05/02/2006
La belleza de hielo
Antártida
Texto de Jaume Bartrolí
Fotos de Sebastião Salgado
La Antártida está casi intacta. Su dureza extrema preserva su fría belleza de la codicia mundial, pero su equilibrio frágil está en peligro, sobre todo por el calentamiento paulatino del globo. El continente helado y sus habitantes son los protagonistas del cuarto capítulo del proyecto “Génesis”, del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado

Paisaje antártico. A las puertas del estrecho de Lemaire, visto desde lo alto del glaciar que se yergue sobre la base británica de Lockroy, en uno de los extremos del canal Gerlache, en la península Antártica.
La Antártida es belleza extrema. Un mundo de viejos hielos azules, de grandes aves y mamíferos marinos, de líquenes milenarios, un continente puro y muy frágil. El calentamiento es su principal amenaza,pero no la única. Los humanos se sienten allí unos extraños
El camino más corto para llegar a la Antártida es el estrecho que separa Tierra del Fuego de la península Antártica, ese dedo gigantesco que surge del continente blanco como una continuación de los Andes. En él, Atlántico y Pacífico confluyen y chocan con la convergencia antártica, la línea invisible que separa las aguas frías y dulces del océano Glacial Antártico de las más calientes, saladas y densas de los otros dos océanos. Son las aguas más peligrosas del planeta. El paso de Drake. Lo descubrió el famoso pirata inglés el año 1578 durante la circunnavegaci ón del globo asaltando barcos y puertos españoles. El estrecho de Magallanes resultaba demasiado angosto y tenía demasiadas corrientes para ser navegado por embarcaciones a vela. Y desde que en 1616 los holandeses pusieron el cabo de Hornos en los mapas, el paso de Drake fue la ruta obligada para los barcos que pasaban del Atlántico al Pacífico, hasta que se abrió el canal de Panam á. A lo largo de los siglos, centenares de veleros se hundieron o se estrellaron contra sus arrecifes. Era paso obligado de los clípers de la ruta Nueva York-San Francisco, durante un tiempo la única regular que unía los dos extremos de Estados Unidos. Pocas rutas marítimas han alimentado tanta literatura como estos parajes. Durante más de un siglo fue la más temida por marinos, capitanes, armadores y agentes de seguros. Su solo nombre dicho al azar provocaba temblores y santiguamientos entre los supersticiosos marineros europeos y americanos. Tan sólo los más valientes o los más desesperados, o quizás los que buscaban una gloria más rápida, se atrevían a enrolarse en los navíos que cubrían la ruta. Y no era una leyenda sin motivos. Unas condiciones meteorológicas muy especiales lo convierten, en verdad, en escenario predilecto de huracanes y tempestades. Para quien va hacia la Antártida, la navegaci ón por el paso de Drake dura dos días, si el buen tiempo acompaña. Entre las brumas y sobre las olas encrespadas, se descubren a veces delfines, lobos marinos, ping üinos magallánicos, alguna ballena franca austral y manadas de hasta ciento cincuenta calderones que se acercan, curiosos, a estudiar el navío. Por encima del mástil vuelan petreles gigantes y págalos. El aire es gélido. La humedad y la espuma de las olas calan los huesos pese a los anoraks impermeables y las botas. Sin embargo, aguantar un rato en cubierta bajo esta desazón de cielo de galena, agarrado a la baranda mientras el barco sube y baja las grandes olas que lo baten, tiene premio: el descubrimiento de los albatros oteando desde las alturas o resbalando por encima de las crestas de las olas. Por este paso de Drake vuelan los mayores albatros del mundo: el viajero y el real. Y también los dos que anidan en las islas de Diego Ramírez, en medio de estas aguas turbulentas: el ojeroso y el de cabeza gris.
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