24/02/2013

Bajo el síndrome del declive

Italia

Texto de Eusebio Val
Italia vive este domingo y lunes unas elecciones que van a marcar su futuro inmediato. Pero más allá de la crisis actual, que la emparenta con España y otros estados europeos, hay voces en el país que señalan que lo que se manifiesta es un declive que viene de lejos y que tiene raíces en un modo de entender la vida social que da prioridad al beneficio personal, o de clan,por encima de los intereses colectivos

Una familia come mazorcas de maíz en una calle de Nápoles

Enrica es una italiana privilegiada. Casada con un exfutbolista profesional, reside en una urbanización del norte de Roma. Disfruta de una posición económica muy desahogada. No necesita trabajar. Sus dos hijos adolescentes estudian en una escuela privada internacional. Se diría que pertenece a una clase social que debería mirar al futuro con serenidad y optimismo. Sin embargo, le atenazan los temores y piensa seriamente en abandonar el país. “Nuestro miedo es que un día ocurra aquí como en Argentina y peligren nuestros ahorros”, confiesa Enrica, mientras pasea al perro. Ella y su marido llevan tiempo meditando si se mudan a Suiza, a Austria o incluso a Australia para iniciar una nueva vida y garantizar un futuro mejor para su familia. “No sabemos a quién votar”, comenta con desgana. No se plantea votar a la izquierda. Ya está harta de Berlusconi. Y Monti tampoco le convence. “Nos quita el dinero para dárselo a los bancos”, se lamenta.

Mucho más joven y sin ningún colchón financiero, Ilaria, de 25 años, comparte la misma idea de dejar Italia. Durante una pausa de sus clases, en la Universidad de La Sapienza, en Roma, esta estudiante de quinto curso de Gestión Empresarial Internacional critica la escasa meritocracia que impera en las compañías italianas. Para conseguir un empleo aún son demasiado decisivas las recomendaciones, las conexiones familiares. “Si puedo, me iré –explica–. Ya hice un Erasmus en Inglaterra y vi que allí la situación es mejor. Saben que los jóvenes somos el futuro y apuestan más por nosotros. Allí hay potencial. Sinceramente, no veo un futuro muy brillante aquí, en Italia”.

–¿Qué opina de la situación política? ¿Confía en que las elecciones servirán para algo?
–Mi desconfianza en los políticos es total.
–¿Qué le ha parecido el Gobierno técnico de Monti?
–Monti se ha limitado a hacer caja.

Ilaria está convencida de que, después de las elecciones, todo seguirá igual, que se reanudará la conducta rapaz habitual de los partidos, dedicados a defender sus intereses y privilegios. “Volveremos al ‘mangia, mangia’ (come, come), como decimos en Roma”, pronostica la estudiante, con una sonrisa de resignación.

Ante las elecciones de este domingo y del lunes, reina en Italia una sensación de fatiga y desencanto, de incredulidad y desánimo. El síndrome del declive aquejaba al país ya mucho antes de la actual crisis. A diferencia de España, que protagonizó un crecimiento espectacular y se instaló en la euforia, Italia se había estancado. Quizás por eso el efecto de la recesión no ha sido tan brutal. Pero aquel declive que debía ser dulce tiene ahora un gusto amargo. La autoestima de Italia como pueblo, de natural baja, se ha resentido aún más.
Una protesta estudiantil en Roma
El diagnóstico mayoritario de los economistas es que los problemas de Italia se agudizaron a partir de la incorporación al euro. El país no supo aprovechar los bajos tipos de interés para reducir su abultada deuda pública. Otro elemento decisivo fue que Italia perdió el instrumento que durante decenios había usado para ganar competitividad: la devaluación periódica de su moneda. La vieja lira, siempre con menos valor respecto al marco alemán, el franco suizo y otras monedas duras, era una válvula de escape muy útil cuando la coyuntura interna se deterioraba. Esa herramienta desapareció y no fue compensada por alternativas sólidas. Los empresarios confiaron demasiado en el abaratamiento de los costes laborales y descuidaron la inversión en innovación y en la mejora de la productividad. En parte eso puede haber sido la consecuencia de una estructura productiva –con muchas empresas de tamaño pequeño y medio, de propiedad familiar– que tiene innegables ventajas pero quizás no ofrece condiciones ideales para una agresiva innovación tecnológica.

Los comicios llegan tras un verdadero annus horribilis, con las cifras más catastróficas después de la Segunda Guerra Mundial. Según recientes datos de la asociación Rete Imprese Italia, el país ha perdido 100.000 empresas netas (el saldo negativo entre las que se han creado y las que han desaparecido). A ello se suma una presión tributaria efectiva (sumando todos los impuestos que gravan la actividad económica) que llega al 56%. “Es una confirmación de lo dramático, lo profundo y lo duradero de la crisis en que se halla nuestro país –constató el presidente de la patronal Confcommercio, Carlo Sangalli–. Una crisis que viene de lejos y en la que aún no se ve el final del túnel”. El dirigente empresarial alertó de que la crisis “ha golpeado y sigue golpeando, de manera indiscriminada, todos los sectores y todos los territorios”, y que se abate, en especial, sobre aquella Italia productiva, en el sector servicios, el artesanado y los profesionales autónomos, que vive preferentemente de la demanda interna y que está pagando el precio más alto.

Mariangela Schiena tiende la colada en el edificio de Roma en el que vive como okupa con su novio

Esta realidad se ha traducido, en el 2012, en una caída del consumo per cápita del 4,4%, mientras que la renta disponible ha bajado en un 4,8%, hasta 16.955 euros por persona. Eso significa –si se descuenta la inflación– que los italianos han retrocedido en su nivel de vida a valores de hace 27 años, a mediados de los años ochenta del siglo pasado. Es inevitable que esa drástica marcha atrás se traduzca en un efecto psicológico colectivo, en un malestar social.

El Gobierno Monti asumió el poder, en noviembre del 2011, en una situación de emergencia, con una prima de riesgo disparada y el peligro de que se cerrasen los mercados para los títulos de deuda italiana. El fantasma griego se cernía sobre Roma. La misión de Monti se centraba, pues, en el saneamiento económico y el lavado de imagen. Berlusconi, con sus escándalos y sus actitudes, se había convertido en una fuente de interminable descrédito, desconfianza y mofa. Monti, con un estilo sobrio, en las antípodas del berlusconismo, supo restablecer pronto el prestigio de los gobernantes italianos, ayudado desde Frankfurt por otra figura muy similar, su compatriota Mario Draghi, al frente del Banco Central Europeo.

Pero Monti no ha tenido tiempo material para combinar las recetas de austeridad con las políticas de reactivación económica que prometió. El resultado ha sido muy deflacionista y ha empeorado la recesión. Sus subidas de impuestos, en especial el que grava los inmuebles, le han granjeado una notoria impopularidad. Su reforma del mercado laboral se ha quedado a medio camino, por la presión de la izquierda y de los sindicatos. Y la reforma de las pensiones ha incluido errores garrafales, como dejar en el limbo a decenas de miles de personas, los llamados esodati (forzados al éxodo). Son quienes, debido a haberse elevado la edad de jubilación, han quedado desprotegidos. Incluye, por ejemplo, a los que habían pactado con sus empresas retirarse anticipadamente, contando con que ya cobrarían su pensión. Muchos corren el riesgo de haber perdido o perder su empleo y no tener derecho ni a cobrar un subsidio de paro ni su pensión. Un escándalo social.
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