El mundo perdido de los joisán

Hace 10.000 años, con la llegada del neolítico, la mayor parte de los seres humanos abandonamos una longeva y exitosa vida cazadora recolectora de seis millones de años desde la aparición del primer homínido africano para pasar a una economía productora –agricultura y ganadería primero– que derivó en la sociedad actual. Pero no todos.
Los hadzabe del lago Eyasi, en Tanzania, y los san del desierto de Kalahari, en Botsuana, ambos pertenecientes al grupo joisán, (también denominado khoisan o khoi-san, y mal llamados bosquimanos), mantienen una existencia como pueblos cazadores recolectores y conservan las lenguas más antiguas de la humanidad. Visitarlos permite contemplar escenas del presente que, perfectamente, podrían haber tenido lugar hace 40.000 años.
La presión de los pueblos agricultores y ganaderos en el lago Eyasi y la búsqueda de materias primas por parte de grandes empresas en el desierto de Kalahari hace cada vez más difícil la forma de vida de estos pueblos, tan Homo sapiens, tan inteligentes y tan contemporáneos como cualquier otro grupo humano. En vez de proteger este rico patrimonio, los hadzabe y los san han sido alejados de sus territorios de caza y recolección.
En Tanzania sólo quedan unos 400 hadzabe que viven en pequeños grupos nómadas distribuidos por el área más árida y deprimida del lago Eyasi. Gracias a la presión de organizaciones públicas y privadas, se ha conseguido que puedan adentrarse de nuevo en el área de conservación de Ngorongoro.
En cambio, en Botsuana, la situación de los san del desierto de Kalahari es mucho más complicada. En la década de los noventa todos los grupos fueron confinados en asentamientos donde languidecen lejos de sus costumbres ancestrales. El trabajo de diferentes organizaciones ha conseguido que unos pocos puedan abandonar estos lugares de hacinamiento para ocupar las tierras de ranchos privados donde están recuperando su forma de vida tradicional. Así lo documenta el extraordinario reportaje gráfico de Sebastião Salgado, quien, en enero del 2008, siguió a una veintena de estos cazadores recolectores san en los terrenos de la granja Trail Blazer, en la región de Ghanzi.
En Tanzania, un equipo interdisciplinar de arqueólogos y antropólogos tuvimos también el privilegio de formar una expedición con destino a un mundo perdido que nada tiene que envidiar al que inmortalizó la pluma de sir Arthur Conan Doyle.
Guiados por un rastreador e intérprete local, los wazungu (los hombres blancos en la lengua suajili) partimos antes del amanecer en busca de los hadzabe, una etnia prácticamente desconocida para la mayor parte de la población mundial. Gigantescos y antediluvianos baobabs, esos árboles que parecen crecer al revés y que hacían peligrar la supervivencia del planeta literario de El Principito, aquí son, por el contrario, los majestuosos guardianes centenarios de una región, la Gran Falla del Rift, que encierra algunos de los documentos más apasionantes del patrimonio de la humanidad.










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