. Comprobó que para él nada había cambiado.
De niño siempre miraba lejos. En Qunu, su aldea de infancia, jugaba a deslizarse por las piedras planas de la colina. El surco aún sirve de tobogán de piedra a los niños del pueblo. Justo delante, el valle se desparrama en verde y casas circulares de colores; el cielo suele ser muy azul. Desde muy pequeño, la tradición se le pegó en los huesos, igual que el liderazgo. “Nació y fue criado para ser un jefe”, dice su amigo y activista Ahmed Kathrada. Mandela, hijo de consejero real, aprendió en esos días a cuidar del rebaño, cazar pájaros con una honda, recoger miel de panales salvajes y beber leche tibia de la ubre de las vacas. Hoy, cada niño de la aldea aún conserva una honda en la mano, los dedos pegajosos y un poco de esa leche en la comisura de los labios, símbolo de vida rural y pobreza digna.
Aunque su padre murió pronto y Mandela fue adoptado a los nueve años por el regente de los thembu, nunca dejó de ser aquel niño de Qunu. Cuando en 1994 se convirtió en presidente de Sudáfrica, en sus constantes viajes por el mundo echaba de menos el pap, una pasta de maíz molido, y la leche cuajada. Hay alimentos, decía, que van al estómago y otros que van directamente a la sangre. Hablaba de aquella infancia de Qunu.

Mandela y Winnie saludan a la multitud después de la salida de él de prisión
Con los años se ha convertido en jefe de familia, con todo lo que ello implica en una familia africana. Quien preside la mesa, observa en silencio y se preocupa por los demás; aunque esto último en él no es función adquirida, es su forma de ser. Hace unas semanas, su bisnieto Luvuyo fue a visitarle a su casa de Houghton para ver cómo estaba después de pasar las Navidades hospitalizado. Mandela alzó la vista, levantó el pulgar para decir que todo okey y le salió una pregunta sin pensar: “¿Ya has comido?”: “Parece una pregunta tonta –cuenta Luvuyo–, pero para mí demuestra el tipo de persona que es. Siempre se asegura de que los pequeños de la familia hayamos comido primero y pide ser el último en ser servido”.
Mandela llegó a Johannesburgo con el vértigo en el cuerpo y la curiosidad viva en los ojos. El primero aprendió a vencerlo, lo segundo siempre le acompañaría. En Soweto recuerdan su paso de chico a hombre. Se casó con su primera mujer y tuvo cuatro hijos, aunque una meningitis le mató a la pequeña Makaziwe, a los nueve meses. Pronto se mudó a la misma calle un joven cura llamado Desmond Tutu y, con el tiempo, Vilakazi Street se convertiría en la única calle del mundo con dos premios Nobel de la Paz.
Philip Ntombela, que tiene el pelo cano y la mirada de las buenas personas, recuerda como de niño jugaba en las calles de tierra con sus vecinos, los hijos de aquel hombre alto, fuerte, invariablemente elegante, al que veía como a un padre. El lugar era muy pobre, y sus progenitores sufrían, aunque ninguno de los niños entendía que pudiera haber una vida mucho mejor que aquella. Por primera vez, las urnas vomitaron al mundo la palabra apartheid. Era 1948. Ntombela veía menos por el barrio al padre de sus amigos. Mandela, al frente del primer bufete de abogados negros del país, se casó con la política y se divorció de su primera mujer. Más tarde viviría en esa casa de Vilakazi con Winnie Mandela, a la que soñó más desde la cárcel que en libertad. Treinta y ocho años juntos acabarían con una fría separación.
No se olvidó de sus vecinos de Soweto. Al salir de prisión después de casi tres décadas, regresó unos días a su hogar con el traje de gran líder de la revolución negra. Pasó casa por casa a saludar a sus vecinos y les llamó por el apellido a todos. “Hacía que no tuvieras miedo de preguntarle cualquier cosa”, destaca Philip Ntombela. El vecino del héroe murió de pena unas semanas después de pronunciar esta frase, cuando unos ladrones le robaron los tres ordenadores de su colmado, que había comprado después de trabajar toda su vida. De haberse enterado, Mandela le habría recordado con nombre y apellido.
Madiba –su nombre de clan xhosa– tenía buena memoria y sabía usarla para complacer a su interlocutor. No importaba quién. El cónsul honorario español, Eduardo García-Gutiérrez, con media vida en Sudáfrica, coincidió con él, ya presidente, en una cena en un hotel de Johannesburgo. Sonó el teléfono y, como no había nadie alrededor, descolgó. Preguntaban por Mandela, fue a buscarle y le acompañó hasta el aparato. Le preguntó su nombre y ahí quedó todo. Un año después, se cruzaron en la reinauguración del Blue Train, un tren de lujo que une Johannesburgo con Ciudad del Cabo. Le dio un fuerte apretón de manos: “¡Hombre, señor García, usted por aquí!”, le dijo. “Se acordaba perfectamente –dice–, era un hombre con una memoria prodigiosa y te hacía sentir a gusto”. Para Mandela, la memoria era una manera de hacer política.
Mandela llegó a Johannesburgo con el vértigo en el cuerpo y la curiosidad viva en los ojos. El primero aprendió a vencerlo, lo segundo siempre le acompañaría. En Soweto recuerdan su paso de chico a hombre. Se casó con su primera mujer y tuvo cuatro hijos, aunque una meningitis le mató a la pequeña Makaziwe, a los nueve meses. Pronto se mudó a la misma calle un joven cura llamado Desmond Tutu y, con el tiempo, Vilakazi Street se convertiría en la única calle del mundo con dos premios Nobel de la Paz.
Philip Ntombela, que tiene el pelo cano y la mirada de las buenas personas, recuerda como de niño jugaba en las calles de tierra con sus vecinos, los hijos de aquel hombre alto, fuerte, invariablemente elegante, al que veía como a un padre. El lugar era muy pobre, y sus progenitores sufrían, aunque ninguno de los niños entendía que pudiera haber una vida mucho mejor que aquella. Por primera vez, las urnas vomitaron al mundo la palabra apartheid. Era 1948. Ntombela veía menos por el barrio al padre de sus amigos. Mandela, al frente del primer bufete de abogados negros del país, se casó con la política y se divorció de su primera mujer. Más tarde viviría en esa casa de Vilakazi con Winnie Mandela, a la que soñó más desde la cárcel que en libertad. Treinta y ocho años juntos acabarían con una fría separación.
No se olvidó de sus vecinos de Soweto. Al salir de prisión después de casi tres décadas, regresó unos días a su hogar con el traje de gran líder de la revolución negra. Pasó casa por casa a saludar a sus vecinos y les llamó por el apellido a todos. “Hacía que no tuvieras miedo de preguntarle cualquier cosa”, destaca Philip Ntombela. El vecino del héroe murió de pena unas semanas después de pronunciar esta frase, cuando unos ladrones le robaron los tres ordenadores de su colmado, que había comprado después de trabajar toda su vida. De haberse enterado, Mandela le habría recordado con nombre y apellido.
Madiba –su nombre de clan xhosa– tenía buena memoria y sabía usarla para complacer a su interlocutor. No importaba quién. El cónsul honorario español, Eduardo García-Gutiérrez, con media vida en Sudáfrica, coincidió con él, ya presidente, en una cena en un hotel de Johannesburgo. Sonó el teléfono y, como no había nadie alrededor, descolgó. Preguntaban por Mandela, fue a buscarle y le acompañó hasta el aparato. Le preguntó su nombre y ahí quedó todo. Un año después, se cruzaron en la reinauguración del Blue Train, un tren de lujo que une Johannesburgo con Ciudad del Cabo. Le dio un fuerte apretón de manos: “¡Hombre, señor García, usted por aquí!”, le dijo. “Se acordaba perfectamente –dice–, era un hombre con una memoria prodigiosa y te hacía sentir a gusto”. Para Mandela, la memoria era una manera de hacer política.

Mandela en la cárcel
El carisma y la elegancia son los primeros recuerdos del héroe antiapartheid del griego George Bizos, que se hizo amigo suyo antes de que Mandela fuera Mandela. Se conocieron hace más de 60 años. La década de los 50 arrancaba, y Mandela daba un discurso frente a varios estudiantes, muchos blancos; y como no había micrófono, sacaba un vozarrón hipnotizante. Bizos rememora: Madiba era el mejor vestido, quien desprendía más seguridad, quien mejor hablaba; y se quedó con un detalle: “Era un optimista”. El propio mito sudafricano diría más tarde aquello de “siempre parece imposible hasta que se ha conseguido” para definirse sin pretenderlo.
Cuando más difícil parecía, siempre optó por la confianza, incluso el humor. Al poco de convertirse en el primer presidente negro de Sudáfrica, se desató una tormenta en una reunión de ministros. Mandela se mantuvo en silencio, dejó hablar a todos y se levantó. Después de escucharos, dijo, la decisión del gobierno es la siguiente: tal. Se dirigió a la puerta, se giró y preguntó: “¿Alguna dimisión?”, y se fue riendo. Cuando se lo explicó a Bizos, se reía a carcajadas.
Mucho antes su vida se había salpicado de campañas de resistencia y protestas. Eran tiempos de orgullo, no de risa. Y decir orgullo negro en la Sudáfrica de la época era sinónimo de desafío. En 1960, Mandela fue arrestado junto a otros compañeros y retenido sin orden judicial en una comisaría de Newlands, Ciudad del Cabo. Un joven uniformado se refirió a él como Nelson. “No soy Nelson para ti –respondió–; para ti soy el señor Mandela”. El orgullo y la dignidad que Mandela quería para todos los sudafricanos no cabían en aquella Sudáfrica. Pronto llegaron la clandestinidad y la lucha armada. Kathrada vivió en la línea de decisión el trasvase de la resistencia pacífica a la de la pólvora. “La respuesta del gobierno del apartheid, lejos de escuchar las quejas de la gente, fue responder con leyes aún más estrictas. Una y otra vez. Vimos que todos los esfuerzos de acciones no violentas, boicots, manifestaciones, huelgas, resistencia civil no funcionaban”.
La cárcel era cuestión de tiempo. “Recuerdo que era un frío día de invierno… y se convirtió en un día gélido. Nos sentimos como congelados. Fuimos llevados a la prisión de Johannesburgo...”. La cadena perpetua de Mandela pilló a Denis Goldberg en la sala de estar de la granja Liliesleaf viendo como entraba la policía. En la habitación de al lado, la cúpula de la resistencia antiapartheid trazaba un plan para derrocar al gobierno en una mesa repleta de papeles con la letra de Madiba, que en ese momento estaba detenido. Él les había pedido mil veces que destruyeran sus notas y no lo hicieron. Tras ese día, Goldberg, el único blanco del grupo, Mandela y otros seis líderes pasarían la mitad de la vida en prisión.
“Cuando me conducían a la cárcel –recuerda Goldberg– ya era de noche, y miré al cielo para ver las estrellas. Sabía que era la última vez que las iba a ver. O por lo menos no las vería en mucho tiempo. Un joven policía se me acercó y me dijo: ‘No hace falte que busques el modo de escalar esos muros, nunca más saldrás de aquí’”.
Cuando más difícil parecía, siempre optó por la confianza, incluso el humor. Al poco de convertirse en el primer presidente negro de Sudáfrica, se desató una tormenta en una reunión de ministros. Mandela se mantuvo en silencio, dejó hablar a todos y se levantó. Después de escucharos, dijo, la decisión del gobierno es la siguiente: tal. Se dirigió a la puerta, se giró y preguntó: “¿Alguna dimisión?”, y se fue riendo. Cuando se lo explicó a Bizos, se reía a carcajadas.
Mucho antes su vida se había salpicado de campañas de resistencia y protestas. Eran tiempos de orgullo, no de risa. Y decir orgullo negro en la Sudáfrica de la época era sinónimo de desafío. En 1960, Mandela fue arrestado junto a otros compañeros y retenido sin orden judicial en una comisaría de Newlands, Ciudad del Cabo. Un joven uniformado se refirió a él como Nelson. “No soy Nelson para ti –respondió–; para ti soy el señor Mandela”. El orgullo y la dignidad que Mandela quería para todos los sudafricanos no cabían en aquella Sudáfrica. Pronto llegaron la clandestinidad y la lucha armada. Kathrada vivió en la línea de decisión el trasvase de la resistencia pacífica a la de la pólvora. “La respuesta del gobierno del apartheid, lejos de escuchar las quejas de la gente, fue responder con leyes aún más estrictas. Una y otra vez. Vimos que todos los esfuerzos de acciones no violentas, boicots, manifestaciones, huelgas, resistencia civil no funcionaban”.
La cárcel era cuestión de tiempo. “Recuerdo que era un frío día de invierno… y se convirtió en un día gélido. Nos sentimos como congelados. Fuimos llevados a la prisión de Johannesburgo...”. La cadena perpetua de Mandela pilló a Denis Goldberg en la sala de estar de la granja Liliesleaf viendo como entraba la policía. En la habitación de al lado, la cúpula de la resistencia antiapartheid trazaba un plan para derrocar al gobierno en una mesa repleta de papeles con la letra de Madiba, que en ese momento estaba detenido. Él les había pedido mil veces que destruyeran sus notas y no lo hicieron. Tras ese día, Goldberg, el único blanco del grupo, Mandela y otros seis líderes pasarían la mitad de la vida en prisión.
“Cuando me conducían a la cárcel –recuerda Goldberg– ya era de noche, y miré al cielo para ver las estrellas. Sabía que era la última vez que las iba a ver. O por lo menos no las vería en mucho tiempo. Un joven policía se me acercó y me dijo: ‘No hace falte que busques el modo de escalar esos muros, nunca más saldrás de aquí’”.
de: Lars Quetglas | 09/02/2013
Sin Mandela y su ejemplo reconciliador este mundo sería un lugar inhóspito. Gracias Madiba.







