30/11/2008
Sebastião Salgado retrata los tepuis, uno de los territorios más fascinantes del planeta
Paisajes del jurásico
Texto de David Dusster
Un paisaje precámbrico, una naturaleza única y en parte desconocida aún sobreviven en el macizo guayanés, en Venezuela. El fotógrafo Sebastião Salgado muestra este mundo insólito en su proyecto Génesis.
Para ver el proyecto
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Vista aérea de la cima del monte Roraima, el tepui más alto de la gran sabana venezolana, con 2.810 metros. Entre las nubes se distingue claramente el apéndice en forma de proa de esta cima misteriosa con plantas y anfibios únicos que hace de divisoria entre Venezuela, Brasil y Guyana
Si mil metros de majestuosa caída, dos grandes chorros paralelos a propulsión que van espumándose, un río vertical que se precipita por la empinada cornisa que sobresale de la selva hasta que caracolea como una cicatriz blanca sobre la ladera verdeada: así luce el Salto del Ángel, la catarata más alta del mundo, que incluso en temporada seca mantiene su incesante flujo de aguas abocadas al vacío. Desde el mirador Lamie, al final de una caminata de un par de horas por el cañón del Diablo, la cortina vaporosa muestra su plenitud, sus 979 metros de abismo, y hace olvidar los esfuerzos de un día remontando las negruzcas aguas del río Carrao y el cauce más lodoso y embravecido del Churún, y de una noche de hamaca al arrullo de la selva. La magnífica visión también distrae la atención de la montaña en forma de mesa donde se fragua, el Auyantepui, uno de los cerros de cima extensa y achatada que remiten directamente a los tiempos jurásicos.
Sólo el agua es capaz de sortear con éxito los barrancos del Auyantepui. Los indios pemón, que todavía siguen poblando la región, llamaban a la catarata Kerekupai-merú, que se podría traducir como el salto del lugar más profundo. Los pemón, pertenecientes al grupo indígena de los caribes, que fueron prácticamente exterminados durante la colonización, también llamaron tepuis a las singulares mesetas elevadas que configuran uno de las paisajes más mágicos e inexplorados del planeta en tierras venezolanas, una región que el escritor Arthur Conan Doyle describió como el mundo perdido, donde imaginaba a dinosaurios gigantes todavía deambulando.
Cada tepui, aislado como una fortaleza aérea durante miles de años, aliviado del sofoco tropical por su altura, ha evolucionado en solitario, creando un mundo particular que descubrir, un refugio de fauna y flora endémicas que han contribuido a que Venezuela sea uno de los países de mayor biodiversidad. Hay centenares de tepuis o cerros de mesa en este paisaje precámbrico de sabana y selva, formado hace unos 2.000 millones de años en el llamado macizo guayanés, que se extiende desde los límites de Colombia, en la cuenca del gran río Orinoco, hasta las actuales fronteras de Venezuela con Brasil y con la Guyana independiente.
Sólo el agua es capaz de sortear con éxito los barrancos del Auyantepui. Los indios pemón, que todavía siguen poblando la región, llamaban a la catarata Kerekupai-merú, que se podría traducir como el salto del lugar más profundo. Los pemón, pertenecientes al grupo indígena de los caribes, que fueron prácticamente exterminados durante la colonización, también llamaron tepuis a las singulares mesetas elevadas que configuran uno de las paisajes más mágicos e inexplorados del planeta en tierras venezolanas, una región que el escritor Arthur Conan Doyle describió como el mundo perdido, donde imaginaba a dinosaurios gigantes todavía deambulando.
Cada tepui, aislado como una fortaleza aérea durante miles de años, aliviado del sofoco tropical por su altura, ha evolucionado en solitario, creando un mundo particular que descubrir, un refugio de fauna y flora endémicas que han contribuido a que Venezuela sea uno de los países de mayor biodiversidad. Hay centenares de tepuis o cerros de mesa en este paisaje precámbrico de sabana y selva, formado hace unos 2.000 millones de años en el llamado macizo guayanés, que se extiende desde los límites de Colombia, en la cuenca del gran río Orinoco, hasta las actuales fronteras de Venezuela con Brasil y con la Guyana independiente.

El Churún aparece como un río diminuto en la inmensidad selvática cuando vierte sus aguas al Carrao. El Churún recorre el cañón del Diablo y recoge las aguas que caen del Salto del Ángel. Unas canoas bajas y alargadas, dotadas con motor, remontan el Carrao y luego el Churún para llevar a los turistas al mirador de la famosa cataratas.

Espectacular vista del Salto del Ángel, la catarata más alta del mundo, casi un kilómetro de caída vertical desde la pantanosa meseta de la cima del Auyantepui. La cascada fue avistada el siglo pasado, cuando exploradores y buscadores de oro comenzaron a adentrarse en las selvas de Canaima
de: Thot | 23/09/2009
Excelentes fotografías y atractivo texto. Sólo quiero sugerir que debería incorporarse la fecha "real" en que se tomaron las fotografias y el periodo de tiempo en que se realizó el trabajo de campo. En un cambiante mundo -como el que vivimos- es absolutamente necesario saber "cuando" se reflejaron los hechos que se describen.
de: Carlos Alberto Gil Vega | 05/12/2008
Sr. Salgado, ha elegido unas de los países más bellos del planeta, el Parque Nacional Canaima. No tengo la suerte de estar en ese bello sitio, espero algun día hacer un bello reportaje en esa zona de Venezuela. Quisiera que me orientara sobre qué equipos de fotografía debo llevar, y cual es la zona más propicia para hacer un foto reportaje.









Fundación naturaleza del mundo 