17/02/2013

Refugio del conocimiento

Texto y fotos de Ángeles Rodenas
Hace 80 años se creó en Londres el Consejo para la Ayuda de Refugiados Académicos (CARA), en un principio para atender a docentes judioalemanes que huían de los nazis. Desde entonces, académicos refugiados de muchos países han recibido ayuda de este centro para reconstruir su carrera en el exilio

Exprofesora universitaria en Iraq, ha recibido ayuda de CARA para poder rehacer en Londres su carrera académica

Hasta hace seis años Najlaa Alaian tenía la vida que siempre había soñado. Investigaba su proyecto de doctorado, impartía clases de Física en la Universidad de Bagdad y cuidaba de sus tres hijos, dos niños y una niña, nacidos después de iniciar su tesis doctoral. La vida, ajetreada y sin lujos, feliz y buscada, de una treintañera que se define como “inquieta, organizada y ambiciosa”. Pero en la convulsa capital iraquí del 2006, tres años después de la guerra que terminó con el régimen de Sadam Husein, el recrudecimiento de la insurgencia alcanzaba todos los estratos sociales y en particular al mundo académico. Alaian comenzó a recibir cartas amenazadoras en su despacho de la universidad. Algunos de sus compañeros ya habían huido cuando ella tomó la misma decisión. “Ser profesora universitaria y palestina era muy peligroso”, dice.

A pesar de haber nacido en Iraq, heredó la nacionalidad palestina de su padre, como es tradición en los países árabes. “Bajo Sadam, teníamos libertad de movimientos como cualquier ciudadano iraquí, pero tras su caída empezaron a tratarnos como residentes temporales. Al principio nos obligaban a renovar el pasaporte cada seis meses; después, cada dos”, cuenta impasible. Najlaa Alaian dejó de renovarlo porque acercarse a la oficina a realizar los trámites significaba convertirse en objetivo seguro de la violencia sectaria. “Terminé siendo una simpapeles en mi propio país”, comenta, incrédula. Aunque precisa: “No tengo nada en contra de los iraquíes, son buenas personas, las circunstancias les empujan a comportarse como lo están haciendo”.

La falta de documentos complicó su huida, en coche y con sus tres hijos, hasta Turquía y, desde allí, en avión con pasaporte falso al Reino Unido. “Me daba igual el país de destino, lo único que quería era estar a salvo con mis hijos”. Atrás quedaba su marido, iraquí, quien se reunió con la familia tres años después de separarse.

La investigadora solicitó asilo político nada más aterrizar en Heathrow, pero la decisión del gobierno británico tardó dos años en llegar en forma de permiso de residencia para un lustro. Alentada por un profesor iraquí de la Universidad de Newcastle, donde el gobierno la había alojado siguiendo su política de dispersión de inmigrantes, se puso en contacto con el Consejo para la Ayuda de Refugiados Académicos, CARA (Council for Assisting Refugee Academics), un apoyo que resultaría inestimable.

Se trasladó a Londres y volvió a matricularse en la universidad. “Tuve que empezar de cero. Cuando estaba en Iraq quería hacerlo todo muy deprisa, no sé por qué. Estudié la carrera, el máster y el doctorado sin tomarme un año de descanso. Y todo, ¿para qué?”, se pregunta con lágrimas en los ojos. “No sé cuándo podré volver a ser económicamente independiente”.

El centro CARA le facilitó una pequeña dotación económica para el cuidado de los niños y orientación sobre el sistema educativo. Ahora ha terminado un curso de posgrado para dar clases de Matemáticas o Física a preuniversitarios. Le encantaría retomar un día su estudio sobre polímeros para crear un nuevo material altamente resistente que, según ella, contribuiría a mejorar la seguridad en las industrias de la aviación y automovilística. Sin embargo, su permiso de residencia expira este año y le obliga a planificar su futuro a corto plazo.

Como esta física, unos 200 académicos refugiados procedentes de 30 países reciben cada año asistencia de CARA, una organización sin ánimo de lucro. Un presupuesto de unas 800.000 libras anuales (unos 980.000 euros) financia nuevos programas en el extranjero y también, a través de becas de unas 2.000 libras, se cubren tasas universitarias, material educativo y costes de transporte, fundamentalmente, para que docentes perseguidos puedan acceder a un puesto de trabajo relacionado con su conocimiento. Los únicos requisitos son tener asilo o permiso de residencia y poder probar la experiencia laboral declarada.

Cuando va a cumplir 80 años desde su fundación (en abril), CARA se ha embarcado en un programa de actividades de aniversario y en recordar que la labor en defensa de la libertad intelectual que desempeña el entregado equipo, formado por seis empleados y una extensa red de voluntarios en una modesta oficina en la Universidad de South Bank, en Londres, sigue siendo tan necesaria hoy como en 1933, año en que la organización fue creada para atender a los académicos que huían de la Alemania nazi.

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de: Antonio Muñoz | 16/02/2013
Agradezco al autor por este reportaje. Me ha informado sobre una institución social que desconocía y que cumple un servicio importante. Gracias!

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