Iraq, una década después
Mawj al Obaidi fue herida en el 2003 en un bombardeo de los estadounidenses cuando invadían Iraq. Diez años después, y tras varias operaciones para salvar la movilidad del brazo, intenta vivir la vida de una joven moderna. Su historia puede verse como el reflejo de la de su país: un Iraq que pugna por construir un futuro pero que no ha cerrado las heridas de la invasión y de su guerra sectaria

Arriba, Mawj en el 2004, un año después de ser herida, con su hermana Noor en su casa en Iraq. Abajo, Mawj, en la actualidad, y detrás Noor con su primera hija; a sus 19 años, está embarazada de su segundo hijo
Lo que piensa Mawj al Obaidi, en cambio, profundiza en el dolor, la violencia extrema, la desesperación y lo suele transmitir sin tapujos en duros poemas que lee en público: “Soy el cementerio que está lleno de cadáveres; soy el hombre al que violaron a su mujer y sigue gritando en la oración; soy la sonrisa que yace muerta en los labios; soy una víctima de los estadounidenses”.
Aunque nació en un país bloqueado por las sanciones económicas en enero de 1995, la joven no supo lo que era el dolor hasta la madrugada del 7 de abril del 2003, justo dos días antes de que cayese derribado el régimen sanguinario de Sadam Husein. Aviones A10 Thunderbolt bombardearon con misiles Mawerick y Sidewinder y ametrallaron con proyectiles perforantes de 30 milímetros a los habitantes de la aldea Yilata, situada en los alrededores de Bagdad, en una zona desmilitarizada colindante con el río Tigris, y provocaron la muerte de 16 civiles, incluido un bebé de siete meses, y heridas a otras 40 personas.
Los mandos estadounidenses habían ordenado bombardeos indiscriminados, conocidos con el nombre de “alfombra”, para provocar la huida del enemigo y facilitar el avance de sus unidades mecanizadas. Pero el frente estaba a siete kilómetros, en el estratégico puente de Almuzamna, protegido por fuerzas especiales iraquíes y fedayines árabes.
En el fragor de los bombardeos, el rostro humano se ausentó ante un cielo iluminado con trazadoras fugaces y explosiones rojizas que silueteaban los contornos de edificios despanzurrados. Hasta que de aquel infierno de metralla se levantó Mawj, una minúscula niña de nueve años en aquel tiempo, chorreando sangre y con el brazo derecho a punto de desprenderse. “Estuve a punto de arrancárselo para detener la hemorragia”, recuerda Sana, su madre.

Mawj, antes de ser operada del brazo en Girona en julio del 2004
En la puerta del hospital Al Karj le impidieron el paso porque estaba completo y ya no tenían capacidad para atender a más heridos. “Empecé a gritar con todas mis fuerzas hasta que conseguí que me escucharan”, relata Sana. El doctor Farid al Ani pensó que la solución era la amputación. “Había perdido mucha sangre. Llevábamos toda la noche operando y estábamos agotados. La metimos en el quirófano, conseguimos estabilizar lo que quedaba del brazo y se lo envolvimos en un soporte de yeso. No tenía ni idea de qué podíamos hacer”, explica diez años después en su consulta privada.
La llegada de un equipo de Médicos del Mundo unos días después permitió operar de nuevo a la niña. El doctor Fernando Fonseca le cortó 12 centímetros de peroné y lo soldó a lo que quedaba del húmero. La segunda operación duró siete horas y la niña despertó atada a un extraño artilugio de metal que le había fijado los huesos reconstruidos.
Mientras operaban a Mawj, Saad Hassan, cuya hija Luma de 16 años había muerto en el bombardeo, comenzó a recopilar pruebas de la matanza. Fotografió los destrozos provocados por los misiles: las paredes salpicadas de metralla, las camas llenas de sangre, los impactos contra su coche que ardió completamente, los sofás y las alfombras agujereadas. Se acercó a la base militar estadounidense más cercana y entregó todo el material.
Unos días después la aldea fue visitada por una comisión de investigación. Interrogaron a todos los vecinos, observaron los daños, tomaron muchas fotografías. Admitieron que se trató de un error muy grave. Uno de los soldados no aguantó la presión y se puso a llorar. Dijeron que lo sentían, pero que su ejército no admitía el pago de indemnizaciones por hechos ocurridos en tiempo de guerra. Ofrecieron curar a los heridos, pero todos los habitantes se negaron.
Diez años después, la casa de los Al Obaidi parece una guardería. Las hermanas mayores de Mawj se han casado y han traído al mundo media docena de hijos. Majid, el padre de Mawj, acaricia a uno de los nietos que juguetea con un cochecito mecánico. La noche del bombardeo había sido trasladado al norte de Bagdad para participar en una gran batalla. A primera hora de la mañana consiguió comunicarse con su familia. “Fue cuando me enteré de lo que había pasado. Conseguí un permiso y me trasladé al hospital. Estaba acostumbrado a ver heridos. Pero no pude resistir ver a Mawj tirada en una camilla y me escondí varias veces para que nadie me viera llorar”, admite.
Ali, su único hijo varón, ya es teniente en el nuevo ejército iraquí y tiene su base en la conflictiva Mosul. Está pasando unos días de descanso en la casa paterna. Tenía 15 años cuando su hermana cayó herida a sus pies. Consiguió hacerle un torniquete y ayudó a su madre a buscar un transporte para llevarla al hospital.
“Formo parte de un ejército nacional en el que no se habla de política ni de religión. Nuestro despliegue actual es de vital importancia para que la vida de los habitantes no se convierta en un caos”, comenta el joven. Desde la salida de los estadounidenses de Iraq la seguridad depende exclusivamente de los iraquíes. Centenares de miles de soldados y policías mantienen el orden bajo un impresionante despliegue.

Dos retratos de la joven, mostrando su herida y las secuelas, en marzo del 2004 y a principios de este mes
Ali consiguió hace cuatro meses que le instalasen una línea de internet. Muy orgulloso, muestra sus cuentas de Facebook, Twitter y Skipe. La línea funciona cuando hay luz, y es bastante potente. Mawj pasa horas navegando, buscando juegos interesantes y hablando por Skype con sus tías. Hace una década, en Iraq sólo algunos aldeanos disponían de líneas telefónicas.
Mawj lee un poema de amor. “De qué me vale hablar de ti si no he sacado beneficio de todo lo que nos ha pasado. Nadie es auténtico ni sincero. No has conseguido que superase tanto dolor. Para ser felices nos teníamos que haber escondido en las montañas”, recita de nuevo. Al concluir, reconoce que sólo siente necesidad de escribir cuando está triste. “Es posible que tenga que ver con lo que me pasó”, reflexiona.
La tercera operación a la que se sometió tuvo lugar unos meses después de resultar herida, en octubre del 2003. El doctor Fonseca regresó a Bagdad entonces y consiguió corregir la parálisis radial que afectaba a la función motora de la muñeca y el pulgar de la niña. Especialista en microcirugía pudo extraer músculos activos del antebrazo con funciones menos importantes y los trasladó a los extensores de la muñeca. Y lo más importante: consiguió con avanzadas técnicas de electromiografía conocer el estado real de los nervios de predominio motor y sensitivo.
La cuarta operación la realizó el 22 de julio del 2004 en la clínica Bofill de Girona, adonde Mawj había llegado unos días antes desde Bagdad. Una decena de personas, entre ellos tres médicos especialistas, estuvieron durante siete horas y media en el quirófano. Convirtieron un tendón de la pierna derecha en un ligamento que permitió restablecer la función del codo inexistente. El nervio sural de las dos piernas lo utilizaron para unir los dos cabos del nervio cubital con puntos de hilo de nailon de 100 micras.
Cuando dos meses después Mawj regresó a casa, las explosiones de coches bomba eran continuas. Insurgentes suníes y comandos terroristas de Al Qaeda atacaban a los soldados estadounidenses en Bagdad y las provincias que formaban el llamado Triángulo de la Muerte.
Las fuerzas de seguridad iraquíes, formadas en su mayoría por chiíes, luchaban contra milicias radicalizadas de la misma confesión islámica. Ya se empezaba a hablar de guerra sectaria aunque fue a partir de febrero del 2006, con la destrucción de la mezquita chií de Samarra, una de las más antiguas del país, cuando se generalizaron las matanzas.
Las cifras de muertos civiles en aquellos años son escalofriantes. Entre el 2006 y el 2007 murieron 48.000 civiles, el 42% de los más de 111.000 civiles muertos desde que el 1 de mayo del 2003 el presidente de Estados Unidos George W. Bush decretó el fin de la guerra hasta el día de hoy.







