30/10/2011
La orquesta que se salvó sus vidas
Texto y fotos de Fernando García
La Joven Orquesta Sinfónica de Goiás (Brasil) es algo más que una formación musical. Vinculada a una escuela de arte para niños y adolescentes sin recursos, el sistema de ayudas que la sustenta
la ha convertido en una exitosa alternativa al desamparo. La agrupación llega a España para su primera gira internacional. Actuará en Granada y en Cataluña
la ha convertido en una exitosa alternativa al desamparo. La agrupación llega a España para su primera gira internacional. Actuará en Granada y en Cataluña

Moisés Foster, ex integrante de la Orquesta de Goiás y miembro de la Academia de la Orquesta Sinfónica de São Paulo, toca el violonchelo en su habitación. Abajo, el joven violinista Luiz Ribeiro con su familia. El padre muestra su clarinete, uno de los instrumentos que toca en la iglesia, donde la madre canta en el coro
Otra madre orgullosa en esta historia es la de Dandara Félix, que a los 13 años empezó a tocar el clarinete en su escuela y a los 15 entró en el Basileu França. En el camino se cambió al oboe porque, aun siendo más difícil, su timbre le gustaba más. Hoy, a los 21, lo hace sonar cada tarde en los ensayos de la Joven Orquesta. Eso le hace sentirse privilegiada. La mayoría de sus amigas ha tenido que dejar los libros para trabajar. “Sin la música y sin la ayuda que me dan, no sé; puede que también yo estuviera trabajando en una tienda o una peluquería”, calcula.
Dandara iba a examinarse la semana que viene para entrar en la universidad de Río de Janeiro y, con la beca correspondiente, cursar allí los estudios superiores de música. Pero las pruebas coinciden con la gira en España. Y ella ha optado por renunciar al examen. Lo hará el año que viene, dice encogiéndose de hombros. Mientras tanto, seguirá con los ensayos y las actuaciones en su ciudad y con las clases que dos o tres veces al mes recibe en Brasilia del profesor y concertista José Medeiros. ¿Tan importante es la gira como para aplazar el ingreso a la universidad? “Claro que sí. Para nosotros es lo máximo. Yo no podía abandonar a la orquesta en un momento tan importante”, responde con solemnidad.
Al fin y al cabo, renunciar a un examen no es tan grave como jugarse el tipo para conservar la herramienta con la que trabaja. Y Dandara se lo jugó hace un año. Fue al volver a casa una noche tras el ensayo diario. Un tipo armado con un cuchillo la abordó en la oscuridad. “Dame todo lo que tienes”, le dijo, como manda el guión. Mientras ella se lo pensaba, el atracador metió la mano en su bolso y le agarró el móvil y algo de dinero. “¿Qué más tienes?”, insistió. “Nada, sólo libros”, mintió ella. El oboe estaba, por supuesto, en el fondo del bolso. Menos mal que en ese instante apareció un coche. Los faros deslumbraron y disuadieron al ladrón, que salió por pies y desapareció. A Dandara le faltaba un año para terminar de pagar el instrumento, comprado por 3.500 reales (unos 1.500 euros) a entregar en 36 mensualidades.
Algo similar le ocurrió a Luiz Ribeiro dos Santos júnior, uno de los violinistas más jóvenes de la Orquesta de Goiás (16 años). Una pandilla entró en la vivienda familiar cuando no había nadie y se llevó su bicicleta y sus zapatillas de deporte. Por suerte, Luiz llevaba el violín consigo. La casa está en una zona apartada de la capital que no es ni campo ni pueblo ni ciudad: el sector Dos Bandeirantes del barrio Nuestra Señora Aparecida, un lugar inhóspito pese a su pomposo nombre. Allí no hay agua corriente ni red de saneamiento, y los vastos terrenos que median entre los inmuebles son pasto de vertidos incontrolados. La iluminación brilla por su escasez. El mortecino ambiente nocturno llama al pillaje. Luiz suele pasar miedo cada vez que, al volver de los ensayos por la noche, oye un ruido durante el recorrido de los 800 metros –para él eternos– entre la parada del autobús y el hogar. A esa hora, su padre, de igual nombre, suele estar trabajando: además de músico aficionado, es conductor de ambulancias. Y su madre, Celia, prefiere quedarse en casa “controlando y monitoreando” la llegada del hijo con llamadas a su móvil.
Dandara iba a examinarse la semana que viene para entrar en la universidad de Río de Janeiro y, con la beca correspondiente, cursar allí los estudios superiores de música. Pero las pruebas coinciden con la gira en España. Y ella ha optado por renunciar al examen. Lo hará el año que viene, dice encogiéndose de hombros. Mientras tanto, seguirá con los ensayos y las actuaciones en su ciudad y con las clases que dos o tres veces al mes recibe en Brasilia del profesor y concertista José Medeiros. ¿Tan importante es la gira como para aplazar el ingreso a la universidad? “Claro que sí. Para nosotros es lo máximo. Yo no podía abandonar a la orquesta en un momento tan importante”, responde con solemnidad.
Al fin y al cabo, renunciar a un examen no es tan grave como jugarse el tipo para conservar la herramienta con la que trabaja. Y Dandara se lo jugó hace un año. Fue al volver a casa una noche tras el ensayo diario. Un tipo armado con un cuchillo la abordó en la oscuridad. “Dame todo lo que tienes”, le dijo, como manda el guión. Mientras ella se lo pensaba, el atracador metió la mano en su bolso y le agarró el móvil y algo de dinero. “¿Qué más tienes?”, insistió. “Nada, sólo libros”, mintió ella. El oboe estaba, por supuesto, en el fondo del bolso. Menos mal que en ese instante apareció un coche. Los faros deslumbraron y disuadieron al ladrón, que salió por pies y desapareció. A Dandara le faltaba un año para terminar de pagar el instrumento, comprado por 3.500 reales (unos 1.500 euros) a entregar en 36 mensualidades.
Algo similar le ocurrió a Luiz Ribeiro dos Santos júnior, uno de los violinistas más jóvenes de la Orquesta de Goiás (16 años). Una pandilla entró en la vivienda familiar cuando no había nadie y se llevó su bicicleta y sus zapatillas de deporte. Por suerte, Luiz llevaba el violín consigo. La casa está en una zona apartada de la capital que no es ni campo ni pueblo ni ciudad: el sector Dos Bandeirantes del barrio Nuestra Señora Aparecida, un lugar inhóspito pese a su pomposo nombre. Allí no hay agua corriente ni red de saneamiento, y los vastos terrenos que median entre los inmuebles son pasto de vertidos incontrolados. La iluminación brilla por su escasez. El mortecino ambiente nocturno llama al pillaje. Luiz suele pasar miedo cada vez que, al volver de los ensayos por la noche, oye un ruido durante el recorrido de los 800 metros –para él eternos– entre la parada del autobús y el hogar. A esa hora, su padre, de igual nombre, suele estar trabajando: además de músico aficionado, es conductor de ambulancias. Y su madre, Celia, prefiere quedarse en casa “controlando y monitoreando” la llegada del hijo con llamadas a su móvil.

Wneveri Johnson en el taller mecánico de su padre, donde empezó a estudiar solfeo para después cambiar la llave inglesa por el violín
Luiz entró hace cuatro años en la escuela de artes y en la Joven Orquesta de Goiás, después de unos primeros pinitos con el violín en la banda de la iglesia donde su padre toca el clarinete y su madre canta en el coro. Hasta aquel momento, llevaba mal los estudios y pasaba las tardes haraganeando y dando patadas a un balón. En Brasil, los horarios lectivos en la escuela ordinaria se concentran en media jornada. En la otra media, la que se supone reservada para las tareas pendientes y otras actividades, los chavales suelen pasar largas horas sin hacer nada útil. “Es un tiempo peligroso”, opina el padre de Luiz. “Nuestros hijos quedan expuestos al mal ambiente de las calles. En el mejor de los casos se pasan el rato jugando al fútbol. ¡Por eso Brasil es una potencia futbolística!, dice medio en serio, medio en broma. “¡A ver si con proyectos como este (la orquesta) nos hacemos conocidos por algo que no sea el fútbol, hombre!”, clama. Ni él ni su esposa ocultan el subidón que tienen con el viaje del hijo a España; con su mejora en los estudios desde que entró en la orquesta; con que reciba un dinero con el que pagarse sus cosas y colaborar en los gastos comunes; con la visita de unos periodistas.
Algunos de los primeros alumnos de la Joven Orquesta ya emprendieron el vuelo. Moisés Foster, violonchelista de 19 años, pasó por allí y hoy es miembro de la Academia de la Orquesta Sinfónica de São Paulo, considerada la mejor escuela musical del país. Su hermano Natanael, de 16 años, toca la viola en la formación de Goiás. La familia vive en un conflictivo barrio de Anápolis. Antes de que los dos adolescentes entraran en la orquesta, los padres tenían el pavor metido en el cuerpo. Temían que los hijos acabaran enredados en el mundillo de las pistolas y las drogas.
Henrique Gabriel, otro ex alumno de la orquesta, ya transitaba por esos derroteros cuando vio una presentación de la Joven Orquesta. Por aquellos días lo suyo era esnifar pegamento. Le daba al rap y se sentía el rey del mambo. Antes de la actuación, les dijo a sus colegas que pensaba reventarle la fiesta “a los niñatos de la clásica”. Pero llegó el momento y se rajó. Algo interesante debió de ocurrir en su cabecita ese día. Quizá tuviera relación con lo que le había pasado a los seis años, cuando padeció un cáncer de testículos. Los efectos de la quimioterapia estuvieron a punto de hacerle perder la mano izquierda. Se prometió a sí mismo que, si conseguía salvarla, en el futuro haría lo posible por sacarle el mayor partido. El caso es que, después de aquella presentación, se volcó en la música y se metió en la orquesta. Ahora, ya con 21 años y el diploma de graduado en un marco, sigue tocando el violín a la vez que termina los estudios de Ingeniería Electrónica y aprende alemán. Carteles con las declinaciones de la lengua germana pueblan una de las paredes de su habitación en la residencia de estudiantes donde habita. La suya es una historia de superación tan redonda y de película que se hace almibarada. Pero es lo que hay. Y, claro, a sus mentores se les cae la baba al contarlo.
Algunos de los primeros alumnos de la Joven Orquesta ya emprendieron el vuelo. Moisés Foster, violonchelista de 19 años, pasó por allí y hoy es miembro de la Academia de la Orquesta Sinfónica de São Paulo, considerada la mejor escuela musical del país. Su hermano Natanael, de 16 años, toca la viola en la formación de Goiás. La familia vive en un conflictivo barrio de Anápolis. Antes de que los dos adolescentes entraran en la orquesta, los padres tenían el pavor metido en el cuerpo. Temían que los hijos acabaran enredados en el mundillo de las pistolas y las drogas.
Henrique Gabriel, otro ex alumno de la orquesta, ya transitaba por esos derroteros cuando vio una presentación de la Joven Orquesta. Por aquellos días lo suyo era esnifar pegamento. Le daba al rap y se sentía el rey del mambo. Antes de la actuación, les dijo a sus colegas que pensaba reventarle la fiesta “a los niñatos de la clásica”. Pero llegó el momento y se rajó. Algo interesante debió de ocurrir en su cabecita ese día. Quizá tuviera relación con lo que le había pasado a los seis años, cuando padeció un cáncer de testículos. Los efectos de la quimioterapia estuvieron a punto de hacerle perder la mano izquierda. Se prometió a sí mismo que, si conseguía salvarla, en el futuro haría lo posible por sacarle el mayor partido. El caso es que, después de aquella presentación, se volcó en la música y se metió en la orquesta. Ahora, ya con 21 años y el diploma de graduado en un marco, sigue tocando el violín a la vez que termina los estudios de Ingeniería Electrónica y aprende alemán. Carteles con las declinaciones de la lengua germana pueblan una de las paredes de su habitación en la residencia de estudiantes donde habita. La suya es una historia de superación tan redonda y de película que se hace almibarada. Pero es lo que hay. Y, claro, a sus mentores se les cae la baba al contarlo.

Ensayo de la Joven Orquesta de Goiás bajo la dirección de Eliseu Ferreira
Otro tanto sucede con Hamylla Guimaraes, una muchacha de 20 años que hasta hace unos meses fumaba crack y se pasaba los días vagando sola por las calles, de dosis en dosis. Una chica de su misma generación la conoció el año pasado en la iglesia donde suele ayudar. Era una de las tres hijas de Mábia Felipe, profesora de canto, soprano y solista vocal de la orquesta de Goiás. Mábia tiene además un hijo varón, pero decidió acoger a Hamylla en su casa. Y la sacó del pozo. En la actualidad, Hamylla se ocupa de la percusión en el grupo B de la formación musical. Dicen que tiene talento.
“Ella era joven, tenía problemas en casa y buscaba placer. Como tanta gente de su edad, lo encontró en el crack. Ahora la música suple al crack; la música es su vida”, celebra Mábia.
Aun siendo innegable que la orquesta funciona como tabla de salvación, el mecanismo no es infalible. Hay fracasos. El director, Eliseu Ferreira, confiesa que a lo largo de los nueve años que lleva al frente ya ha tenido que expulsar a 15 chavales. “Y otros tres irán fuera después de la gira”. Las causas: faltas de disciplina, inconstancia, conflictividad…
El grupo no deja de ser “un espejo de la difícil realidad de la situación que viven los jóvenes en nuestro país”, explica Ferreira. La educación básica es con frecuencia inconsistente, la “basura cultural” prolifera por doquier; faltan incentivos para formarse, y las tentaciones de tomar un atajo están demasiado a mano para los jóvenes, resume. Todo aflora de vez en cuando en la orquesta. Son las notas discordantes. El maestro no las revela por iniciativa propia; hubo que preguntarle al respecto. Pero también eso va en su favor: si no asomaran tropiezos, toda esta música sonaría falsa. Y claro que los chavales de la Joven Orquesta desafinan algunas veces, no muchas. Pero vale la pena escucharles.
“Ella era joven, tenía problemas en casa y buscaba placer. Como tanta gente de su edad, lo encontró en el crack. Ahora la música suple al crack; la música es su vida”, celebra Mábia.
Aun siendo innegable que la orquesta funciona como tabla de salvación, el mecanismo no es infalible. Hay fracasos. El director, Eliseu Ferreira, confiesa que a lo largo de los nueve años que lleva al frente ya ha tenido que expulsar a 15 chavales. “Y otros tres irán fuera después de la gira”. Las causas: faltas de disciplina, inconstancia, conflictividad…
El grupo no deja de ser “un espejo de la difícil realidad de la situación que viven los jóvenes en nuestro país”, explica Ferreira. La educación básica es con frecuencia inconsistente, la “basura cultural” prolifera por doquier; faltan incentivos para formarse, y las tentaciones de tomar un atajo están demasiado a mano para los jóvenes, resume. Todo aflora de vez en cuando en la orquesta. Son las notas discordantes. El maestro no las revela por iniciativa propia; hubo que preguntarle al respecto. Pero también eso va en su favor: si no asomaran tropiezos, toda esta música sonaría falsa. Y claro que los chavales de la Joven Orquesta desafinan algunas veces, no muchas. Pero vale la pena escucharles.
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